En esta columna de La vida mínima, caminar se aparta del deporte, los pasos contados y la obligación de llegar. La propuesta es mirar una experiencia cada vez más difícil de justificar: salir sin itinerario, dejar que el cuerpo avance y permitir que la atención se detenga en aquello que una ruta prevista suele borrar. La investigación ha encontrado una relación entre caminar y ciertas formas de creatividad, aunque su valor no puede reducirse a producir mejores ideas. Andar sin destino también significa aceptar el desvío, recuperar la curiosidad y habitar durante un rato un tiempo sin rendimiento. Pero esa libertad no está disponible para todos: exige seguridad, tiempo y condiciones físicas y urbanas que muchas personas no tienen. ¿Qué perdemos cuando cada recorrido necesita demostrar su utilidad? Leer más
Ago, 2026








