En esta columna de hoy recorremos la vida y la obra de Jacobo Langsner, nacido en Rumania en 1927 y llegado a Uruguay a los tres años. Desde sus primeras piezas en Montevideo hasta la recepción adversa de Esperando la carroza en 1962, la consagración de El tobogán y las siete temporadas que aquella comedia alcanzó luego en el Teatro Circular, su carrera estuvo marcada por giros inesperados. Su radicación en Buenos Aires, el exilio en Madrid y la colaboración con Alejandro Doria en cine y televisión amplían el perfil de un autor que hizo de la familia y la clase media rioplatense un territorio de humor negro, conflicto y observación social.
El 12 de octubre de 1962, la Comedia Nacional estrenó Esperando la carroza en la Sala Verdi de Montevideo. La dirección era de Sergio Otermin y en el elenco estaban, entre otros, Maruja Santullo, Elena Zuasti, Sancho Gracia y Blanca Abirad como Mamá Cora. Aquella noche solamente se vendieron 135 localidades. La obra permaneció en cartel durante 27 funciones, entre el 12 de octubre y el 4 de noviembre, y reunió apenas 2.004 espectadores.
Parte de la crítica reaccionó con dureza. Desde El Día se la acusó de vulgar y de atacar los valores de la familia uruguaya; Mario Trajtenberg, desde las páginas de Marcha, defendió, en cambio, la solidez de aquella farsa y su humor macabro. En medio de la controversia, pocos podían imaginar que la pieza cuestionada terminaría convertida en una de las creaciones más populares del teatro rioplatense.
La historia de ese estreno contiene buena parte del universo de Jacobo Langsner: el humor como forma de incomodar, la familia como escenario de una lucha feroz y la risa apareciendo allí donde también hay dolor. Su teatro no contemplaba a la sociedad desde lejos. La observaba desde el comedor, el dormitorio o la sala de una casa, entre discusiones cotidianas, afectos deteriorados y personas empeñadas en conservar las apariencias.
Langsner había nacido el 23 de junio de 1927 en Rumania. En 1930, cuando tenía tres años, llegó con su familia a Uruguay y en 1952 obtuvo la ciudadanía uruguaya. Aunque su origen europeo quedó registrado en las biografías, su formación y su sensibilidad fueron rioplatenses. Vivió entre Montevideo y Buenos Aires y llegó a considerarse mitad argentino y mitad uruguayo. Las dos orillas no fueron solamente lugares de residencia: constituyeron el territorio cultural desde el cual escribió.
En aquellos años no existían las posibilidades actuales de estudiar dramaturgia o escritura audiovisual. Langsner se formó leyendo, observando y escribiendo. Su primera obra representada fue El hombre incompleto, estrenada en 1951 por la compañía de Mecha Bustos en la Sala Verdi. Después llegaron La rebelión de Galatea, Los ridículos y El juego de Ifigenia. Eran textos juveniles en los que todavía resonaban el existencialismo europeo, el expresionismo y la influencia de autores como Luigi Pirandello.
Con Los artistas, representada por el Club de Teatro a mediados de la década de 1950, comenzó a dirigir la mirada hacia las circunstancias políticas y sociales de Uruguay. Ese desplazamiento sería decisivo: sin abandonar las preguntas sobre la libertad, la angustia o la soledad, su escritura empezó a encontrar esas tensiones en personajes reconocibles y ambientes cercanos. Lo doméstico se transformó en una manera de hablar sobre la sociedad.
En 1956 viajó por primera vez a Buenos Aires, convocado por el director cinematográfico Román Vignoly Barreto. Langsner le había enviado un guion titulado La camisa de nylon, pero escribió de manera incompleta la dirección postal y el envío demoró siete meses en llegar. El proyecto no prosperó, aunque aquel viaje terminó abriéndole otras puertas. Hacia fines de la década se instaló en Buenos Aires y comenzó a trabajar de forma simultánea en ambas márgenes del Río de la Plata.
La idea de Esperando la carroza nació de una noticia leída en un diario. En Nápoles, dos hermanos se habían enfrentado por el honor de organizar el velorio de su madre. La situación le pareció cómica y terrible a la vez: detrás de la exhibición pública del amor filial podían esconderse años de abandono. Langsner escribió la obra en dos días. Cuando se la mostró a un amigo vinculado al teatro, este le aconsejó que la quemara.
La trama parte de la desaparición de Mamá Cora, una anciana a la que su familia supone muerta. Mientras esperan el cuerpo y organizan el velorio, hijos, nueras y parientes discuten quién la atendía, quién gastaba más dinero y quién había cumplido realmente con sus obligaciones. La supuesta muerte hace caer las máscaras. El afecto se mezcla con el cálculo, la culpa con la necesidad de aparentar y la tragedia con una comicidad feroz.
La mala recepción de 1962 no detuvo la carrera de Langsner. El 29 de julio de 1970 estrenó El tobogán en el Teatro Odeón, bajo la dirección de Omar Grasso y con China Zorrilla al frente del elenco. La obra mostraba a una familia de clase media enfrentada a la crisis económica y al desencanto de un Uruguay que comenzaba a desmoronarse. El deterioro del hogar funcionaba como imagen del deterioro del país. Langsner obtuvo el Premio Florencio por el texto y Ángel Rama vio en aquella pieza el ingreso del dramaturgo a su madurez creadora.
En 1973, la Comedia Nacional presentó Un agujero en la pared en el Teatro Solís, nuevamente con dirección de Sergio Otermin. Esta vez el centro era la relación entre un joven tímido e inseguro y una mujer treinta años mayor. Aunque se apartaba parcialmente de la denuncia política de otros textos, la obra conservaba su interés por los vínculos contradictorios y por los personajes atrapados entre el deseo y las convenciones sociales.
Un año después ocurrió la revancha de Esperando la carroza. En 1974, el Teatro Circular la repuso con dirección de Jorge Curi. La obra que había provocado rechazo doce años antes se convirtió en un acontecimiento de público y permaneció durante siete temporadas. El texto no había cambiado de naturaleza; había cambiado la disposición de los espectadores para reconocerse en él. Aquella familia excesiva, mezquina y desesperada ya no parecía una ofensa contra la sociedad, sino uno de sus retratos más certeros.
La violencia política que atravesaba Uruguay y Argentina volvió a modificar la vida de Langsner. En 1975 se radicó en Madrid, donde permaneció hasta 1982 y trabajó para la televisión española y sueca, especialmente en adaptaciones de textos literarios. Durante ese período, sus obras continuaron representándose en el Río de la Plata. Paternoster, escrita en 1972, se estrenó en Montevideo en 1977 y al año siguiente en Buenos Aires. A partir de una historia aparentemente mínima, la pieza examinaba el fascismo y el modo en que el autoritarismo puede presentarse bajo un lenguaje paternalista y protector.
El regreso al Río de la Plata fortaleció otra dimensión de su carrera: la escritura para la pantalla. Su colaboración con Alejandro Doria produjo Darse cuenta, estrenada en 1984, y la versión cinematográfica de Esperando la carroza, de 1985. Doria y Langsner adaptaron la obra teatral y reunieron a un elenco integrado por Antonio Gasalla, China Zorrilla, Luis Brandoni, Betiana Blum, Julio De Grazia, Juan Manuel Tenuta y Enrique Pinti, entre otros.
La película amplió enormemente el alcance de la historia. Con el paso del tiempo se convirtió en una obra de culto, repetida por distintas generaciones y transformada en una fuente inagotable de frases incorporadas al habla popular. Sin embargo, debajo de la familiaridad y la comicidad permaneció intacta la incomodidad del texto original: la posibilidad de reírse de personajes reconocibles y descubrir, en medio de la risa, algo dolorosamente propio. Langsner recordaba a una espectadora que salió llorando de una función en Montevideo después de haberse reído a carcajadas. Esa reacción resume el efecto que buscaba su dramaturgia.
La relación con Doria continuó en Sofía, estrenada en 1987, y en la televisión. Langsner escribió numerosos episodios de Atreverse, el ciclo de unitarios emitido entre 1990 y 1991, además de participar en otros programas como Alta comedia, Contracara y Alguien como usted. El cine y la televisión le permitieron ampliar los escenarios, pero sus preocupaciones siguieron siendo reconocibles: la intolerancia, las relaciones de poder, la fragilidad de los afectos y las contradicciones de la vida cotidiana.
Su producción teatral tampoco se detuvo. La Comedia Nacional estrenó La planta en 1981, La máquina rota en 1996 y Damas y caballeros en 2004. En esas obras reaparecen matrimonios desgastados, personajes encerrados en su propia rutina, discursos morales que encubren corrupción e intolerancia y seres que intentan conservar alguna dignidad en ambientes dominados por la mezquindad. Langsner admitía que el núcleo de su escritura estaba en la hipocresía de la clase media a la que él mismo pertenecía. Esa pertenencia es importante: no escribía desde la superioridad del que condena a los demás, sino desde la conciencia de formar parte del mundo que observaba.
Jacobo Langsner murió en Buenos Aires el 10 de agosto de 2020, a los 93 años. Dejó una obra extensa en teatro, cine y televisión, aunque el éxito extraordinario de Esperando la carroza suele proyectar su sombra sobre el resto de su producción. Volver a El tobogán, Paternoster, Un agujero en la pared o La planta permite descubrir a un autor más complejo: un dramaturgo capaz de leer las crisis políticas y sociales a través de las palabras pronunciadas dentro de una casa.
Las 135 localidades vendidas durante aquel estreno de 1962 son hoy una cifra difícil de separar de la ironía. La obra rechazada terminó atravesando fronteras, lenguajes artísticos y generaciones. Tal vez allí se encuentre una de las marcas más profundas de Langsner: haber demostrado que la risa puede tardar en ser comprendida cuando obliga al público a mirarse demasiado de cerca.
