Una mujer sensible, resiliente, que predica la humanidad en quienes la rodean

Irene Anahí Gamboa, 55 años, es hija de Blanca Yolanda Gamboa, una madre que es un orgullo para todos sus hijos. Su mamá fue de aquellas amas de casa que ordeñaban, plantaban, iban en carro a lavar la ropa sobre las piedras del Arroyo Maciel Viejo, criaban chanchos y otros animales para el sustento familiar. Su papá, Eustaquio Olivera, era tropero. Eran nueve hermanos; uno de ellos falleció. Irene es de las más chicas.

Por Anabela Prieto Zarza

Es la mamá de Rafael, de 40 años, y feliz abuela de Renata, una soñadora de 9 años, y de Emanuel, de 6, jugador de fútbol.

Compañera de vida es su amor amado José Javier. Nunca convivieron. Él es de Montevideo. Desde hace años mantienen su relación así y hoy viven una linda etapa en la madurez de sus vidas.

Nace en Durazno. De niña concurre a la Escuela Nº 8 y a la Escuela Nº 2. Comienza el liceo. Era muy buena estudiante. Cuando las calificaciones máximas eran 6, ella pasó con 6. Deja los estudios con 14 años, una niña que queda embarazada y cuya historia toma un giro abrupto que demuestra un coraje impropio para la edad. Con 15 años se va a Montevideo, con un bebé en brazos y una bolsita de mano con lo poco que tenía. Va a la casa de su hermana mayor que hoy vive en Inglaterra. Dice que se conoce la ciudad en su totalidad, porque la recorría caminando para ir a trabajar. Fue niñera y empleada doméstica, siendo apenas una niña, buscando la manera de salir adelante. También trabajó en una cantina, en comercios, entre otros lugares. Destaca lo vivido y aprendido en la casa de su hermana. Su hermana y su cuñado, Manuel que recientemente partió de este plano, muy querido por toda la familia, además de cobijarlos a medida que los hermanos se fueron yendo de Durazno, a todos les enseñaron un oficio. Así fue que Irene se vinculó al mundo textil, lo que le serviría muchísimo en el futuro. Habla de las experiencias vividas con naturalidad, con el convencimiento de que era lo que tenía que hacer y que fueron aprendizajes que la fortalecieron y la convirtieron en la mujer que es hoy.

Con 18 años comienza otra etapa laboral. Fue vendedora durante 30 años en los Techitos Verdes. Le fue muy bien. No sabe cómo, pero era obvio que tenía habilidades innatas para comprar y vender. La crisis del 2002 a ella no le afectó, pero parte de su familia comenzó a emigrar. Ella apoyó esa migración en búsqueda de oportunidades. Sus hermanos se fueron a distintas partes del mundo. También se fue su hijo. Su mamá comenzó a viajar y estaba hasta seis meses fuera.

Al tiempo ella empezó a hacer lo mismo. Los viajes eran motivo de encuentro familiar y una buena excusa para pasear y conocer. Recorrió lugares hermosos en diferentes países: Cambridge, en Inglaterra; Madrid y Tenerife, en España; Bélgica; Holanda; París, en Francia, por nombrar solo algunos.

En cambio, la pandemia sí la quebró. Anímica y económicamente las cosas se pusieron difíciles. Además, para Rafa, que estaba radicado en Durazno y tenía una empresa de transporte de escolares, también se habían complicado. No había escuelas, no había transporte. Rafa había formado su familia con una duraznense y tenía dos niños a cargo.

Rafa la invita a venirse a Durazno y hacerse cargo de la empresa de transporte de escolares, mientras él buscaba alternativas trabajando para los camiones de la empresa que estaba en la construcción de la vía, actividad que no había parado.

Irene a Durazno volvía ocasionalmente por el día. Nunca había pensado en radicarse nuevamente aquí. Lo hace y le cuesta mucho al principio. Se abren viejas heridas, muy dolorosas, que le hacen más difícil la reinserción.

Comienza a visitar escuelas para irse preparando para el regreso a la actividad, a recorrer la ciudad para conocerla. Primero inician las clases los 5º y 6º años; luego los 3º y 4º y, por último, los más chiquitos.

Empieza a trabajar, conoce a los niños, a los padres. Antes Rafael llevaba a los padres de esos niños a sus trabajos, por ejemplo, en los frigoríficos, y luego a sus hijos a la escuela. El vínculo con esas familias era muy fuerte.

Así es que para Irene las cosas cambian. Se involucra con ellos. El amor que recibe cura todo y hoy es una mujer feliz.

Ha volcado su capacidad de iniciativa para hacer cosas nuevas empresarialmente, pero empezó por su vocación de servicio.

Se daba cuenta de que los niños que vivían en barrios alejados tenían pocas oportunidades de venir al centro, conocer las plazas o la playa. Entonces, los fines de semana organizaba meriendas y los traía. Con elementos decorativos que tiene armaba un espacio, con sillitas y mesas, para que pudieran pintar, merendar, sacarse fotos y jugar.

Estas actividades cobran vigor y empiezan a surgir viajes a otros lugares, por ejemplo, a conocer el mar. La demanda aumenta y se convierte en algo empresarial, un servicio adicional al del traslado de escolares.

Irene tiene licencia de conducir de todas las categorías, pero ya no maneja. No le gusta; es algo que la estresa mucho. Se dedica a la parte turística de la empresa, a la organización de actividades, de excursiones, agradece profundamente a la Intendencia y a ANDE, al área de Turismo que le pasan paquetes completos para que arme. Su felicidad pasa por la felicidad de los niños, por las oportunidades que les brinda, más que por el carácter empresarial. En su casa recibe chicos para ayudarlos con los deberes.

La empresa se llama Traslados del Yi y el logo se lo debe a una carpinchita llamada Flor, que le regaló un cliente. Esta mascota de la empresa, viajera frecuente, ocupó un lugar muy importante en la vida de todos, incluida la de los niños. Cuando llegaba a cada casa, la carpincha sacaba la cabeza. A ella la conocían como «la señora del carpinchito» o «el micro del carpinchito». Flor creció, no podía quedarse sola en casa y era muy grande para andar en la camioneta; además, sufría el calor. Fue liberada para recría, preservando su bienestar.

Irene está cerrando etapas que quedaron pendientes. Cursa 4º año de liceo y estudia para educadora preescolar en el ICEI (Instituto de Capacitación Inicial). Se recibe en un año y medio. Agrega: «Si me preguntas si voy a hacer Magisterio, te contesto que me encantaría».

Este motor fuera de borda, como podemos definir a Irene, podrá hacer lo que se proponga, porque así lo ha hecho durante toda su vida.

En sus tiempos libres le gusta soñar, planificar, saber qué va a hacer próximamente, jugar con la mente, leer sobre cualquier cosa. Le gusta la historia, la geografía, las cosas románticas. No usa televisión ni radio. Otra de sus pasiones es la restauración, dejar nuevo lo viejo, bello lo que encuentra tirado. Cuando está muy estresada el gusta coser a máquina, hace bolsitas, delantales, gorritos, polleritas, es lo que le trae a tierra. Le gusta escribir desde hace muchos años sobre sus cosas personales. Cuando mira lo que escribió dice: «Cómo logré pasar y superar esto». Cuando termina el año lo quema. Es de escribir en cuadernos porque se lleva muy mal con la tecnología.

Sueña con hacer un Club de Niños, para que los chicos tengan un lugar donde merendar, con la participación del Estado, que debe involucrarse porque estas historias son historias reales. Que los chicos reciban contención, asistencia en sus estudios, participen de actividades y viajes que enriquezcan su mundo y amplíen su horizonte. Que tengan su espacio para cobijarse y alguien en quien confiar.

Le hubiera gustado tener otro hijo, más grande, después de haber alcanzado estabilidad emocional y económica. Quizá este deseo sea el motor de las actividades que realiza hoy. De cualquier manera, tiene claro que es gracias a Rafa que ha tenido esta oportunidad y que hoy se encuentra transitando este camino que la hace muy feliz. Le agradece profundamente haberla convocado. No puede aspirar a más: está cerca de su hijo, de sus nietos, de su madre y de parte de sus hermanos. «Volví a mis raíces y sané viejas heridas».

Agradece el respaldo que recibió del Centro Pyme y de ANDE, que la abrazaron, respaldaron, guiaron y sostuvieron. Comenzó a estudiar, hizo un curso con Adriana Viñales. Recomienda al emprendedor que se acerque, que busque apoyo, porque las puertas se abren con más facilidad cuando no se intenta solo.

Integra el grupo de mujeres voluntarias. El año pasado hicieron una colecta de juguetes y colaboran con escuelas, familias u organizaciones que lo necesitan.

Sabe que para triunfar no se deben bajar los brazos nunca, sea cual sea la meta. Nada es inalcanzable. «Yo lo logré porque nunca bajé los brazos».