Su casa, su templo, su familia

María Emilia Caraballo Silva, de 46 años, es hija única de Rosauro y Ana. Está casada con Pablo Casanova y es mamá de Enzo, que ya no está en este plano; Allen (23), técnica en Anatomía Patológica, y Thiago (14).

Por Anabela Prieto Zarza

Creció en el barrio Hospital y fue a la Escuela 10. Cuando el papá se jubila del Regimiento, la familia se fue de Durazno a trabajar en un establecimiento rural de Cerro Colorado, cerca de Minas, una zona agreste, de sierras y pedregales, donde abundaban víboras de todos los tamaños y colores, alacranes y otros animales que daban un poco de miedo. Sin embargo, guarda recuerdos imborrables de aquel lugar, que considera hermoso y al que sueña con llevar a su familia para que lo conozca.

Regresaron a Durazno y se instalaron en la zona de Villasboas. Su papá realizaba tareas de campo y su mamá trabajaba como cocinera, Emilia concurría a la Escuela 49. Comienza secundaria en el  Rubino, al que llegaba en bicicleta desde el establecimiento Santa María del Quebracho. Salía a las 11 para llegar diez minutos antes de la entrada, a las 13. Cuando crecía el arroyo, no podía asistir. Terminó tercer año.

El siguiente destino, una estancia muy grande en Soriano. Para cursar cuarto año, Emilia debía recorrer tres kilómetros en bicicleta primero y después en la moto que le regalaron al cumplir 15 años, para llegar a la ruta donde tomaba un ómnibus hacia el liceo de Cardona. El sacrificio era grande y no logró adaptarse. Regresa a Durazno para vivir con su abuela y cursar preparatorio, que finalmente no terminó.

A los 17 años se puso de novia con Pablo. Se fueron a vivir a Trinidad, donde él trabajaba como enfermero en el Regimiento. Vivieron allí dos años que Emilia recuerda como los mejores de su vida. Primero convivieron y, cuando ella tenía 20, se casaron un 8 de diciembre, Día de la Virgen.

Había estudiado Administración en UTU y en Trinidad comenzó trabajando en la limpieza de una policlínica de retirados militares. Luego la contrataron como administrativa, aunque continuó realizando ambas tareas. También trabajaba los primeros días de cada mes en una sucursal de la tienda Venus.

Quedó embarazada, pero a los ocho meses debieron interrumpir el embarazo mediante un aborto consentido. Fue un proceso legalmente difícil y emocionalmente devastador. Enzo sigue presente en la vida familiar, pero la pérdida fue un golpe muy duro. El estado anímico de la pareja y las dificultades laborales los llevaron a regresar a Durazno.

Se instalaron en la casa de los padres de Emilia, donde también vivía su abuela. Guardaron sus muebles en un galpón cercano, acomodados de tal manera que a veces podían quedarse allí, aunque no tenían baño ni cocina. Cuando sus padres regresaban de afuera, ellos se trasladaban a aquel lugar, convertido en una «casi casa».

Pablo viajaba a trabajar a Trinidad y Emilia permanecía en Durazno. No podían continuar viviendo así. Decidieron alquilar y ampliar la familia. Por los antecedentes, se realizaron estudios genéticos que confirmaron que todo estaba bien. Ella dejó de cuidarse, pero el embarazo no llegaba.

Encontraron una casa que les gustaba y comenzaron los preparativos para la mudanza. Quizá la distracción, dejar de concentrarse en el intento o, como dice Emilia, Dios, hizo que quedara embarazada justo el mes en que Enzo habría cumplido un año.

El embarazo fue de alto riesgo y estuvo muy controlado en el Hospital Militar. Todo marchaba bien, algo que confirmó una ecografía estructural. Después continuó los controles en el hospital de Durazno, siempre monitoreada por el equipo militar. Así llegó Allen a sus vidas.

Cuando la niña tenía nueve meses, Pablo se fue al Congo para poder comprar la casa. Emilia trabajaba en una financiera y, para no quedarse sola, volvió a vivir con sus padres. Los muebles regresaron al galpón. A su vuelta, compraron la vivienda donde viven actualmente.

«Fueron once meses duros. El dinero de la misión fue directamente para pagar la casa, además de algún crédito que necesitamos para completar lo que faltaba y cubrir las escrituras y demás. No nos arrepentimos: era lo que queríamos y lo logramos».

Después llegó otra misión. En 2007, Pablo se fue al Sinaí durante un año y veinte días. Con ese dinero arreglaron la casa y compraron su primer auto. En 2010, durante el terremoto de Haití, volvió a partir, esta vez «ordenado como enfermero». A su regreso le ofrecieron ir nuevamente al Congo, pero no aceptó. La etapa de las misiones estaba cerrada: era tiempo de estar más con la familia y disfrutar de su hija.

Emilia, después de cinco años en la financiera, ingresó como encargada en Créditos Directos. Ese mismo año se había presentado a un llamado de ASSE, del que la convocaron a fines de 2010. Ingresó en 2011 y continúa trabajando allí, actualmente como jefa de Recursos Humanos, cargo al que llegó con estudio, esfuerzo, dedicación, méritos y trabajo constante.

En 2012 nació Thiago. No estaba en sus planes tener más hijos, pero Pablo y Allen pedían un hermano. No querían que la niña fuera hija única, como Emilia. Finalmente la convencieron y llegó «la belleza de Thiago».

Durante una ecografía estructural aparecieron algunas medidas que no correspondían, aunque el ginecólogo consideró que se resolverían durante el embarazo. Y así fue. Sin embargo, en el Pereira Rossell observaron que el bebé tenía la nariz pequeña y tendía a sacar la lengua. El informe indicaba que existía un 50 % de posibilidades de que naciera con síndrome de Down.

Les propusieron estudiar el líquido amniótico para confirmarlo. La familia se reunió y analizó los riesgos del procedimiento, pero, sobre todo, qué decisión tomarían si se confirmaba el diagnóstico.

«Hablamos con nuestra hija y con nuestros padres, los míos y los de Pablo, que todavía vivían. Todos estuvimos de acuerdo: Thiago tenía que nacer. Fue un embarazo hermoso, lo disfrutamos y nunca nos importó el pronóstico».

Emocionada, Emilia afirma: «Nuestros hijos son una maravilla. Los tres, porque el que está en el cielo es un ángel que nos cuida. Allen tomó las riendas de su vida muy jovencita, estudió y es divina. Está en pareja con Fabio desde hace siete años. Se fueron juntos a estudiar a Paysandú y siguen transitando la vida juntos. Si Dios quiere, él se recibe el año que viene. Y Thiago, qué decir: es el motor de nuestras vidas».

La inserción de Thiago en la comunidad no fue sencilla al principio. En el primer CAIF al que concurrió pretendían que permaneciera en Oportuna y no avanzara a la sala de dos años, pese a que la psicomotricista, la fonoaudióloga y la neuro pediatra lo recomendaban.

«Hablé con todos los especialistas que lo atendían. Coincidían en que tenía que avanzar, porque Thiago ya no era un bebé y los niños imitan: no los podés hacer retroceder. Le comenté lo que pasaba a una compañera, que se contactó con el CAIF Travesuras. Me llamaron enseguida y me dijeron que lo aceptaban.».

Allí hizo todo el CAIF con normalidad. El avance fue impresionante: salió caminando, comiendo y jugando solo. Después concurrió al Jardín de Infantes Nº 87 y durante tres años a la Escuela 10. Cuando cursaba tercero llegó la pandemia y comenzó a compartir jornadas entre esa escuela y la 81. En esta última se sentía más cómodo, iba contento y avanzaba más, por lo que decidieron que continuara allí.

«Hasta hoy sigue en la Escuela 81. Avanza a su propio ritmo, es libre y feliz. Me alegro de haber buscado otras oportunidades para él».

Al reflexionar sobre la vida cotidiana, Emilia reconoce que la inclusión no siempre es fácil.

«No es fácil integrarlos a la sociedad, pero te dan la mejor lección de vida: aprender a tener paciencia. Te dan un amor que quizá no te dan otros niños. Desde que te levantás hasta que te acostás, peleás con la vida para insertarlos en la sociedad. Y eso les pasa a los padres de cualquier persona con discapacidad. Lo fundamental es la familia. Te hablaría maravillas de mis padres, que nunca me soltaron la mano. Sin esa contención sería imposible. No se trata solo de los padres, sino de todo el núcleo familiar».

En su tiempo libre le gusta escuchar música y mirar fútbol; es fanática de Nacional. Pablo se jubiló y ahora trabaja en forma particular, pero todos los días encuentran un momento para compartir lo que les pasó. Hacen todo juntos: toman mate, cocinan y atienden a Thiago.

«Aún después de tanto tiempo, somos muy compañeros». Y agrega: «A veces llegás cansado, sin ganas de hacer nada, pero ves a Thiago con el entusiasmo que le pone a la vida y te contagia, te da energía. Le encanta bailar y cantar».

Emilia sueña con seguir superándose, terminar sus estudios secundarios y salvar las materias de quinto y sexto para poder estudiar otras cosas. También desea que sus hijos cumplan sus sueños: que Allen pueda trabajar en lo que estudió y que Thiago logre realizarse en la vida.

«Quiero quedarme con cero deudas, no deberle nada a nadie y que mi familia sea feliz».

«Si oramos y tenemos fe en Dios, Él no te deja sola, está ahí. Preguntale y te dará la respuesta, tarde o temprano. Mi casa es nuestro templo, por eso tratamos de que, de la puerta para adentro, seamos felices. Escucho música religiosa, los salmos. Después, cualquier música, pero en casa tiene que estar siempre la presencia de Dios. Thiago reza, pide, habla con Dios. Nosotros también».

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