Una mujer que se sabe feliz

Myriam Carolina Delgado Maz, de 50 años, es hija de Walter, recientemente fallecido, y de Teresita. Tiene dos hermanos mayores: Walter Enrique y Mónica.

Por Anabela Prieto Zarza

Ha formado su familia junto a su esposo, Daniel Piñero. Tiene muchos sobrinos: “De mi hermano, cinco; de mi hermana, dos y, por parte de mi esposo, cinco más, hijos de mi cuñada”.

Fue una niña con una infancia feliz. Vivía en el barrio El Mirador y, a los tres años, se fue a vivir al barrio Hipódromo, donde permanece hasta la fecha. Actualmente vive en su propia casa, que construyó pegada a la de sus padres.

Concurrió al Jardín 83. Hizo 5 años en la Escuela Nº 10 y de 1º a 6º en la Escuela Nº 1. Cursó secundaria en el Liceo Rubino. Tenía en mente dos carreras que le gustaban: Enfermería y Educación Física. Esta última era una opción complicada por la situación económica de sus padres; en cambio, Enfermería era más accesible, ya que podía estudiarla en Durazno.

Al terminar preparatorios, se encontró ante el dilema de dar los exámenes de ingreso a Enfermería o rendir los exámenes obligatorios para terminar 6º año.

Se presentó al ingreso de la Escuela de Enfermería y aprobó, iniciando su formación en la primera escuela privada de Durazno. Egresó en el año 1995.

No se arrepiente de la opción tomada porque confirmó que era su vocación: “Lo volvería a elegir, amo lo que hago”.

Inmediatamente después de recibirse y antes de que llegara su título desde el Ministerio de Educación y Cultura, ingresó a trabajar en consultorios privados de médicos particulares. Trabajó con varios profesionales, entre ellos los doctores Azambuya y Durán y la doctora Bermúdez.

“Siempre fui muy independiente. Para sustentar la cuota de la Escuela de Enfermería, trabajé repartiendo diarios y, en los veranos, en la tienda Pompeya, aun siendo menor. Mi esposo, que en aquel momento era mi novio, también colaboró para que pudiera estudiar”.

“Con Daniel nos ennoviamos cuando yo tenía 16 y él 18, y permanecemos juntos hasta el día de hoy. Éramos amigos, después surgió el noviazgo y no pude haber conseguido un mejor compañero de vida”, agrega. Creo que Daniel debe decir lo mismo de Carolina, sin lugar a dudas.

En 1999 ingresó a la Intendencia y a CAMEDUR. Dejó los consultorios porque no le daban los tiempos y, hasta la fecha, continúa trabajando en ambas instituciones.

Consultada sobre cómo separar la vida profesional de la personal, responde:

“Uno se involucra hasta cierto punto, tiene que saber hasta dónde llegar. Hay que separar la vida personal de lo profesional, hay que protegerse para poder ser eficiente en el ejercicio de la profesión. Me tocó reanimar a mi padre, junto con un médico y otros enfermeros. Mientras lo hacía, no pensaba que era mi padre, porque quizá no hubiera podido hacerlo; pensaba en lo que tenía que hacer con ese paciente, sabiendo que el tiempo corría. Yo preguntaba: ¿cuánto llevamos?, ¿cuánto llevamos?, porque sé lo que pasa. Siempre supe lo que estaba haciendo y hasta cuándo tenía que hacerlo”.

Recuerda las palabras que les decía el Dr. Pérez Davant a sus alumnas: “No le pueden tener lástima al paciente, porque si no, no le hacen nada”.

Ella agrega: “Hay que tener empatía con el paciente, ser coherente con lo que hay que hacer y actuar con amor y profesionalismo”.

En sus tiempos libres le gusta estar en su casa, “porque no estoy nunca. Me gusta disfrutar de mi casa, me ocupo de las cosas, soy muy detallista, muy ordenada, me gusta organizar, que esté todo como corresponde. Me gusta coser, hago las cortinas de mi casa”. También le gusta caminar, “porque despeja la mente”, y disfruta de la lectura.

Desde que falleció su papá, está más pendiente de su madre: “Como vivimos pegadas, hago los mandados con ella, la acompaño. Es distinta mi vida después de que mi padre falleció. Los fines de semana va mi hermana a quedarse con mamá, pero si por algún motivo ella no puede, mamá pasa conmigo”.

No siempre, pero a veces piensa en la jubilación. La ve lejana. Cuando sale de licencia se va de vacaciones, pero igualmente desea volver porque le gusta trabajar.

Cuando llegue la jubilación, le gustaría hacer otras cosas: gimnasia, tejer, volver a las manualidades y tener actividades que impliquen salir de la casa. Mantenerse ocupada, que es como ha vivido siempre.

No duda al decir que sus sueños por cumplir pasan por viajar, viajar mucho.

Al reflexionar sobre la actualidad, expresa: “La sociedad ha cambiado mucho, hay poca empatía, hemos perdido el respeto hacia el otro. Quienes trabajamos con público vemos que es necesario que la empatía se desarrolle en un doble sentido. No todos tratamos a la gente de la misma manera, ni todos los pacientes tratan al personal de la salud de la misma manera. Uno entiende los reclamos de la gente, pero no siempre es posible dar solución como a nosotros nos gustaría. El personal de la salud está muy expuesto y los pacientes llegan en un momento de vulnerabilidad y sensibilidad muy grandes, y a veces quieren todo ya, sin comprender que existen protocolos y procesos que respetar y cumplir, por su propio bienestar”.

“Mi marido me dice una frase todo el tiempo: siempre hay alguien que está peor que uno. Estamos acostumbrados a mirarnos solo a nosotros mismos, a lo que nos falta. No nos damos cuenta de que tenemos muchas cosas valiosas: un techo, una comida caliente, una cama donde descansar. Siempre aspiramos a más, nos quejamos por cosas triviales, un dolorcito de cabeza, algo que no podemos hacer. Tenemos que mirar al otro, ser empáticos con lo que les ocurre a los demás, con sus necesidades y sufrimientos, y valorar más nuestra propia vida”.

Termina diciendo: “Me considero una mujer feliz, feliz en el trabajo, en mi familia, en la vida”.

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