Lorena Natalia Avellano Barite, de 41 años, es hija de Emilia y Milton. Es la mayor de cinco hermanos: Matías y Sole, por parte de padre y madre, y Nahuel y Valentina, por parte de madre. Es la orgullosa mamá de Bautista, de 18 años recién cumplidos y tía de tres niños hermosos: Eitan, Fran y la recién nacida Emma.
Por Anabela Prieto Zarza
Se considera una luchadora, a quien la vida golpeó mucho. Quizá por eso es de dar, de estar presente para quienes la necesitan. Sus amigas suelen decírselo.
“Soy de estar cuando tengo que estar. Siempre fui protectora de mi madre y mis hermanos: Lorena soluciones”. Cree que asumió ese rol cuando falleció su padre, cuando ella tenía apenas 15 años. Esto le ha costado horas de terapia. “Sole es como yo, guerrera e independiente. Estudiaba, no conseguía trabajo y se fue a buscarse la vida sola a Estados Unidos”.
Tuvo una infancia muy feliz e inocente. “Yo no sabía que éramos pobres. Nos enseñaron que ser ricos era tener lo necesario. Creía que éramos ricos porque tenía comida, ropa y una casa. Nunca me sentí menos ni más que nadie”.
Creció jugando en la vereda y paseando en bicicleta. “Todavía conservo amigos del barrio con los que salía a andar en patines. Yo no tenía, pero siempre me prestaban. Me crié en Puente Nuevo y sigo viviendo ahí”.
Fue a la Escuela N.º 1 y al Liceo N.º 2. Cuando falleció su padre, funcionario municipal del comedor de COBUSU, su madre se quedó sin trabajo. Fue un golpe muy duro para la familia y la situación económica se volvió crítica. Su madre tuvo que salir a trabajar y Lorena dejó de estudiar para cuidar a sus hermanos.
También comenzó a trabajar en lo que surgiera: primero como niñera y, más adelante, en comercios como Todo Útil y Grandes Tiendas Montevideo. “Llegué a pedir en almacenes para arreglar cajones de verduras y barrer la vereda a cambio de leche para mis hermanos”.
Cuando acompañaba a su padre al trabajo, veía a la gente haciendo cola para recibir comida y pensaba: “¡Pobre gente, qué horrible tener que pasar por eso!”. Tiempo después, era ella quien hacía la cola.
Se emociona al recordar aquella adolescencia sacrificada, pero no se arrepiente de lo vivido. Sabe que esas experiencias la fortalecieron y contribuyeron a formar la mujer que es hoy. Lo ve reflejado en su hijo, a quien ama profundamente y dedica todos sus esfuerzos.
Cuando conoció al padre de Bautista, perdió un primer embarazo, otro golpe que debió enfrentar siendo muy joven. Seis meses después quedó embarazada nuevamente. Bautista nació y, al mes, la pareja se separó. Su abuela, muy conservadora, le aconsejó volver con su compañero porque el niño necesitaba a sus padres juntos. Cuatro años después llegó la separación definitiva.
“Con el papá de Bautista éramos amigos antes de ser pareja. Seguimos siendo amigos, a pesar de las diferencias; en realidad, seguimos siendo familia”.
Lorena vivía con su abuela cuando esta enfermó de cáncer. Se quedó a cuidarla y su pérdida fue un dolor enorme para ambas generaciones, especialmente para Bautista.
Su hijo es autista. Llegar al diagnóstico fue un proceso difícil. “De niño tenía cosas que yo no advertía. Me dolió mi ignorancia, porque no sabía sobre autismo ni Asperger. Tenía trastornos del sueño y dormía apenas dos horas. Decían que era porque era chico, que era mañoso, que le diera té. Finalmente, un médico le indicó medicación para regular el sueño. Ya lo atendían un psicólogo y un psiquiatra”.
Un día, en casa de su bisabuela, una tía encendió una camioneta vieja que hizo un ruido muy fuerte. Bautista se tiró al suelo, se tapó los oídos y comenzó a gritar. Un tío enfermero le dijo: “Tu hijo puede ser autista”.
“Empezamos a consultar, lo llevamos a Panitea y lo evaluaron. Fue a la Escuela N.º 1 hasta tercero, al que llegó sin saber leer ni escribir. Era extraño, porque en casa me traducía cosas en inglés. Le pregunté por qué no leía en español y me dijo que no sabía hacerlo; en clase solo le daban plastilina”.
Lorena buscó otra alternativa y consultó en la Escuela N.º 6. La directora le explicó que dependía de que la maestra lo aceptara, pues tenía 33 alumnos, tres de ellos con autismo. Era mayo. La maestra le dijo: “Traelo sin problemas. Un niño más no pesa. Empecemos con medio horario para que se adapte”. En junio, Bautista ya sabía leer y escribir.
Terminó la escuela y continuó en UTU. El BPS financia un asistente personal que lo acompaña y que, además, es amiga de Lorena, una solución que considera excelente.
Actualmente estudia barbería, una actividad que le encanta. Aunque le gusta mucho leer sobre medicina, no quiere estudiarla. Sueña con tener su propia barbería y hasta imagina dónde colocará cada cosa.
“Es muy feliz con eso y tiene una mentalidad impresionante. Mis amigos dicen que es gracias a la crianza que le di. Nunca pide regalos, ni para su cumpleaños ni para Reyes. Le enseñé que todo cuesta y que hay que valorar las cosas, aunque sea un caramelo. Le doy todo lo que puedo y necesita, pero también le enseñé a ser agradecido. Mis compañeros de trabajo lo aman”.
Recuerda con gratitud los gestos de sus compañeros hacia Bautista y el apoyo del entonces intendente Carmelo Vidalín para financiar una operación de la vista. El joven no lo conocía, pero un día lo vio por la calle. Lorena le explicó quién era y él cruzó para agradecerle personalmente. Así es Bautista; así le enseñó su madre.
“Lo que quiero en la vida es tener vida para ver que pueda defenderse solo”.
Lorena ingresó a la Intendencia en 2013, siempre en el área de servicios: camping, barrido, recolección, volquetas y acompañamiento de los camiones. Después le dieron la oportunidad de conducir. Comenzó con el camión lavacontenedores, siguió con una camioneta y hoy maneja uno de los grandes recolectores.
Nunca pidió nada; las oportunidades llegaron gracias a su compromiso y responsabilidad. Siempre está disponible y nunca recibió una sanción. No se sintió discriminada al pasar a chofer y agradece especialmente a Cristina Cantero e Inés Colina por confiar en ella para conducir uno de los camiones nuevos. También valora el respaldo de sus compañeros, que la acompañan y celebran sus logros.
No tiene sueños pendientes para sí misma. Se siente feliz con lo que ha construido. “Tengo amigos, familia, hermanos, mi hijo y trabajo. No necesito más. Tengo necesidades, claro, pero lo básico, que fue lo que me enseñó mi padre, lo tengo resuelto”.
A la hora de dejar un mensaje, reflexiona: “La vida es un momento y hay que disfrutarla, porque el hubiera no existe. Los errores son para aprender. Hay que disfrutar de los seres queridos, estar con quienes queremos, con la familia y los amigos. Hay que ser feliz”.


