Vocación, resiliencia y empatía

Graciela Caterine Fagoaga Guanco, de 58 años, es hija de Eriberto, militar retirado, y de Gladys (Ñeca), empleada doméstica. Es la mayor de seis hermanos: Mónica, Antonio, Ana, Alejandra y Dahiana.

Por Anabela Prieto Zarza

Fue una niña feliz que creció en un hogar muy humilde, donde le transmitieron valores y amor. Quien es hoy, se lo debe a lo que se forjó en las “aulas de su hogar”.

Desde hace 36 años está casada con Fernando Rodríguez y es la feliz mamá de cuatro hijos: Nicolás, Agustín, Luciana y Josefina, de 16 años. Su nuera, Agustina también forma parte de su familia.

Se considera una persona de carácter flexible: “Escucho mucho, respeto la opinión ajena, soy abierta a recibir críticas, solidaria y muy sensible al dolor de los demás. Pero también tengo mi carácter, soy resolutiva y fuerte. Nunca bajé los brazos ante una adversidad, siempre fui resiliente”.

Concurrió a la Escuela Nº 7 y a la Nº 2, el Colegio San Luis y el Liceo Rubino, aunque entonces no culminó el bachillerato.

A los 16 años comenzó a trabajar como niñera y en servicio doméstico para salir adelante. Eran muchos en su casa. Embarazada de Nicolás, a los 22 años se recibió de auxiliar de enfermería y comenzó a trabajar en la Asociación de Jubilados y en la Policlínica La Amarilla. En 1992, ingresó al Hospital Penza, que entonces funcionaba en el local antiguo, donde hoy está la UTEC.

Trabajaba ocho horas diarias y buscaba perfeccionarse. Su primer curso fue de oncología. Después nacieron Agustín y Luciana, con un año de diferencia. En 1997 ingresó en CAMEDUR, donde trabajó durante 13 años en el CTI como auxiliar de enfermería.

Su carga horaria llegaba a las 12 y hasta 18 horas diarias cuando surgió la oportunidad de estudiar la Licenciatura en Enfermería. Tenía una dificultad: debía dos materias de quinto año y las de sexto.

Sin dudarlo, retomó el liceo y comenzó la licenciatura al mismo tiempo, sin abandonar ninguno de sus dos trabajos. “Casi me enloquezco, pero lo logré porque fue un proyecto familiar. El apoyo de mi esposo y mis hijos fue fundamental”.

En el último año de la carrera quedó embarazada de Josefina. “Me bajaron las defensas”, dice riendo. Recuerda especialmente a Luciana, que postergó su último año de liceo para cuidar a su hermanita y permitirle terminar la carrera. “Es algo que valoro muchísimo y siento que tenemos un debe con ella: que pueda terminar”.

Una vez recibida de licenciada en Enfermería, concursó y accedió al cargo de supervisora en ASSE.

En 2015 decidió dejar CAMEDUR. “Quería estar más con mis hijos. Fernando me había ayudado a criar a los otros tres para que yo pudiera hacer lo que hice. Ahora queríamos disfrutar más de Josefina y priorizar la familia sobre los ingresos. De CAMEDUR me fui por la puerta grande y guardo muy lindos recuerdos”.

Durante el momento más crítico de la pandemia de COVID-19, un amigo la convocó para participar en la creación del primer CTI para pacientes con COVID en Treinta y Tres. Junto a un equipo de profesionales organizó el servicio mediante un convenio entre CASMU y ASSE.

Viajó durante un año, pero las horas de traslado pesaban. Una vez que el proyecto estuvo en marcha, decidió continuar únicamente con su trabajo en el Hospital de Durazno, donde lidera un equipo de funcionarios de la salud. También tiene a su cargo el personal del centro de rehabilitación en adicciones El Sauzal.

Además, durante siete años fue docente en la escuela de ENEDUR, en Durazno. Además es referente dese hace 10 años de COSEPA (Comisión de Seguridad de Paciente en ASSE), equipo interdisciplinario que funciona en instituciones de salud en Uruguay para promover la calidad asistencial y prevenir errores médicos.

Su mayor satisfacción profesional ha sido la docencia universitaria. Acompaña a auxiliares de enfermería que comienzan a formarse como licenciadas, tutoriza sus cinco meses de internado y las orienta en la defensa del trabajo final. “Ya van cinco generaciones que se reciben bajo mi responsabilidad”.

Para ella, esta tarea significa mucho más que una realización personal: es la posibilidad de ayudar a otras auxiliares a cumplir sus sueños y avanzar profesionalmente, como lo hizo ella.

“Trato de compartir mi experiencia y mis valores, demostrar que se puede salir adelante. No es fácil, pero si uno se lo propone, lo logra. Yo quise ser médica, cursé hasta tercer año de Medicina, pero las dificultades económicas me impidieron continuar. Estoy orgullosa de mi camino y de lo alcanzado; me siento feliz y realizada. Con esfuerzo se pueden romper los techos de cristal, con el apoyo de la familia, los compañeros y la gente”.

Es precisamente la gente, sobre todo la más humilde, la que le brinda una gratificación especial.

“La enfermería no es solo un trabajo, es una historia de vida. Me enseñó cómo es la realidad de los pacientes. Me parte el alma ver a alguien solo en una emergencia, sin familia que lo acompañe. Soy muy sensible y, a pesar de los años, todavía lloro. No voy a cambiar; trato de transmitirles a mis hijos esa sensibilidad y la empatía”.

Está convencida de que hay algo que nunca debe perderse, independientemente de los años de experiencia: “En nuestra profesión, más que en ninguna otra, no podemos perder la humanidad. Debemos tener sensibilidad, empatía y consideración por el otro”.

Hace una reflexión: “el Auxiliar de Enfermería, es el sostén principal de todo un sistema, es la base de una pirámide, sin ellos no se logra”.

Hace un tiempo le tocó atravesar una situación de salud compleja. Un 25 de agosto se acostó con lo que parecía una gripe y despertó en coma, en un CTI.

Al abrir los ojos, vio enfermeros por todos lados. Miró hacia un costado y encontró a su esposo. Pensó que soñaba y volvió a dormirse. Alguien le dio un beso en la mejilla: era una licenciada en Enfermería. Recién entonces comenzó a comprender lo que sucedía.

Fernando le explicó que llevaba seis días internada, que acababan de extubarla y que todavía le realizaban estudios para determinar qué había ocurrido.

“Me dijo que no abriera las redes porque la repercusión había sido impresionante. Había muchísimos mensajes de apoyo y en casa casi que habían hecho un altar. Mi esposo y mis hijos nos abrazamos y lloramos. Mi hermana, que es psicóloga, me contó cuánto habían sufrido mis hijos”.

Días después abrió el celular y encontró los mensajes que Agustín le había escrito durante su internación. Ella no los había leído y, al hacerlo, no podía creerlo.

La experiencia le confirmó que la vida puede cambiar en un instante. Nunca logró recordar qué ocurrió. Le dijeron que había sido una neumonía y una convulsión provocada por la fiebre, pero comprendió aún más la importancia de no subestimar la situación de una persona internada en CTI.

Sus problemas de salud no terminaron allí. Salió del CTI caminando con dificultad. El 19 de junio había sufrido una caída y se había fracturado un brazo, pero también padecía un fuerte dolor de espalda. Incluso el día de su internación había tomado calmantes para aliviarlo.

Al comprobar que no caminaba bien, le realizaron una tomografía. Descubrieron que tenía tres fracturas en la columna y que una de ellas comprometía el canal raquídeo. La internaron de urgencia.

“Lloré, era como volver todo atrás”. Habían pasado cuatro meses desde la fractura y ya no había otra alternativa que usar un corsé y aprender a convivir con el dolor.

No era la primera vez que enfrentaba una situación grave. Durante una operación de vesícula por laparoscopia sufrió un hematoma en el hígado que derivó en cinco intervenciones quirúrgicas y puso su vida en riesgo. Por eso sabe que todo puede cambiar en cualquier momento.

Al recordar su última internación, el agradecimiento ocupa un lugar central. “Agradezco a mis compañeros de trabajo, a mi familia y a la gente de Durazno que se interesó por mí y acompañó a mi esposo. Hubo quienes se ofrecieron a llevar a mis hijos a Florida para que me vieran. Mis amigas y familiares que hacía años no veía también ayudaron a trasladarlos. Todos estuvieron unidos”.

Y esa unión es lo que más valora. “A veces no nos vemos tan seguido porque no estamos todos en Durazno, pero cuando pasan estas cosas, estamos juntos. Me quedo con eso: con mi familia reunida un domingo o compartiendo el 24 y el 25, aunque mis padres ya no estén. Es invalorable. Lo material no me interesa; valoro lo que tengo, pero mucho más a mi familia”.

La experiencia también le dejó una enseñanza personal: “Tengo que parar un poco y dejar de decir que sí a todo. Siempre acepté porque es mi naturaleza, aunque la respuesta de la gente fue impresionante”.

Entre sus sueños pendientes están el bienestar y el futuro de sus hijos. Desea que todos se formen, consigan un trabajo estable y puedan mantenerse por sí mismos. Los dos varones ya se independizaron, quiere seguir impulsando a Luciana, a quien define como súper trabajadora y capaz de lograr lo que se proponga, y acompañando a Josefina.

También sueña con una transformación del sistema de salud, donde todas las personas tengan un buen acceso y sea posible cambiar la mentalidad para que ese derecho se concrete.

En lo personal, quiere transitar la vejez junto a Fernando y convertirse en abuela. “Mis hijos todavía no lo disponen”, comenta con humor. Sus padres fueron muy buenos abuelos y ella también desea vivir esa experiencia.

Después de jubilarse, quiere continuar vinculada a la docencia. “Ya tengo mi casa y mi auto; materialmente no necesito nada más”.

Considera que “nunca es demasiado tarde para ser lo que podías haber sido. Siempre hay que intentarlo y reinventarse. Lo importante es ser fiel a la propia esencia, porque las acciones están por encima de las palabras. El éxito es la suma de pequeños esfuerzos diarios, hechos en silencio, sin alardes. Las oportunidades no aparecen, se buscan”.

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