Creer en uno mismo

Ana Claudia Díaz Morales, de 60 años, es hija de Juan y Elena. Es la del medio de cinco hermanos: Alejandro, Leticia, Leonardo y Mariel. Ha formado su familia con su esposo, Héctor Suárez y es la orgullosa mamá de Gastón, de 36 años, y Agustín, de 34. Tiene dos nueras “hermosas”, Macarena y Camila, y es la amorosa abuela de Julieta, de 17 años.

Por Anabela Prieto Zarza

Se considera una persona insegura, algo que aflora primero en distintas situaciones, aunque sabe que es un aspecto que ha ido superando. También se define como muy maternal, no solo con sus hijos, sino con todos. Se siente protectora. “Tengo claro que siempre me quise convertir en el adulto que me hubiera gustado tener de chica protegiéndome. Por eso siempre trato de proteger al otro, aunque no sea nada mío. Es lo que siento siempre”.

Crece en el barrio del Liceo Rubino. Concurre a la Escuela N.º 6 y después al liceo del barrio. Guarda hermosos recuerdos de sus compañeros de escuela. “Nosotros éramos cinco y en el barrio había muchos niños con los que nos vinculábamos y jugábamos afuera. Te venían a buscar, te invitaban a jugar. Nos entreteníamos con la cuerda, el elástico, la bolita, la payana y trepando a los árboles. Debemos tratar de que no se pierdan esos juegos. Se los enseñé a mis hijos y a mi nieta”.

Cuando termina el liceo, quiere estudiar Educación Física, pero no le permiten irse a la capital y aún no había cumplido los 18 años. Hace 1º de Magisterio, sabiendo que no era lo suyo. Finalmente, esta jovencita que se percibe “insegura” decide irse a Montevideo. Descarta el ISEF (Instituto Superior de Educación Física) porque, durante el año que cursa Magisterio, deja de entrenar y pierde las marcas necesarias para aprobar el examen de ingreso.

No recuerda quién le habla de una carrera cuya existencia desconocía: Fisioterapia. Le gusta porque combina dos áreas que le interesan: la Educación Física y la Medicina.

Consigue la beca de Bienestar Estudiantil y logra cumplir su objetivo. La utiliza para cubrir el alojamiento y el comedor, y también recibe una ayuda económica. Una experiencia que pone de manifiesto la importancia de conocer las distintas alternativas de apoyo que existen para que los estudiantes del interior puedan concretar sus sueños.

Además de las becas, Claudia hace lo necesario para mantenerse. Mientras estudia, trabaja como niñera y realiza tareas de limpieza para una señora conocida que la recomienda.

La carrera le encanta y se convierte en su vocación, que ejerce durante toda su vida. Se recibe cuando su hijo mayor tiene apenas 11 meses.

“Tuve la suerte de que los profesores me daban un espacio para estar con él, para que pudiera realizar las prácticas”.

Se recibe en septiembre de 1990 y, en enero de 1991, ya está trabajando en CAMEDUR, gracias a la gran mano del querido Javier (Toto) Curbelo.

Durante mucho tiempo trabaja en domicilios y después pasa a las policlínicas. Desarrolla su labor durante más de 35 años, a gusto en una institución de la que guarda los mejores recuerdos.

Su trabajo es muy movilizador, sobre todo cuando le toca atender a niños. “Es una profesión de contacto, de acercamiento. Cuando fallece una persona, se siente como si se perdiera alguien de tu familia. Cuando dejás de trabajar, es lo que más extrañás: el contacto, el vínculo que se genera con los pacientes”.

Agrega: “Mientras cursamos la carrera nos enseñan a mantener los vínculos con límites, para que no nos afectara emocionalmente, pero yo nunca lo pude hacer. Hablaba con ellos, y eso nos hacía bien a los dos. Escuchaba y hablaba, siempre mantuve un vínculo de humanidad y eso nos hacía bien a las dos partes. No me arrepiento para nada de haber sido de esa forma”.

Este año accede a los beneficios jubilatorios, aunque durante los últimos tres años, por un tema de salud, no puede trabajar y recibe un subsidio por enfermedad. El “parate” es durísimo. Le cuesta dejar de trabajar sin haberse preparado para ese cambio.

“Extrañé y extraño hasta ahora el contacto con la gente, con los pacientes. Todos mis años de trabajo los viví muy bien, pasé bien, fui muy feliz. Ahora me ubiqué en mi tiempo, pero me costó mucho”.

Superados esos primeros tiempos, comienza a disfrutar de sus propias actividades. “Actualmente hago de todo, creo que tengo menos tiempo que cuando trabajaba. Me he dedicado a estudiar por internet sobre temas relativos a la alimentación. Me encanta. Voy a los cursos de los CIB, donde hago de todo: crochet, costura, guitarra, envasado de alimentos. Voy a gimnasia, hago hidrogimnasia en la piscina. Y aunque a mi nieta no la tengo cerca, porque vive en Fray Bentos, nos hacemos tiempo para estar”.

No cree tener sueños pendientes, porque todo lo que se ha propuesto lo ha cumplido.

Su mayor aspiración es ver a sus hijos y a su nieta superarse y ser felices, “pero estoy tranquila porque los veo bien”.

“A los que me rodean siempre les digo lo mismo: que crean en sí mismos, que fue lo que me costaba a mí, y ahora, cuando miro lo que logré, me parece increíble. Todo se puede, los obstáculos los pone uno mismo. Hoy la satisfacción más grande que tengo es el cariño que recibo de la gente que me conoce”.

 

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