María José Barrán Viana, Majo, de 41 años, es hija de Nelsa Aida (Pocha) y Félix Alberto (Beto). Es la tercera de cuatro hermanos: Carlos, Laura, Majo y Teresita, y tía de cuatro maravillosos sobrinos que adora: Nicanor, Anastasia, Juan y Lucas.
Por Anabela Prieto Zarza
Ha formado una hermosa familia con Andrés, a quien todos conocen como “El Fala”, y es una “mamá enamoradísima de nuestro pequeño Manuel, que tiene 11 años”. Con Andrés comparte también la profesión: ambos son peluqueros. Él tiene su peluquería en el centro, en Penza casi Baltasar Brum, y Majo atiende en su domicilio, en Zelmar Michelini 1404.
Se reconoce como una mujer supersensible, una característica que Manuel ha heredado, y una luchadora que ha enfrentado muchas cosas en la vida. Una de las más difíciles fue superar la esterilidad. Por eso, Manuel la emociona hasta las lágrimas. No le preocupa su sensibilidad, porque es parte de su esencia.
Majo tuvo una infancia muy feliz. Heredaba la ropa, pero eso no importaba. Creció en el barrio Tabaré. En su entorno, algo que amaba, se criaban gallinas, chanchos, vacas y conejos.
Concurrió a la Escuela N.º 75, cursó el ciclo básico en UTU y estudió peluquería porque era su vocación. Lo sabía desde niña.
Recuerda con cariño que todos los viernes su papá cobraba, pagaba la “libreta en el almacén” y le traía una muñeca de pelo largo que Majo utilizaba como “clienta”. Racionaba los cortes diarios para que el pelo le durara hasta el viernes siguiente, al que la muñeca llegaba pelada. No importaba, porque ese día llegaba otra nueva.
Una vez que terminó sus estudios, ingresó a trabajar en una peluquería. “Con Belkis aprendí muchísimo, siempre estaré muy agradecida con ella”.
Su segundo empleo fue con Sebastián, quien puso el negocio y le dio la posibilidad de trabajarlo, acompañada por otras empleadas.
Desde hace 23 años trabaja y 18 que lo hace en forma independiente. Comenzó haciendo domicilios hasta que pudo instalar su propio salón.
Ama lo que hace, se siente profesionalmente realizada y feliz. Le alegra que la gente se vaya contenta con los servicios que brinda, pero mucho más que se retire a gusto por haber compartido un rato en su espacio. Es una persona cálida, que cuida los detalles y se preocupa por que sus clientas se sientan cómodas.
Cuando con Andrés decidieron que era momento de agrandar la familia, llevaban tiempo juntos. Querían hacer las cosas bien: tenían la casa donde estaban cómodos, el perro; solo faltaba el bebé. “Era concretar el vínculo de amor existente entre nosotros”. Comenzaron a realizarse estudios para asegurarse de que todo estuviera bien y decidieron intentarlo.
Majo dejó de tomar anticonceptivos, pero pasó un año sin lograr el embarazo. Los médicos entendían que estaban demasiado pendientes del tema, aunque ella tenía claro que no se trataba de eso.
Comenzaron los estudios, que se prolongaron durante casi tres años. Cambiaron de profesional buscando otra opinión, los resultados seguían dando bien.
En determinado momento, una doctora decidió realizarle una laparoscopia exploratoria, un procedimiento bastante invasivo, con anestesia general. Ya no quedaba mucho más por hacer.
“Nos habían dicho que eran 15 minutos en block y salía, pero duró dos horas. Me dije a mí misma: ‘Acá descubrieron por qué no quedaba embarazada’”.
Y así fue. Tenía una endometriosis bastante agresiva. Nunca había oído hablar de ella, pero comenzó a investigar y descubrió que muchas mujeres la padecen. Majo sufría dolores muy fuertes durante 20 días al mes, aunque hasta entonces no habían logrado diagnosticarla.
El pronóstico fue desalentador: sería muy complicado que quedara embarazada.
“Nos aconsejó viajar a una clínica de fertilidad en Buenos Aires porque en Uruguay era muy caro. De hecho, acá nos costaba U$S 11.000 y allá, en caso de necesitar un tratamiento de fertilidad, rondaba los U$S 3.000”.
Tomaron su “carpetota de viejita”, como llama a su abultada historia clínica, y el 18 de noviembre de 2014 viajaron para consultar al doctor Adán Navel, de la Clínica CEJIR.
“Entrar allí y ver aquellas paredes llenas de fotos de bebés ya nos dio esperanzas. Entramos lagrimeando con Andrés. Después, el médico leyó toda la historia clínica y nos hizo sentir muy bien. Nos dijo que nos quedáramos tranquilos. Me dio un tratamiento para sanar el útero, que terminaba el 30 de noviembre, y, por las dudas de que no funcionara, nos dio fecha para marzo”.
La recomendación fue que, después del 30 de noviembre, lo intentaran durante el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena. “Cumplimos con los deberes”.
“El 3 de enero de 2015 sonó el despertador. Salté de la cama para levantarme como siempre, pero sentí un dolor muy fuerte en el vientre. Esperé un momento a que se me pasara. Creí que era uno de los dolores habituales, así que me levanté y seguí con mi día.
Yo trabajaba a domicilio. Estaba en la casa de una clienta cuando me agaché, sentí de nuevo la puntada fuerte y se me pasó. Terminé con mi clienta, callada la boca, y volví a casa. Suspendí las clientas que me quedaban, me di una ducha, tomé mi carpeta de viejita y me fui a emergencia”.
Le hicieron análisis de sangre y orina. Entonces le comunicaron que estaba embarazada.
“Allí no había quien me consolara. Enfermeras, doctores… Los dolorcitos eran contracciones. Comenzaron los cuidados del embarazo y tuve que hacer reposo absoluto durante cuatro meses.
Nos volvimos uno con Andrés. Me bañaba porque yo no podía moverme. Él se iba a trabajar a su peluquería y me dejaba al lado de la cama el yogur, el mate y todo lo que pudiera necesitar hasta que volviera al mediodía. Lo mismo hacía a la tarde”.
Emocionada hasta las lágrimas, porque, como ella dice, es parte de su esencia, continúa:
“Así llegó Manuel, que es muy de los dos. Es el motor de nuestras vidas, muy sensible. Además de ser un niño tan deseado y esperado, ha crecido y sigue creciendo rodeado de mucho amor y respeto, que es lo que nosotros le brindamos. Por eso, de él no nace otra cosa que amor y respeto hacia los demás, y eso nos llena de orgullo.
Sabemos muy bien quién es Manu y cómo es, pero cuando la gente que lo ve y lo conoce nos dice que es un niño educado, amoroso y respetuoso, nos reconforta. Es un mimo que recibimos con mucha alegría”.
La vida sigue y Majo vuelve a enfrentarse a otro problema de salud. Durante un chequeo ginecológico de rutina le diagnostican fibromialgia.
“La fibro está muy asociada a lo que me tocó vivir, porque el cuerpo tiene memoria y va por parte de lo emocional”.
Su postura fue enfrentar la enfermedad.
“Desde niña supe que iba a tener un hijo varón, nunca lo dudé. Cuando me diagnosticaron fibromialgia, supe que iba a poder. Venían las clientas y yo las atendía con dolor, sin decir lo que sufría. Necesitaba estar bien, mis ingresos dependían de ello”.
No se quedó detenida en el sufrimiento. Buscó herramientas para sentirse mejor y afrontar la enfermedad.
“Supe buscar herramientas espirituales para estar mejor preparada y tuve la suerte, hace 23 años, de conocer a una clienta, Alicia de Souza, que me hizo incursionar en Chi Kun Tai Chi. Una divina persona que me ayudó muchísimo. En estas disciplinas, si bien se trabaja lo físico, también se trabaja mucho lo espiritual, y desde allí vas sanando lo físico. Hoy a la fibro la llevo a raya”.
Su vocación de servicio se manifiesta en distintas actividades que no le gusta difundir. Participa en la comisión del merendero del barrio Jardines del Hipódromo y colabora desde el lugar en el que se la necesite.
También colabora, junto con su esposo, con Wanderers. “Club que supe querer gracias a Andrés”.
En sus tiempos libres, que casi no tiene porque siempre está haciendo algo, le gusta coser. Es autodidacta y disfruta de confeccionar ropa. Cuando Manuel era chico, le hacía toda la ropa.
También ha aprendido a regalarse momentos para ella: quedarse un rato mirando la nada, observar el movimiento de las hojas y escuchar música de relajación. Porque siente que se lo merece.
Cuando le pregunto por sus sueños por cumplir, suspira y responde:
“No sé si tengo sueños por cumplir. Simplemente anhelo seguir bien, como estoy. Si bien me acompañan la endometriosis y la fibromialgia, anhelo tener buena salud. Que la gente me siga acompañando en el comercio y que la familia esté bien, verla bien”.
Considera que es importante hablar con una misma.
“Siempre supe que iba a lograr el embarazo, que iba a tener a mi hijo varón, como había soñado. Cuando flaqueaba, me decía a mí misma: ‘Gorda, quedate tranquila, que vamos a poder’.
Fue fundamental el compañero de fierro que tuve, que siempre estuvo en todo momento y mantuvo una actitud positiva. Hace 18 años que estamos juntos. Sabemos cuándo hablar y cuándo guardar silencio”.
Se considera una mujer feliz. Siente que todo lo que le tocó vivir le permitió aprender, rescatar lo positivo, seguir adelante y asumir que por algo pasan las cosas. Hoy se siente completamente realizada como madre, como mujer y como profesional. “Y queriéndome!”.
Antes de despedirse, deja una reflexión que resume buena parte de su manera de entender la vida:
“Uno no siempre está sonriendo, y eso no me parece que sea ser feliz. Es fundamental enfocarse no solo en mirar, sino en observar; no quedarnos en nosotros mismos, sino ver al otro. Todo sería más llevadero para la gente.
Hay que levantar la mirada, observar lo que le pasa al otro y ser más empático. Brindar una mirada o un abrazo puede ser muy importante para otra persona. Para uno puede ser algo simple, que no cuesta nada, pero para quien lo recibe es muy significativo”.


