El 13 de octubre de 1910 nació en Montevideo Eduardo Vernazza, pintor, dibujante, ilustrador y crítico de arte. Durante décadas, su trabajo acompañó la vida cultural uruguaya desde las páginas del diario El Día y desde las salas de espectáculos. El teatro y la danza ocuparon un lugar central en una obra que también encontró sus temas en las calles, los trabajadores y los personajes cotidianos. Recordarlo permite acercarse a una forma de observar que convirtió gestos pasajeros en imágenes capaces de permanecer.
Una función termina, los actores abandonan el escenario y el público se retira. Lo que ocurrió queda en la memoria de quienes estuvieron allí y en los registros que permiten volver sobre aquella experiencia. Eduardo Vernazza dedicó buena parte de su vida a construir uno de esos registros: dibujos realizados mientras el espectáculo sucedía, atentos a los movimientos y las expresiones de sus protagonistas.
El texto Eduardo Vernazza: un lápiz en la oscuridad, firmado por Dennis Doty e Hilia Moreira, describe una escena que acompañó durante años las funciones montevideanas. Vernazza dibujaba desde la primera fila mientras su esposa, la bailarina y creadora Daisy Massioti, iluminaba su mano con una pequeña linterna. La imagen permite comprender el carácter de aquel trabajo: observar y dibujar al mismo tiempo, siguiendo una acción que no se detenía para facilitar el registro.
Su formación fue principalmente autodidacta, aunque recibió orientación de Marcelino Buscasso en dibujo, estudió escultura con Severino Pose en el Círculo de Bellas Artes y frecuentó el taller de José Luis Zorrilla de San Martín. A los veinte años comenzó a trabajar en El Día, donde desarrolló tareas de ilustración, crónica y crítica. Esa convivencia entre el oficio periodístico y la creación artística atravesó su trayectoria.
En una entrevista publicada por el suplemento dominical del diario en enero de 1988, Vernazza explicó que el dibujo había sido la base de su acercamiento a la pintura. Recordó también sus trabajos de grabado en madera y linóleo, y las libretas que llevaba consigo para recoger escenas del puerto, la Ciudad Vieja y los cafés. El teatro compartía aquellas páginas con ferias, pescadores, obreros y figuras callejeras. Sus temas surgían de una observación sostenida del entorno.
La misma entrevista revela otra dimensión de su labor: el espacio que procuró dar a la actividad artística del interior del país. Al hablar de sus notas sobre exposiciones y salones, recordó que buscaba atender una producción que encontraba poco lugar en la prensa. Su trabajo periodístico incluía, por tanto, una decisión sobre qué mirar y qué acercar a los lectores.
El ballet fue uno de sus asuntos predilectos. Entre los artistas que entrevistó, dibujó o pintó aparecen China Zorrilla, Estela Medina, Dahd Sfeir, Vittorio Gassman y Rudolf Nureyév. En ese encuentro entre la escena y el papel, el dibujo permitía conservar una postura o una expresión y ofrecer una lectura personal de lo observado.
Su búsqueda también dio lugar a los Ritmos, trabajos en los que exploró el movimiento mediante líneas, formas y relaciones de color. Doty y Moreira sitúan el comienzo de esa investigación en torno a 1970 y señalan una exposición en el Subte Municipal en 1975. La experiencia de mirar cuerpos en acción alimentaba así una exploración plástica que podía alejarse de la descripción inmediata del espectáculo.
Las obras conservadas en el Museo Nacional de Artes Visuales permiten recorrer la amplitud de sus intereses. Cuadrilla de obreros, de 1940, está realizada en lápiz; Refugiados, de 1942, en tinta sobre papel; y Danza moderna, de 1977, en óleo sobre tela. Los títulos y las técnicas muestran distintos momentos de una producción que reunió el trabajo, la experiencia humana y las artes escénicas.
Vernazza murió el 26 de mayo de 1991, a los ochenta años. A 116 años de su nacimiento, sus dibujos invitan a pensar en el valor cultural de los registros hechos desde una mirada personal. Una crónica, un apunte o una ilustración pueden conservar algo de aquello que ocurrió frente a un público y terminó al apagarse las luces. En su obra, esa atención al instante sigue ofreciendo un camino para acercarse a la memoria del escenario uruguayo.


