Merenguitos, mañas y un afán de superación insuperable

Gabriela Beatriz Rossi Arreiz, de 52 años, es de Juan Antonio Rossi Tafuri y de Mercedes Arreiz Chavez. “Hija única. Mis amigos dicen que soy la típica hija única, insoportable y consentida”, dice riendo.

Por Anabela Prieto Zarza

Comparte la vida desde hace 27 años con Gerardo García Pistón. Es la orgullosa mamá de Alejandro y Mauro Ortega. “Tengo un nieto de 3 años, hijo de Alejandro, se llama Juan Ignacio, vive en La Paloma y que cada vez que podemos lo traemos”. Mauro está en pareja con Valentina, una hermosa persona que quiero mucho.

“Alejandro, el mayor, estudió en los Talleres de Don Bosco. Para poder apoyarlo en sus estudios, tuve la ayuda de mi tía, porque en aquella época no podía. Actualmente trabaja en una imprenta industrial en Montevideo. Cuando le tocó irse a estudiar a Mauro, yo estaba un poco mejor económicamente y pude acompañarlo más. Es escribano y es socio en una inmobiliaria”. Es feliz por los logros de sus hijos, pero sobre todo porque son buenas personas.

Su familia la integra alguien muy especial para todos los suyos, Analía Rodríguez. “Llegó a la casa de mi abuela, se terminó de criar allí y nos hicimos amigas y casi familia, cuando ya éramos grandes”.

Gabriela es una mujer franca, alegre, simpática, pero sobre todo emprendedora, se considera una mujer perseverante para el trabajo, no muy segura de sí misma, pero constante, a la que siempre la vida le dio más de lo que ella esperaba.

Cuando habla de Gerardo reconoce en él, sobre todo, su forma de ser con ella. “Me respeta, me quiere, es un muy buen compañero que tiene un excelente vínculo con mi familia. Siempre me apoyó, me impulsó y ayudó. Con él todo era… un ‘vamos a hacer’”.

También habla con inmenso amor de su madre quien, hasta el día de hoy, ha sido su apoyo incondicional. También menciona a Elena, su tía, que para ella también es como una madre y quien siempre ha estado a su lado. Al hablar de su madre y de su tía, comenta que la identifican tanto con ellas que la gente cree que es la menor de las Arreiz. “Mi padre falleció cuando yo tenía 7 años. Hasta el día de hoy tengo que explicar que mi apellido es Rossi, que yo tengo padre”. No le molesta, pero le gusta hacer esa precisión cuando se refiere a sus apellidos.

De niña fue a la Escuela 6, posteriormente concurre a UTU, hace Ciclo Básico y cuatro años de Administración. Se casa muy jovencita con el papá de sus hijos.

Sus primeras experiencias laborales fueron vendiendo quiniela y trabajando en el Molino. Posteriormente trabajó mucho tiempo en atención al público en un reconocido supermercado del medio.

“El supermercado fue una escuela donde aprendí mucho y de todo”. También le enseñó que tenía que buscar otros horizontes. “Un día decidí irme. Y me fui. Un cliente diario de la Rotisería, Simón Socolsky, fue por casa a pedirme que le cocinara. Le dije que no porque tenía sólo una cocina de dos hornallas con la cual no podía asumir ese compromiso”.

“Mi madre y mi tía me preguntaron por qué no había aceptado. Les expliqué el motivo. Al otro día tenía una cocina de cuatro hornallas en mi casa. Empecé haciendo tortillas, milanesas, pascualinas. El boca a boca funcionó y nació ‘Lo de Gabriela’.”

“Al comienzo los clientes iban a mi casa a buscar la comida. Trabajábamos todos, hasta los domingos. La abuela, con 80 años, atendía los pedidos telefónicos. Mi mamá me ayudaba los domingos a hacer tallarines caseros. Mi hijo grande, los fines de semana, venía de Montevideo, de los Talleres Don Bosco, y repartía. Mauro y Gerardo iban a Goñi a vender harina y además teníamos un almacencito en casa”.

El esposo trabajaba en el taller del conocido Pepe Giordano. Terminaba su jornada laboral y se ponía a trabajar con Gabriela. Entre los dos, tomando mates, se pelaban una bolsa de papas. “Siempre me ayudó, hasta ahora. Si llega de trabajar, que ahora lo hace en forma independiente, y hay mucho trabajo, me ayuda a hacer lo que haya que hacer”.

Hay cosas que no han cambiado mucho, y es la unión familiar en torno a la Cocina de Gabriela. En las fiestas tradicionales, los pedidos aumentan y todos vuelven a encontrarse para cumplirlos. “los fines de año vienen mis hijos para trabajar con nosotros, mamá, Gerardo, unas sobrinas, cuñado, además de la gente que tenemos que tomar porque no damos abasto”.

La unión familiar se pone de manifiesto siempre y todo el año. Tienen una costumbre muy arraigada que respetan a rajatabla. Una vez al mes la familia de Gabriela, la de Gerardo y la de Analía se reúnen un sábado o un domingo en torno a una mesa, el almuerzo varía y pero el juntarse no y la condición para elegir la fecha es que puedan estar todos.

Gabriela, como dije antes, es alegre y extrovertida. De esas personas a las que no les cuesta hablar, que se manifiestan con naturalidad. Le pregunto cómo llega a tener las instalaciones que tiene hoy. Y la historia comienza bastante tiempo atrás y la cuenta así:

“Mi abuelo para mí era lo más grande. Yo era muy mimosa de mi abuelo. Trabajaba en lo de Bazzi y todos los domingos pasaba a visitarlo. Me esperaba con una bolsa de merenguitos de la Panadería Pablete. Una vez no pude ir porque estaba enferma, el abuelo me mandó una caja grande llena de merengues, para que veas por qué lo de mañosa”.

Y después de la anécdota, sigue:

“Donde vivíamos, habíamos sufrido la creciente del 2007. Cuando nos llega la del 2010, dije: ‘yo no vuelvo más’. Y con la casa actual en obras, nos quedamos y al final pudimos concretar nuestro proyecto”.

Durante muchos años se dedicó a hacer viandas. Los clientes llegaban por el tradicional boca a boca. Nunca hizo publicidad ni nada. Comenzó a agregar las tartas a sus elaboraciones.

Sus hijos terminaron sus estudios, se independizaron, encauzaron su vida y siente que es el tiempo de aflojar un poco. Pero no le resultó muy fácil empezar a parar. Había trabajadoras que dependían de ella y, por ende, sus familias. Así que el “parate” fue llegando despacito, a medida que sus colaboradoras lograban insertarse en otros ámbitos laborales.

Hoy se toma las cosas con más calma. Tiene solo una empleada que está con ella desde hace 16 años. Las viandas quedaron atrás. Se dedica solo a las tartas y es por lo que muchos la conocemos.

Actualmente trabaja de lunes a sábados, se toma tiempo por las tardes y está disfrutando de otra etapa de su vida.

En esos espacios que toma para ella, se dedica a viajar. Con Gerardo viajan bastante, también lo hacen con amigos y vecinos, con los cuales semanalmente se reúnen a compartir un rato y una picada. Preferentemente eligen destinos de playa. Siempre se trata de conocer lugares y culturas.

Sobre sí misma termina diciendo: “La vida me ha sorprendido tanto, con tantas cosas lindas, que lo que espero es que me siga sorprendiendo. Mi sueño era conocer un nieto y ya se me cumplió. Espero poder seguir disfrutándolo y conocer algunos más”.

Está convencida de que “no es necesario tener tanto para vivir. Hay que vivir tranquilo, no darle tanta importancia a las cosas que parecen grandes y no lo son. Lo principal es la salud de nuestra familia, de los que nos rodean. Yo estoy bien, si mi familia —mi madre, mi tía, mis hijos, mi compañero— está bien, yo soy feliz”.

 

 

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