El precio invisible de lo gratuito

En la columna de hoy de Tecnología Cotidiana hablaremos de lo que puede haber detrás de una aplicación que no cobra dinero. Recorreremos cómo se financian estos servicios, qué información dejamos al utilizarlos y por qué nuestra ubicación, nuestros hábitos y nuestro tiempo pueden tener valor comercial. También veremos qué diferencia existe entre vender datos y utilizarlos para dirigir publicidad, por qué no todas las propuestas gratuitas funcionan igual y qué podemos revisar para elegir con mayor conocimiento.

Un día sin pasar por caja

Antes de salir de casa consultamos el tiempo. En el camino, un mapa nos ayuda a encontrar una dirección. Más tarde buscamos una receta, compartimos una fotografía y miramos un video que alguien nos envió. Cada servicio resuelve una necesidad, entretiene o acerca a otras personas. Por muchas de esas acciones no recibimos una factura.

La gratuidad tiene un valor concreto: permite acceder a herramientas, información y espacios de comunicación que, si exigieran una suscripción, quedarían fuera del alcance de mucha gente. Pero sostener esos servicios requiere infraestructura, trabajadores y dinero. Alguien financia lo que aparece en la pantalla.

La pregunta empieza allí: ¿cómo se sostiene una aplicación cuando quien la utiliza no paga? La respuesta ayuda a entender qué lugar ocupamos dentro del negocio y qué condiciones acompañan esa comodidad.

Lo que contamos y lo que dejamos registrado

Cuando abrimos una cuenta, reconocemos algunos datos que entregamos: un nombre, una dirección de correo electrónico, quizás una fecha de nacimiento. Son casilleros visibles. Los completamos y sabemos que esa información quedó del otro lado.

Hay otros registros menos evidentes. Según el servicio y su configuración, pueden guardarse búsquedas, reproducciones, interacciones con anuncios o información sobre el dispositivo y la conexión. La política de privacidad de Google, por ejemplo, describe distintas categorías de actividad que puede recopilar y aclara que su tratamiento depende del uso y de los controles elegidos.

Esa actividad también permite hacer inferencias: estimaciones acerca de lo que podría interesarnos. No hace falta escribir “me gusta la fotografía” para que nuestras búsquedas de cámaras y las páginas que visitamos sugieran ese interés.

Una inferencia no es una certeza ni un retrato completo de una persona. Sin embargo, puede influir en los contenidos y anuncios que recibe. Por eso, al pensar en privacidad, conviene mirar más allá de los datos que escribimos al registrarnos: también importa lo que el servicio puede deducir de nuestro paso por él.

El negocio no siempre consiste en vender una lista

Decir que todas las aplicaciones gratuitas “venden nuestros datos” resulta sencillo, pero mezcla prácticas diferentes.

En la publicidad dirigida, una empresa puede cobrar por mostrar anuncios a determinados públicos sin entregar al anunciante una lista con sus nombres. El valor comercial está en la posibilidad de seleccionar a quién llegar: personas de cierta zona o con intereses relacionados con un producto, por ejemplo.

Google afirma que no vende información personal a los anunciantes y explica que utiliza determinadas actividades para personalizar publicidad, de acuerdo con la configuración del usuario. También señala que no utiliza el contenido de Gmail, Drive o Google Fotos para ese propósito. Es importante distinguir lo que la empresa declara de una evaluación independiente sobre todas sus prácticas.

Que no exista una venta directa de nombres no significa que los datos carezcan de valor económico. Pueden servir para organizar audiencias, elegir anuncios y medir resultados.

Las preocupaciones sobre este modelo tienen antecedentes documentados. En septiembre de 2024, un informe de la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos, elaborado a partir de información solicitada a nueve compañías, cuestionó prácticas de recopilación, conservación y uso de datos en grandes servicios sociales y de video. El organismo señaló que, en muchas de las empresas examinadas, los incentivos de la publicidad dirigida entraban en tensión con la privacidad.

Ese diagnóstico corresponde a las compañías y prácticas estudiadas. No convierte a cualquier aplicación gratuita en un caso idéntico.

La ubicación y una agenda que también habla de otros

Algunos permisos tienen una utilidad evidente. Un mapa necesita conocer dónde estamos para guiarnos desde ese punto. La cuestión es cuánto acceso requiere para cumplir esa función y durante cuánto tiempo.

Permitir la ubicación mientras usamos una aplicación es diferente de habilitarla también en segundo plano. Cuando el dispositivo ofrece esas alternativas, vale la pena revisar cuál responde a la necesidad concreta.

Además, restringir el acceso a la ubicación precisa no elimina todas las formas de estimar dónde estamos. La dirección IP de una conexión, por ejemplo, puede aportar una zona aproximada. Los controles son útiles, pero conviene comprender su alcance.

Con los contactos aparece otra dimensión: la agenda contiene información de familiares, compañeros y clientes. Autorizar su acceso involucra datos de otras personas.

Eso no significa que cualquier aplicación copie automáticamente toda la agenda ni que todas la utilicen del mismo modo. Significa que corresponde preguntar para qué necesita acceder a ella, qué hará con esa información y si podemos usar el servicio sin conceder ese permiso.

El tiempo también entra en la cuenta

Abrimos una aplicación para ver algo puntual y, cuando levantamos la vista, pasó más tiempo del previsto. Una recomendación llevó a otra; después llegó una notificación o comenzó el siguiente video.

En los servicios financiados con publicidad, una mayor permanencia puede ampliar las oportunidades de mostrar anuncios. Nuestra atención forma parte de ese funcionamiento económico, aunque no tenga un precio que podamos consultar en una pantalla.

Las recomendaciones, sin embargo, no obedecen todas a una única señal. YouTube explica que considera el historial, las búsquedas, las suscripciones, las valoraciones y otras respuestas del usuario. También menciona encuestas de satisfacción para no concentrarse solamente en el tiempo de visualización.

La personalización puede ayudarnos a descubrir una película, un músico o una explicación valiosa. La pregunta cotidiana es si seguimos usando el servicio para lo que queríamos hacer o si continuamos porque siempre aparece algo más.

Revisar notificaciones y reproducción automática, cuando esas opciones están disponibles, permite intervenir sobre ese ritmo. No hace falta renunciar al entretenimiento para decidir cuándo queremos detenernos.

No todas las gratuidades son iguales

Una versión básica puede financiarse con quienes contratan funciones adicionales. Otros proyectos reciben aportes institucionales o donaciones. También hay servicios que combinan varias fuentes de ingresos.

Signal ofrece un ejemplo concreto: su organización explica que se sostiene con subvenciones y donaciones y que su aplicación de mensajería no incluye publicidad ni seguimiento de la actividad con ese fin.

Por eso, el eslogan “si es gratis, el producto sos vos” queda corto. Puede señalar un problema real de ciertos modelos comerciales, pero no describe a todos.

Tampoco pagar una suscripción garantiza, por sí solo, que un servicio deje de recopilar información. El precio y las prácticas de privacidad son aspectos distintos que conviene examinar por separado.

Elegir con algo más que el precio

No necesitamos convertirnos en especialistas para comenzar a revisar esta relación. Podemos elegir una aplicación que usemos mucho y hacernos preguntas concretas: quién la sostiene, qué permisos tiene, cuáles necesita y qué controles ofrece sobre nuestra actividad.

En el teléfono, revisar el acceso a contactos, cámara, micrófono y ubicación permite detectar autorizaciones que ya no tienen sentido. Dentro de cada servicio, conviene distinguir los ajustes de publicidad de los controles del historial: desactivar anuncios personalizados no equivale necesariamente a detener toda recopilación de datos.

También podemos mirar el tiempo que dedicamos a una aplicación y decidir qué avisos merecen interrumpirnos. Son decisiones pequeñas, pero ayudan a que el uso responda mejor a nuestras necesidades.

La responsabilidad, de todos modos, no puede descansar únicamente en quien sostiene el celular. Las empresas deben explicar con claridad qué recopilan, para qué lo utilizan y cómo se puede limitar. Una elección difícil de comprender deja al usuario en desventaja.

Lo gratuito puede ser útil, valioso e incluso indispensable. Conocer cómo se financia permite apreciarlo con más elementos y reconocer cuándo las condiciones resultan excesivas.

Antes de instalar otra aplicación, junto a “¿cuánto cuesta?”, vale la pena agregar una pregunta: “¿Qué me pide a cambio?”.

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