Sueños que no aceptan un no: los de Mariángel Victoria

Mariángel González Victoria, cuyo nombre artístico es Mariángel Victoria, en referencia al apellido de su mamá, es hija de Rodolfo, un herrero muy conocido en Durazno y “muy buen herrero”, según Mariángel, y de María de los Ángeles, también una muy conocida y querida profesora de Química y de acordeón a piano. Tiene un hermano mayor, Jair: “mi gran referente y protector desde que éramos niños”.

Por Anabela Prieto Zarza

Se define como una persona que, desde muy temprana edad, siempre supo lo que quería para su vida, cuál sería su destino y que siempre ha luchado por ir detrás de sus sueños. Y, obviamente, su historia de vida lo confirma. Lo hace con naturalidad, sencillez y con un acento italiano que maneja con total naturalidad.

Concurre al Colegio y Liceo San Luis de los Hermanos Maristas, luego al Liceo Rubino y termina sus estudios secundarios en el Liceo Santa María, en Montevideo, también de los Hermanos Maristas, a instancias de su mamá, quien entendía que ese despegue de Durazno contribuiría a su maduración.

De niña estudia órgano con Estela Muniz y es feliz cuando se cumple el sueño de cantar en el coro del liceo, con el profesor Tarigo, en el que era la más chiquita.

Radicada en Montevideo, estudia en la Escuela Municipal de Música, donde cantaba en un coro de excelente nivel, e ingresa en la Escuela Nacional de Arte Lírico. Había iniciado sus estudios en Durazno, en el Conservatorio, con Laura Méndez, “maestra que me abrió al mundo”. “Hice la prueba de admisión, quedé y estudié Arte Lírico con la soprano Rita Contino”.

Tuvo diferentes ofertas de becas de estudio en el exterior, entre ellas en Estados Unidos. Uno de los mejores cantantes líricos de Uruguay, Darío Solari, le recomienda Italia, la cuna del arte lírico, donde además aprendería de una cultura que mucho tiene que ver con la nuestra.

Su madre le preguntó si realmente quería ir y Mariángel dijo que sí: “Me voy dos años y, si no se me abren puertas, me vuelvo”.

Así se fue, con el apoyo de la familia y de toda la comunidad duraznense, que colaboró con su madre, quien, para que cumpliera sus sueños, hizo pro bonos colaboración. Se fue con el pasaje de ida y vuelta y 700 euros que creía que era mucho dinero. Al mes no tenía un peso.

Las puertas no se abrieron de inmediato, pero iría tras su sueño sin dudas.

Comienza a trabajar cuidando niños y limpiando casas. “El objetivo era muy claro para mí, hacía lo que tenía que hacer, porque tenía muy claro lo que quería”.

Va a una academia como oyente porque se habían cerrado las inscripciones y conoce a una maestra, una de las mejores sopranos de la historia de la ópera búlgara, Raina Kabaivanska. Le pide si la puede escuchar y la maestra le dice que no. Mariángel siguió yendo todos los días a las 5 de la mañana.

Un día pierde el ómnibus, llega tarde, tiene que golpear para entrar y la maestra le dice: “¿Hoy qué me vas a cantar?”.

Mientras Mariángel cantaba, la maestra cerraba los ojos y movía la cabeza. “Yo decía: ‘Estoy haciendo muy bien o muy mal’. Terminé y me dijo: ‘Tienes muy linda voz, pero tienes que estudiar mucho más aún. Te ofrezco hacerlo en el Conservatorio de Modena, con nosotros’”.

Nosotros eran Raina, Mirella Freni y Luciano Pavarotti, nada más y nada menos.

“No fue tan fácil, porque esa academia costaba mucho dinero y yo no tenía”.

Si piensan que eso fue un obstáculo para Mariángel, están equivocados. Esta joven hizo lo necesario para seguir.

Raina le había dicho que llamara para coordinar una audición, pero nunca se concretaba, se le daba largas al asunto. Un día llama y dice: “Conseguí el dinero”, lo cual no era cierto.

“Me contesta para decirme que hacíamos la audición, pero yo tenía que decirle que no tenía el dinero, que la persona que me iba a ayudar había cambiado de opinión. La señora me pregunta si tenía para el tren, le dije que sí y coordiné la audición”.

En realidad, Mariángel no tenía para el tren, pero eso no la iba a detener. Unos amigos le decían que estaba loca, pero llevó adelante su idea. Se fue a una plaza en Florencia que tenía unas arcadas que favorecían la acústica y puso una latita en el piso para recoger monedas.

“Cerré los ojos y me puse a cantar. La gente pasaba y me ponía moneditas. Abrí los ojos porque no podía creer: había cantado 40 minutos y me hice 80 euros. Con eso me fui, me tomé el tren e hice la audición. Le conté la verdad a la maestra, le conté mi historia y ella me agradeció, porque le hice acordar a su propia historia”.

Comienza a estudiar con ella. Como le faltaban materias que no había hecho en Uruguay, tiene que rendirlas. En un año hizo 11 exámenes.

“La maestra me dio una beca de estudios. Me encontré un trabajito para tener mi independencia”.

Entonces todo empieza a fluir: “Mi casita con otra gente, estaba bien, me dedicaba a estudiar todo, hasta que, en un momento, la cosa cambió. Nunca conocí a Pavarotti, estaba enfermo. Tenía un buen amigo que iba a la casa de Pavarotti y me decía que era muy generoso. Mi maestra me quería llevar a estudiar con Pavarotti para que me escuchara.

Esta maestra, que había sido tan generosa conmigo, empezó a dudar de mí, de mi voz, de mi capacidad como música. Me dijo que, siendo negra, nunca iba a poder cantar, que no iba a poder hacer una carrera.

Me paré frente a ella y le dije: ‘Míreme a los ojos y dígame si realmente usted piensa esto que me está diciendo’. Me contestó que no me pusiera nerviosa y le respondí: ‘Me pongo, sí. Se trata de mi vida. Para estudiar con usted dejé de lado otras opciones’”.

Mariángel había recibido ofertas de becas de estudio de Estados Unidos y España.

Sigue diciendo: “Maestra, con todo respeto, hay muchas cantantes afroamericanas que han hecho carreras mucho más importantes que la suya”, y le nombré un montón. “Seguí diciéndole: no puede ser que usted piense que porque soy negra no voy a poder cantar”.

Este diálogo con su maestra me sorprendió muchísimo, por el contenido, por la valentía de Mariángel, pero más me sorprendió lo que dijo a continuación, porque habla de nosotros, de todos nosotros, de nuestra gente, de nuestros valores:

“Eso en Uruguay nunca lo viví, nunca me sentí discriminada. Tal vez porque siempre estuve en ambientes muy cuidados, muy sanos. En el San Luis era como estar en casa, en el Rubino mi madre era una referente y en Durazno mi familia era re conocida. Todo cambió cuando llegué acá”.

Y continúa su relato, que transcribo textual:

“Me fui, con mucha tristeza, con la autoestima por el piso y sentí que tenía que luchar aún más. Yo creía en lo que era y en lo que quería que fuera. Volví a Florencia, a estudiar con una maestra alemana, Yvonne Schnitzer, que me habitó en su casa durante un año y medio; le pagaba, por supuesto. Estudiaba todos los días, porque la voz es emoción y yo tenía mucha tristeza.

Un día la maestra me dijo: ‘Estás pronta, podés hacer concursos, audiciones’. Empecé a participar, pero no iba a divertirme, iba a ganar, porque con ese dinero vivía algunos meses, me permitía conocer gente, vincularme.

La maestra búlgara, Raina, se enteró de que me estaba yendo bien y me llamó para que volviera y, esta vez, fui yo la que dije que no”.

Las puertas empezaron a abrirse para Mariángel y surgieron nuevas oportunidades. Hoy vive de la música. Hasta hace unos meses trabajaba con adolescentes y coordinaba, a contraturno, una escuela para chicos con dificultades de todo tipo, económicas y emocionales, donde aprendió mucho y “siempre voy a estar agradecida”, pero ahora se dedica 100 por ciento a la música.

Estudió dirección de coros en Génova y trabaja en Roma, Milán y Verona como preparadora vocal en diferentes coros. Actualmente colabora con el pianista, director de coro y compositor Leonardo Ian Vergari en diversos proyectos, también como preparadora vocal.

Se considera agradecida de la vida y agradecida a Dios, que en los momentos más difíciles que ha vivido nunca la ha abandonado.

No tiene mucho tiempo libre y, cuando lo tiene, estudia. Le gusta mucho leer, estar con mucha gente, pero también disfruta estar en silencio. La vida del cantante es muy solitaria, pero ella siempre está con mucha gente, por los coros y los viajes. Roma, Milán, Génova y Verona son su rutina casi semanal.

Tiene muchos sueños por cumplir. Uno de ellos es crear una Escuela de Música para niños, jóvenes y adolescentes con dificultades económicas o de algún otro tipo, para que puedan tener un espacio donde se sientan protegidos, donde se sientan parte y no sean un número; que sepan que son una persona importante y que cuentan para otros.

Refiere a Durazno así:

“Es tanto para mí, desde siempre es casa. Lo extraño, tiene algo diferente de otros lugares que conozco. Están mis raíces, siempre lo recuerdo con mucho afecto y cariño y tengo mi familia y mis amigos de la infancia, que aún conservo”.

Cree que nunca debemos darle la posibilidad a otras personas de decirnos que no podemos con algo, que no vamos a llegar o que nuestro sueño no vale la pena.

“Hay que ser muy fuerte, pero sin perder la dulzura, la espontaneidad, la gentileza. Tratar, desde nuestro pequeño lugar, de ser personas nobles. No es fácil en estos tiempos que corren. Debemos dar lo mejor de uno, marcar la diferencia, no para competir con los demás, sino para ser, cada uno, un poco mejores siempre”.

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