Silvana Beatriz Lavega Martínez, de 46 años, es hija de Ricardo y Margot. Su papá, alias Tabardillo, era un conocido cantinero que hacía servicios de fiestas y un gran jugador de bochas, además de ser muy sociable. Su mamá, comerciante de toda la vida, ahora está jubilada.
Por Anabela Prieto Zarza
Tiene dos hermanas mayores, Daniela e Iliana. Su esposo, Gonzalo Romero, es licenciado en Enfermería. Desde los 16 años caminan juntos y hace 18 que están casados. Han conformado una hermosa familia junto a sus dos hijos, Valentín, de 16 años, y Celestina, de 12, ambos estudiantes de educación secundaria.
Silvana se sabe una buena persona, transparente, a quien le cuesta disimular cuando algo no le gusta. Es positiva y siempre mide las cosas antes de hablar, máxime si sabe que va a doler. Aunque con ella misma no se contempla tanto. Sabe que los desafíos que ha asumido a lo largo de su vida los ha cumplido con creces. Se refiere especialmente al emprendimiento de Calas y a las actividades vinculadas al deporte. Agrega: “Hacer 200 km en bici no es a fuerza de físico, sino a fuerza de vencer la cabeza, igual que las carreras de aventuras”.
De niña concurre a la Escuela Nº 85, que quedaba frente a su casa, y luego al Liceo Nº 2. Pertenece a la generación que inauguró ese liceo. En el Rubino hizo 5º y 6º. Toca partir a la capital para continuar con sus estudios terciarios. Se recibe de laboratorista en odontología.
Se radica en Montevideo y permanece en la capital durante 10 años, trabajando en diferentes actividades mientras estudiaba. Ya con la carrera más avanzada, comienza a trabajar en laboratorios dentales y como asistente dental. Mientras tanto, va instalando su propio laboratorio.
La vida transcurre, se casa y queda embarazada. Gonzalo trabajaba en horario nocturno y sienten que ella va a quedar sola con un bebé durante las noches, en una ciudad grande y sin familia directa que oficie de contención.
Piensan en Durazno como opción para radicarse, una ciudad más tranquila, donde podrían estar más cerca de la familia.
Gonzalo ingresa rápidamente a trabajar, primero en CAMEDUR, y logra que le den el traslado de ASSE a Durazno.
Silvana ya tenía clientes odontólogos en Durazno. Venirse significaba estar más cerca de ellos, pero también dejar a todos los que tenía en Montevideo. Sin embargo, fue una decisión familiar.
Después de que nace Valentín, que fue prematuro, todo se fue normalizando. Comienza a incrementar su cartera de clientes, con quienes ha trabajado en forma espectacular hasta el día de la fecha. En un principio tuvo su laboratorio en un local en el centro. Actualmente lo ha instalado en su propio domicilio, lo que le da cierta flexibilidad y comodidad a la hora de trabajar.
Volver a Durazno, para el matrimonio, fue una decisión difícil. Al principio extrañaban Montevideo, los amigos y las actividades que ofrecía la capital, pero, sobre todo, Silvana extrañaba a sus amigas: “Las de liceo se fueron y no volvieron a Durazno y las de facultad eran todas de allá”.
Surge la compra de una vivienda en el barrio Las Violetas. Se mudan allí, pero cuando los niños comienzan la escuela, los viajes, el trabajo y las actividades extracurriculares, los traslados al centro convierten la vida de la familia en un caos. Sin miedo a los cambios y haciendo lo que entendieron que facilitaría las cosas para todos, alquilan en el centro de la ciudad. No logran adaptarse a estar en el centro de todo y, después de tres años, vuelven a Las Violetas, un lugar donde les encanta vivir.
El trabajo como laboratorista le encanta. Es su profesión y la disfruta desde hace 20 años. Igualmente, reconoce que es una actividad que se realiza muy en solitario, con cierta monotonía, y que, al no estar en contacto con otras personas, se vuelve un poco fría.
Inquieta, siente la necesidad de hacer otra cosa. Es así que nace Calas, un E.L.E.P.E.M. Establecimiento de Larga Estadía para Personas Mayores, que surge a iniciativa de una clienta con experiencia en el rubro.
Comienza a investigar, se interioriza de la actividad y se enamora del proyecto, tanto que decide ejecutarlo sola y se instala en Herrera 948, esquina Baltasar Brum de la ciudad de Durazno.
“Esta actividad no implica solo lo empresarial, porque te encariñás con los abuelos, no son números, son personas con las que te involucrás, establecés vínculos, lazos afectivos, se da y se recibe afecto. Es un trabajo, pero lo más valioso es que es una forma de ayudar. Das y recibís cariño. Te sentís querida, necesitada. Calas es un hogar, las puertas están abiertas para la familia, pueden venir a cualquier hora. Con las familias se comparte un té, un mate. Se trabaja junto con la familia, tanto yo como directora general como las cuidadoras. La familia del abuelo tiene que estar conectada, por eso tenemos un cupo limitado de ocho o diez residentes, para que estén siempre bien atendidos, priorizando el hecho de mantener sus rutinas en cosas cotidianas, como su hora de baño, de desayuno, merienda o cena. Cada uno va a su ritmo. La comida es casera y tratamos de hacerles comida saludable, pero también lo que les guste. No se trabaja en bloque, no se bañan todos en el mismo horario, sino cuando ellos acostumbran. Eso implica más trabajo, más personal, pero la idea es que se sientan como en su hogar”.
Jamás hubiera pensado llevar adelante un emprendimiento como Calas. Desconocía totalmente el tema. Se siente realizada con este proyecto: “Me encanta ir a Calas, voy a cada rato, a chequear que esté todo bien, a controlar a los colaboradores y a estar, porque me gusta, verificar si recibieron visitas, si no recibieron visitas. Hubo un tiempo que mis hijos me decían: ‘Vos te vas a terminar yendo a vivir ahí’”.
Sabe que esa presencia permanente tiene que ver con su forma de ser: “Soy de poco delegar, tengo que trabajar en ello, pero la supervisión me da tranquilidad”.
Trata de hacerse tiempo todos los días para sí misma, para hacer bicicleta. Es una actividad que le apasiona. Ya se inscribió para el Triatlón de La Paz, en la ciudad de Entre Ríos; es la segunda vez que participa.
Corre carreras de aventura: bici, remo, mountain bike y orientación. “Te dan un mapa y es como la búsqueda del tesoro, tenés que encontrar puntos y sacar fotos para demostrar que estás allí”.
La bici es lo que más le gusta. Es terapéutica: sale en bicicleta y vuelve reseteada. El sábado 12 de septiembre participó del Desafío Gasolero, 200 km en bicicleta. Se lamenta porque logró hacer 185. El recorrido incluía Feliciano, Los Tapes, ruta 4, de ahí a Carlos Reyles, ruta 100, luego a Ombúes, se seguía para Las Tunas, San Borjas y Durazno. En Ombúes decide volver directamente a Durazno; el frío y el viento dificultaron la etapa. Prefirió regresar en bicicleta y no en la camioneta de rescate. Salió de Calas y volvió a Calas, por cábala.
Toda la familia está involucrada en actividades deportivas: sus hijos corren triatlón y su esposo participa en carreras de aventura. De hecho, ese mismo sábado todos estaban en distintas actividades, en diferentes lugares. “Lo mamaron desde chiquitos”.
Silvana comenzó a hacer deporte a los 32 años. Tenía una vida sedentaria, pero empezó. Eso contribuyó a que los niños lo vieran como algo natural. Celestina primero y Valentín después participaron de la Escuelita de Triatlón.
“El deporte es fundamental, física como mentalmente, hace mucho bien, liberás mucha dopamina, socializás”. Silvana encontró allí lo que extrañaba de Montevideo: un grupo de amigos al cual pertenecer y con quienes vincularse.
Cree en Dios, en algo superior. “Los que se van siguen siendo nuestra guía, se va el cuerpo, ellos están ahí, siempre hay alguna señal”.
Todos los años, Silvana y Gonzalo planifican un viaje. Les gusta mucho viajar y sueña con seguir haciéndolo. Pero su aspiración mayor es que “mis hijos vuelen, que sean felices, que se preparen para ser lo que quieran ser”.
Considera importante tener claro lo siguiente:
¡Hay que vivir y dejar vivir! ¡Vivir y disfrutar el día a día!


