Graciela Iturbide, una mirada que se resiste a explicarlo todo

En esta columna de hoy, La memoria en imágenes recorre la vida de Graciela Iturbide, una mujer que quiso ser escritora y encontró en la fotografía una forma de conocer el mundo y construir su independencia. Desde su formación junto a Manuel Álvarez Bravo hasta sus encuentros con el pueblo seri y las mujeres de Juchitán, nos acercaremos a las experiencias que dieron origen a sus imágenes. Sus viajes, los libros, los afectos, el trabajo sobre Frida Kahlo y los grandes reconocimientos internacionales completan un recorrido para conocer a la persona detrás de una obra que sigue creciendo.

Graciela Iturbide quiso ser escritora antes de imaginar una vida dedicada a la fotografía. Le interesaban las palabras, las historias y la posibilidad de estudiar, pero creció en un ambiente donde el futuro de una mujer estaba condicionado por las expectativas familiares. El camino hacia la cámara comenzó también con esa necesidad: encontrar un espacio propio desde el cual conocer el mundo.

Nació el 16 de mayo de 1942 en Ciudad de México. Fue la mayor de trece hermanos y recibió una educación religiosa. En el internado donde estudió encontró una biblioteca que la acercó a los autores del Siglo de Oro español. La lectura le ofrecía una intimidad que, años después, seguiría acompañándola durante sus viajes y su trabajo.

Su padre era aficionado a la fotografía y le regaló una cámara cuando era niña. Sin embargo, aquella experiencia no definió de inmediato su vocación. En 1962 se casó con el arquitecto Manuel Rocha Díaz y tuvo tres hijos: Mauricio, Manuel y Claudia. El deseo de estudiar y desarrollar una actividad creativa permanecía abierto.

El cine y un maestro que le enseñó a mirar

En 1969 ingresó al Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la Universidad Nacional Autónoma de México. El cine reunía varias de sus inquietudes: la escritura, la construcción de una historia y el trabajo con imágenes. Participó en experiencias cinematográficas de aquellos años; en Crates, de 1970, quedó acreditada como asistente de dirección.

En ese ámbito conoció a Manuel Álvarez Bravo. Entre 1970 y 1971 trabajó como su asistente y lo acompañó en recorridos por México. Aquel aprendizaje incluía observar los lugares, esperar y reconocer una fotografía en una situación que podía parecer corriente.

La relación con Álvarez Bravo fue también una apertura intelectual. Conversaban sobre pintura y literatura, escuchaban música y compartían una manera de prestar atención a lo que tenían delante. Iturbide ha recordado que esa cercanía modificó su forma de entender la vida.

Con el tiempo necesitó independizar su trabajo del de su maestro. Conservó la amistad, pero buscó una distancia que le permitiera desarrollar sus propias imágenes. En aquellos comienzos realizó encargos para revistas médicas, retratos y fotografías de bodas, mientras sostenía sus búsquedas personales. La construcción de una obra convivía con la necesidad de ganarse la vida.

Una pérdida y las primeras búsquedas

En 1970 murió su hija Claudia. Iturbide ha hablado de esa pérdida y de su posterior acercamiento a los funerales de niños, conocidos en distintas comunidades mexicanas como despedidas de “angelitos”. En su testimonio, fotografiar aquellas ceremonias aparece relacionado con la necesidad de atravesar su propio duelo.

Esa experiencia permite comprender una parte de su interés por la muerte, los rituales y las formas de convivir con la ausencia. También exige cuidado al mirar su trabajo: detrás de las imágenes había otras familias, otras pérdidas y una fotógrafa que intentaba entender algo de su propia vida.

Su atención abarcaba, al mismo tiempo, las calles, las fiestas y los cambios culturales de México. En 1971 fotografió el Festival de Avándaro, una gran concentración de jóvenes alrededor del rock. Ese trabajo dio lugar al libro Avándaro, con texto de Luis Carrión, publicado ese mismo año. Su bibliografía comenzaba así mucho antes de los proyectos que terminarían por hacerla reconocida internacionalmente.

Sonora: el tiempo necesario para acercarse

En 1978 recibió un encargo del Archivo Etnográfico del Instituto Nacional Indigenista y viajó al desierto de Sonora para trabajar con el pueblo seri. La acompañó el antropólogo Luis Barjau. Permanecieron allí durante semanas, compartiendo una vida cotidiana que requería aprender otros ritmos y establecer relaciones.

El trabajo se convirtió en Los que viven en la arena, publicado en 1981. Entre las imágenes vinculadas a esa experiencia se encuentra Mujer ángel, de 1979: una mujer camina por el paisaje desértico llevando una radiograbadora. La fotografía reúne, dentro de una misma escena, la vestimenta tradicional, el territorio y un objeto de consumo moderno.

Iturbide contó después que no recordaba haber tomado esa imagen hasta que la encontró al revisar sus hojas de contacto. De esa experiencia surgió una reflexión sobre su oficio: la fotografía también se descubre al volver sobre lo fotografiado. La selección, la distancia y una segunda mirada participan en la construcción de la obra.

Juchitán, una historia construida entre mujeres

En 1979, Francisco Toledo la invitó a fotografiar Juchitán, en Oaxaca. Aquel encuentro abrió un trabajo que continuaría durante buena parte de la década siguiente y que desembocó en Juchitán de las mujeres, publicado en 1989 con texto de Elena Poniatowska.

Las mujeres ocupan un lugar central en esas fotografías: aparecen en mercados, celebraciones, procesiones y espacios domésticos. Iturbide fue conociendo sus actividades y sus vínculos mientras ellas también intervenían en el recorrido, le proponían situaciones y le mostraban aspectos de la comunidad.

De allí procede Nuestra Señora de las Iguanas, realizada en 1979. La mujer retratada, Zobeida Díaz, llevaba los animales para venderlos en el mercado. La imagen adquirió una circulación que excedió ampliamente los museos y los libros: se convirtió en un símbolo reproducido en diferentes espacios y soportes.

Otra relación quedó expresada en los retratos de Magnolia, de 1986. Según contó Iturbide, fue Magnolia quien le pidió que la fotografiara y fue eligiendo cómo presentarse ante la cámara. La ropa, los gestos y el espejo formaban parte de esa participación.

“Sin complicidad no hay retrato”, explicó la fotógrafa en una conversación con La Jornada. La frase ayuda a entender una práctica sostenida en la cercanía: las personas retratadas tienen deseos, decisiones y una forma propia de mostrarse.

La confianza como forma de trabajo

Iturbide ha señalado que evita fotografiar a escondidas y que respeta a quienes no quieren aparecer en una imagen. En sus estancias prolongadas, la cámara es visible y su presencia como fotógrafa forma parte de la relación.

Ese criterio acompañó también su trabajo fuera de México. En 1986 comenzó a fotografiar a integrantes de White Fence, en el este de Los Ángeles. El acercamiento a esa comunidad de origen mexicano continuó con visitas posteriores y amistades que sobrevivieron al encargo inicial. En una entrevista publicada por Frieze en 2022 explicó que todavía mantenía contacto con algunas de las personas fotografiadas.

Los viajes ampliaron su obra hacia países como India, Madagascar, Cuba, Italia y Estados Unidos. Las escenas cambiaban, pero seguía presente el interés por los gestos, las creencias y las relaciones entre las personas y su entorno. México fue un punto de partida y una referencia persistente dentro de una trayectoria que se desarrolló en muchos otros lugares.

Los pájaros y una naturaleza cada vez más presente

Los pájaros atraviesan distintas etapas de su producción. Aparecen en el cielo, sobre los árboles y en sus autorretratos. El libro Pájaros, publicado en 2002 con textos de José Luis Rivas y Bruce Wagner, reunió esa búsqueda.

En esas fotografías, la naturaleza puede producir inquietud, extrañeza o una sensación de movimiento que desborda los límites de la imagen. Las aves también están vinculadas a su experiencia personal y a sus reflexiones sobre la vida y la muerte.

Con los años, los objetos, las plantas y los paisajes adquirieron mayor presencia. Entre 1996 y 2004 trabajó en el jardín botánico de Oaxaca, donde fotografió cactus y otras plantas sujetas, protegidas o envueltas. El libro Naturata, de 2004, con texto de Fabio Morábito, forma parte de ese recorrido.

La intervención humana continúa siendo perceptible, incluso cuando no hay personas en el encuadre: una cuerda, una envoltura o una estructura de protección permiten reconocer el cuidado y la transformación de lo natural.

Frida Kahlo a través de sus objetos

Entre 2005 y 2006, Iturbide realizó la serie El baño de Frida. El acceso a ese espacio de la Casa Azul le permitió fotografiar pertenencias y elementos asociados a la vida corporal de la pintora. El libro El baño de Frida Kahlo apareció en 2009.

El encuentro con esos objetos produjo una aproximación a la ausencia: aquello que había acompañado a una persona seguía allí, disponible para una mirada posterior.

Iturbide ha explicado que no se considera una devota de Frida. Lo que la conmovió fue reconocer, a través de las huellas de su dolor, a una mujer que había continuado creando. Esa observación permite leer la serie desde la intimidad y el trabajo artístico, más allá de la imagen pública de Kahlo.

También sus propios autorretratos relacionan experiencias interiores con elementos concretos. En ¿Ojos para volar?, de 1989, los pájaros se aproximan al rostro de la fotógrafa. Al hablar de esa imagen, Iturbide la vinculó a una crisis personal y a una decisión intuitiva. Su presencia dentro de la obra hace visible hasta qué punto fotografiar también supone interrogarse.

Los afectos, los libros y un lugar para trabajar

La vida de Iturbide está atravesada por amistades con fotógrafos y artistas. Josef Koudelka ocupa un lugar importante entre esas relaciones: ella ha destacado su libertad y su manera de convivir con las comunidades. La admiración va acompañada de una exigencia personal de independencia; reconocer una influencia también le permite preguntarse qué necesita buscar por su cuenta.

Los libros forman parte de ese aprendizaje continuo. Su obra ha dialogado con escritores como Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis y Fabio Morábito. En La forma y la memoria, publicado en 1996, los textos de Monsiváis acompañaron sus fotografías; en Asor, de 2010, participó su hijo, el compositor Manuel Rocha Iturbide, con una obra electroacústica.

Su otro hijo, el arquitecto Mauricio Rocha, diseñó en 2016 el estudio de Heliotropo 37, en Coyoacán. Ese lugar dio nombre a la exposición que la Fondation Cartier presentó en París en 2022.

La muestra incluyó también una serie realizada en Tecali en 2021, dedicada al trabajo con el ónix y el alabastro. Para fotografiar aquellas piedras recurrió al color, una elección poco frecuente dentro de una trayectoria reconocida principalmente por el blanco y negro. La exploración de los materiales abría otra posibilidad dentro de una obra todavía en movimiento.

El reconocimiento de una mirada propia

Los premios permiten seguir parte de su proyección internacional. Recibió el reconocimiento del W. Eugene Smith Memorial Fund en 1987 y una beca Guggenheim en 1988. En 2008 obtuvo el Premio Hasselblad, cuyo jurado destacó su contribución a ampliar la fotografía documental y a explorar las relaciones entre las personas, la naturaleza, la cultura y la experiencia psicológica.

A esos reconocimientos se sumaron el Premio Cornell Capa del Centro Internacional de Fotografía, en 2015; el Premio de Fotografía William Klein de la Academia de Bellas Artes de Francia, en 2023; y el Premio Princesa de Asturias de las Artes, en 2025.

En su discurso al recibir este último, Iturbide defendió la fotografía como una interpretación atravesada por los conocimientos, las emociones y la intuición de quien mira. También expresó su preferencia por la poesía frente a las lecturas que describen su obra como mágica. Las fotografías permiten conocer algo del mundo y, al mismo tiempo, de la persona que las hizo.

En 2026, la retrospectiva Between Two Worlds, presentada en el Museo de Arte Moderno de San Francisco del 11 de julio al 29 de noviembre, recorre más de cinco décadas de su trabajo. Reúne escenas de México, viajes, autorretratos, paisajes y rituales: distintas experiencias de una vida que encontró en la cámara una forma de relacionarse con los demás.

Al recibir el Princesa de Asturias, volvió a una enseñanza de Álvarez Bravo: “No hay que apresurarse, decía él, hay tiempo, hay tiempo”. Después de tantos viajes, libros y exposiciones, aquella lección conservaba su lugar.

Su trayectoria permite reconocer cuánto puede contener ese tiempo: aprender a mirar, regresar a un lugar, dejar que alguien decida cómo quiere ser retratado, revisar una fotografía que había pasado inadvertida. Allí, en esas decisiones, también se conoce a Graciela Iturbide.

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