Un canino marca tu destino

Dhébora Natacha Báez Medina, de 33 años, es hija de Héctor Baez, monteador y camionero, fallecido hace un año y medio, y de Alba Jacqueline Medina, ama de casa. Es la del medio de cuatro hermanos: Verónica es la mayor, le siguen Leandro y Priscila. Dice, riendo, que cuando le pusieron su nombre “ya se la empezaron complicando con la h, cosa que ha tenido que explicar siempre”. Por eso rápidamente aclara: “Me dicen Nacha”.

Por Anabela Prieto Zarza

Es mamá de Federico, de casi 4 años, y desde hace 15 años ha formado una hermosa familia con Luciano Ansolabehere.

Se define como una buena persona y una buena profesional, que todo lo que hace le gusta hacerlo bien. Sabe que para conocerla hay que ir develando capas de su personalidad, pero tiene claro que se preocupa y se ocupa de ser buena mamá, buena hija, buena hermana y buena compañera.

Hizo educación inicial en la Escuela 20 de la Economía, porque vivían en la zona. Recuerda muy especialmente al maestro Dinardi, porque sus padres se mudaron a Durazno y él las llevaba y traía todos los días a la escuela para que no sufrieran un cambio a mitad de año.

Luego concurrió a la Escuela 10, hizo secundaria en el Liceo 2 y en el Liceo Rubino y, tiempo después, llegó a la UDELAR. Hija de la Educación Pública.

Cuando termina el liceo, se pone a trabajar en un supermercado del medio. Proviene de una familia de clase media baja, sin posibilidades económicas de llegar a Montevideo. Sus padres le transmitían la importancia del estudio, porque era lo único que ellos podrían “dejarle de herencia”.

Mientras trabajaba lo comprendió. Estudiar no la iba a hacer mejor persona, pero seguramente tendría otras opciones.

Las opciones de Nacha eran Medicina y Obstetricia, esta última la desestimó cuando acompañó a su hermana durante el trabajo de parto, más allá de la tremenda emoción de estar junto a ella en ese momento.

Mientras trabajaba, comenzó a pagarse el tratamiento de brackets con la odontóloga Valentina Areán. Producto de una caída tonta a los 7 años, tenía la boca en condiciones estéticas y funcionales que debía atender.

“Me gustó lo que hacía mi odontóloga, profesionalmente y personalmente. Establecía sus horarios, era independiente, trabajaba sola, podía tener a sus hijas cerca”.

Decidida a forjarse un destino, a ciegas elige una de las carreras más caras de la UDELAR. “Tenés que pagarte todo, yo no lo sabía. Es una inversión a futuro y menos mal que yo no lo sabía, sino no lo hubiera hecho”.

Renuncia al trabajo. Agradece las experiencias vividas en el mismo, no siempre tan gratas, porque contribuyeron a forjar su carácter y fueron un impulso para estudiar y querer ir a más.

“Con la liquidación me compré una computadora y el boleto de ida. Las fotocopias de la cédula, 54 pesos en el bolsillo y un bolsito, me fui al Pinar, a la casa de una tía paterna que me ofreció trabajar con ella de día y que estudiara de noche”. Se anota en la Facultad de Odontología en el turno nocturno.

Se trataba de una empresa de limpieza. Su día comenzaba temprano en la mañana con la limpieza; a las 17 tomaba el COPSA interdepartamental para llegar a Facultad, salía próximo a las 12 de la noche, llegaba al Pinar a la 1 y tenía que caminar tres cuadras en la oscuridad para llegar a su casa.

“Cuando pensaba en renunciar, me acordaba del trabajo que había tenido en Durazno y me arrepentía. Además, el primer año no fue tan caro, con lo que ganaba y algo de ayuda de mis padres me arreglaba”.

El segundo año lo cursó cuidando a Lautaro, el hijo de una compañera de Facultad, Lorena, madre soltera que trabajaba de noche como enfermera. A cambio de cuidar al niño, le daba una habitación para vivir.

Nacha recibía la beca del Fondo de Solidaridad, que era económica, y la de Bienestar Universitario, que era alimenticia, a través del comedor universitario.

Todo funcionó bien hasta que Lorena formó pareja, por lo cual Nacha decidió buscar otro lugar donde vivir. Encuentra una residencial pequeña, con pocas chicas, pero la misma era dirigida por un hombre que generaba cierta incomodidad. A mitad de año decide irse.

Concentró las materias en tres días a la semana y viajó desde Durazno el resto del año, saliendo a las 4:30 y regresando a las 20:00 o más tarde, dependiendo de los días.

Hoy se pregunta cómo lo logró.

El último año de carrera le sacan ambas becas, porque su hermano había comenzado a trabajar y eso incrementaba los ingresos familiares. Pero nuevamente Nacha, con una tenacidad inquebrantable, sigue adelante a pesar de que no tenía “ni para el boleto”.

En ese momento entra Luciano, su pareja, que le dice: “Mañana vas a clase igual”. Ese fue el comienzo del apoyo de su pareja, porque después vino mucho más.

“Él trabajaba y me ayudó, igual que mis padres. Un día me pidió que trajera unos instrumentos de Montevideo. Me bajo en el Bioparque como siempre y me dice: vamos hasta la casa de la abuela, que tengo que ir a buscar algo. Abre la puerta y en el living me hizo un consultorio y estaban todos adentro. El kit rotatorio que me había pedido era para eso”.

Cursando quinto año, comenzó a trabajar. Estudiaba de lunes a viernes y sábados y domingos atendía en el consultorio de la casa de la abuela Ñata, que era como su abuela y que falleció un mes después que su papá.

“En Facultad decimos que empezamos a hacer ‘boliche’. Atendía familiares y amigos”.

“Estábamos edificando nuestra casa. Lo de Luciano fue increíble. Es ciclista y para construir la casa e instalarme el consultorio vendió todas las bicis”.

En 2020 hizo la práctica en Durazno, en el Hospital. Pero aparece una nueva dificultad: llega el COVID. Las prácticas se cortaron o, por lo menos, disminuyeron. Le restaban siete exámenes obligatorios para dar y el aislamiento y todo lo demás la afectaron, por lo que se demoró un poco más.

En ese año también, terminaron la casa y se recibió estando en ella. De hecho, Nacha y una compañera de estudios defendieron su tesis para recibirse desde el living de su casa.

Estando en el hospital conoce a una pasante, Maggi Torres, quien ante el COVID la invita a alquilar juntas. Se llevaban muy bien y a Nacha le gustó la idea. Ya no podía seguir en lo de la abuela, sentía que continuaba invadiendo su espacio.

Se instalaron en el centro, en la calle Herrera.

Ahora tienen su consultorio en Artigas 390, entre 19 de Abril y Lavalleja. Siguen alquilando juntas, con Maggi, pero cada una tiene su consultorio y sus pacientes, y en ocasiones atienden pacientes en común.

Actualmente desarrolla su actividad profesional atendiendo controles y diagnósticos, limpiezas, blanqueamientos, ortodoncia, extracciones, prótesis, eliminación de caries, restauraciones, botox, ácido hialurónico y más: todo lo que comprende la odontología en general y la armonización orofacial.

Además, esta joven e inquieta profesional sigue profundizando su formación: está cursando el posgrado en ortodoncia. También atiende escolares en escuelas rurales del departamento desde hace cinco años, dentro del plan de salud bucal con la Mesa de Salud.

En sus tiempos libres, se dedica a realizar actividades que signifiquen tiempo de calidad con su familia, con su esposo y su hijo. Y agrega: “Y conmigo misma”.

Cree en Dios y agradece aquella horrible carie que tuvo en el diente que perdió como consecuencia del accidente leve que sufrió a los 7 años.

Selló su destino.

Muchos sueños por cumplir y una vida por vivir.

Su historia transmite un mensaje, que resume así:

“Si yo pude, puede cualquiera. Fácil no es. Si lo pensás, no lo hacés, quizá. Hay que intentarlo. Encontré en el camino mucha gente que tenía todo y no lo hacía”.

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