29 de septiembre: Mafalda cumple 62 años y sus preguntas siguen creciendo con nosotros

En esta columna de Huella Cultural recorreremos la historia de Quino y Mafalda, a 62 años del debut del personaje en Primera Plana, el 29 de septiembre de 1964. Desde los primeros dibujos en Mendoza y la campaña publicitaria que dio origen a la niña hasta su llegada a los diarios y los libros, conoceremos cómo se construyó ese universo de personajes que sigue acompañando a distintas generaciones. También volveremos sobre la decisión de cerrar la tira, la obra de Quino más allá de Mafalda y las preguntas que su humor dejó abiertas sobre el poder, la injusticia y nuestra manera de vivir.

Quino junto a Mafalda. Foto: Sara Facio / Colección Sara Facio.

Una niña frente a las explicaciones de los grandes

Hay personajes a los que regresamos para reencontrarnos con una edad. Con Mafalda sucede algo más: volvemos a sus páginas y descubrimos que algunas preguntas nos estaban esperando. Las leímos de niños, las entendimos de otra manera al crecer y, con los años, empezamos a reconocernos también en los adultos que no saben qué contestar.

El 29 de septiembre de 1964, Mafalda debutó en el semanario argentino Primera Plana. Ese día quedó establecido como su nacimiento editorial. Hoy se cumplen 62 años de aquella aparición, comienzo de una relación con los lectores que sobrevivió largamente a la publicación de nuevas tiras.

Su creador, Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino, puso en boca de una niña inquietudes que desbordaban la mesa familiar. La paz, la desigualdad y las contradicciones de los mayores entraban en la conversación cotidiana. Bastaban unos pocos cuadros para que una respuesta aparentemente razonable dejara de serlo.

Antes de Mafalda, un muchacho que quería dibujar

Quino nació en Mendoza el 17 de julio de 1932, en una familia de inmigrantes españoles. El apodo lo acompañaba desde pequeño y permitía distinguirlo de su tío Joaquín Tejón, dibujante y pintor, cuya cercanía fue decisiva para despertar su vocación.

En 1945 ingresó en la Escuela de Bellas Artes de Mendoza. La abandonó en 1949, decidido a dedicarse a las historietas y al humor gráfico. El camino hasta conseguir un lugar en la prensa exigió insistencia: en 1951 viajó a Buenos Aires en busca de oportunidades y regresó sin haber logrado publicar.

En 1954 se instaló en la capital argentina y apareció su primera página de humor en el semanario Esto Es. Comenzaba así una trayectoria construida entre redacciones, entregas y dibujos, mucho antes de que Mafalda se convirtiera en su personaje más reconocido.

Su primer libro, Mundo Quino, llegó en 1963. El título ya anunciaba algo que la popularidad posterior de la niña podía dejar en segundo plano: había un universo propio, una manera de observar las relaciones humanas que no dependía de una sola historieta.

Una campaña que no se hizo

El origen de Mafalda tuvo una circunstancia inesperada. Miguel Brascó, escritor y humorista que había prologado Mundo Quino, acercó al dibujante a una agencia que preparaba una campaña para la marca de electrodomésticos Mansfield.

El encargo requería personajes cuyos nombres comenzaran con la letra M. Quino empezó a dar forma a una familia y a una niña. La campaña no se concretó, pero los dibujos encontraron después otro destino.

Tras unos antecedentes publicados en Leoplán, la serie inició su recorrido en Primera Plana en septiembre de 1964. En 1965 pasó al diario El Mundo y, en 1968, a la revista Siete Días.

Aquella criatura nacida alrededor de un proyecto comercial terminó poniendo en cuestión muchas de las promesas del mundo adulto. El consumo, el prestigio y la idea de progreso podían quedar expuestos a una pregunta sencilla, formulada desde abajo, a la altura de una niña.

Una conversación entre distintas formas de vivir

Mafalda nunca estuvo sola. Felipe, Manolito, Susanita, Miguelito, Libertad y su hermano Guille fueron ampliando el espacio de la historieta. Los padres, las amistades, la escuela y la vida doméstica componían un mundo reconocible, en el que las diferencias daban lugar al humor.

Felipe podía perderse entre sus fantasías y sus obligaciones. Manolito medía buena parte de la vida desde la lógica del negocio. Susanita imaginaba su futuro alrededor del matrimonio y la familia. Sus deseos chocaban, se discutían y, a veces, dejaban al descubierto prejuicios que los mayores preferían no reconocer.

La fuerza de ese conjunto estaba en la conversación. Cada personaje tenía una voz, y el lector podía descubrir algo de sí mismo en más de uno. La ternura convivía con la incomodidad de verse retratado.

Mafalda escuchaba noticias, se preocupaba por la paz, disfrutaba de los Beatles y rechazaba la sopa. Quino conservaba esos detalles de infancia mientras abría discusiones que ninguna edad alcanza a resolver del todo.

El viaje de los libros

En 1966, Jorge Álvarez publicó el primer volumen recopilatorio de Mafalda. Sus cinco mil ejemplares se agotaron en dos días. Las tiras empezaban a construir otra vida: podían guardarse, prestarse y volver a leerse fuera del ritmo del periódico.

En Italia apareció, en 1969, Mafalda la contestataria, con una presentación de Umberto Eco. La circulación internacional fue ampliando el encuentro con públicos de distintas lenguas.

Había algo cercano en esa familia y en esos niños, aun para quienes vivían lejos de Buenos Aires. Las preocupaciones podían cambiar de escenario, pero seguían siendo reconocibles: el dinero, la educación, las expectativas familiares y la dificultad de encontrar coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Saber cuándo detenerse

El 25 de junio de 1973, Quino cerró la producción regular de nuevas tiras de Mafalda. Le preocupaba repetirse y perder la exigencia con la que trabajaba.

La decisión ayuda a comprender su relación con el oficio. En una entrevista publicada por La Opinión Cultural en 1972, había contado que podía pasar días trabajando sobre una idea. Detrás de la aparente sencillez del resultado había tiempo, correcciones y una persistente insatisfacción.

El final de la serie no terminó con la presencia del personaje. Sus libros continuaron circulando y Quino volvió a dibujarlo en ocasiones especiales. Mafalda acompañó, entre otras iniciativas, la difusión de los derechos de la infancia junto a UNICEF.

Todo lo que también dibujó Quino

Después de Mafalda, Quino continuó desarrollando una obra de humor gráfico en la que el poder, la obediencia y la fragilidad humana ocuparon un lugar central. Libros como Déjenme inventar, de 1983, y Quinoterapia, de 1985, permiten acercarse a esa otra dimensión de su trabajo.

Muchas de sus imágenes podían sostenerse sin palabras. Un gesto, una diferencia de tamaño o la disposición de los personajes alcanzaban para mostrar quién mandaba y quién debía soportarlo. El dibujo contenía tanto la situación como su crítica.

En 1976 se exilió en Milán junto a su esposa, Alicia Colombo. Su trayectoria siguió creciendo entre publicaciones, libros y reconocimientos. En 2014 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, el mismo año en que Mafalda cumplía medio siglo.

Quino murió en Mendoza el 30 de septiembre de 2020, a los 88 años. Su obra había dado a varias generaciones un lenguaje compartido para reconocer injusticias, desconfiar de ciertas solemnidades y reírse también de las propias contradicciones.

Volver a leer, volver a preguntar

El aniversario permite regresar a esas páginas con algo más que nostalgia. Mafalda sigue siendo una niña; quienes hemos cambiado somos sus lectores. Hoy podemos comprender el cansancio de sus padres y, al mismo tiempo, seguir del lado de su insistencia.

Allí permanece el encuentro que Quino hizo posible. Nos acercamos por el humor, reconocemos una escena y terminamos pensando en algo que parecía demasiado habitual para ser discutido.

Sesenta y dos años después, abrir un libro de Mafalda conserva esa intimidad: volver a una voz querida y descubrir que todavía tiene algo que preguntarnos.

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