Artigas murió lejos de su tierra, pero sus ideas permanecen

José Gervasio Artigas falleció el 23 de septiembre de 1850 en Paraguay, después de casi treinta años de exilio. La fecha invita a recordar al jefe revolucionario, pero también a mirar el alcance de su proyecto: la defensa de la autonomía de los pueblos, una organización federal y el acceso a la tierra para sectores relegados. Su historia terminó lejos de la tierra donde comenzó su lucha.

El 23 de septiembre de 1850, José Gervasio Artigas murió a los 86 años en la quinta Ybiray, cerca de Asunción. Había llegado a Paraguay en 1820, tras la derrota de su proyecto político y militar, y permaneció allí hasta el final de su vida. Sus restos fueron repatriados a Uruguay en 1855.

Nacido en Montevideo el 19 de junio de 1764, Artigas se convirtió en una figura central de la revolución oriental. En 1811 condujo a las fuerzas que vencieron a los realistas en la Batalla de Las Piedras. Meses después, cuando debió levantar el sitio de Montevideo, miles de personas lo acompañaron en la marcha que pasó a la historia como el Éxodo del Pueblo Oriental. Aquella movilización mostró que su liderazgo iba más allá del campo de batalla.

Su propuesta también planteaba cómo debían gobernarse los pueblos después de la ruptura con el poder colonial. Las Instrucciones del Año XIII defendieron la independencia, la república y una organización federal que reconociera la autonomía de las provincias. Esas ideas enfrentaron a Artigas con el proyecto de gobierno centralizado impulsado desde Buenos Aires.

En 1815, el Reglamento de Tierras llevó parte de ese pensamiento a una medida concreta. Buscaba recuperar la producción y poblar la campaña mediante el reparto de tierras, con preferencia para personas y familias de escasos recursos. Su aplicación encontró dificultades y quedó interrumpida por la invasión portuguesa, pero permite comprender que el proyecto artiguista incluía cuestiones sociales y económicas, además de la independencia política.

Las derrotas militares y los conflictos regionales condujeron a Artigas al exilio en 1820. Murió tres décadas después, sin regresar. Recordarlo hoy exige mirar esa trayectoria completa: la victoria, la organización política, las dificultades de llevar sus ideas a la práctica y el largo tiempo vivido lejos de su tierra. Su legado sigue presente porque las preguntas que planteó —quién decide, cómo se distribuyen los recursos y qué lugar tienen los más postergados— conservan fuerza mucho después de su muerte.

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