En esta columna de hoy, Huella Cultural recorre la vida y la obra de Mario Benedetti, cuando se cumplen 106 años de su nacimiento y Uruguay celebra el Día del Escritor. Desde sus comienzos en Marcha y su vínculo con la Generación del 45 hasta La tregua, los años del exilio, el regreso democrático y sus poemas convertidos en canciones, repasamos la trayectoria de un autor que llevó la oficina, Montevideo, el amor y las heridas de su tiempo a una literatura profundamente cercana a sus lectores.
De Paso de los Toros a Montevideo
Mario Benedetti nació el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, departamento de Tacuarembó. En 1922 su familia se trasladó a la capital departamental y, poco después, se radicó en Montevideo, luego de atravesar dificultades económicas provocadas por la quiebra comercial de su padre.
La infancia y la adolescencia de Benedetti estuvieron lejos de la imagen de un escritor formado únicamente entre libros. Cursó la enseñanza primaria en el Colegio Alemán de Montevideo y comenzó los estudios secundarios en el Liceo Miranda, pero debió continuarlos como alumno libre porque necesitaba trabajar.
Siendo todavía adolescente cumplía jornadas completas en una empresa dedicada a la venta de repuestos para automóviles. Después fue administrativo, empleado público y taquígrafo. Entre 1938 y 1941 residió durante largos períodos en Buenos Aires y conoció diferentes trabajos en ambas orillas del Río de la Plata.
Aquellos empleos no fueron solamente antecedentes biográficos. Le permitieron conocer desde adentro la rutina, los horarios, las jerarquías y los pequeños silencios del mundo laboral. Años más tarde, las oficinas, los escritorios y los empleados anónimos se convertirían en parte fundamental de su literatura.
El periodismo como escuela
El año 1945 fue decisivo. Benedetti ingresó al equipo de redacción del semanario Marcha, dirigido por Carlos Quijano, y publicó La víspera indeleble, su primer libro de poemas. Con el tiempo decidió no volver a editarlo, pero aquella publicación marcó el comienzo visible de una obra que atravesaría casi todos los géneros.
En Marcha se formó como periodista y participó de uno de los espacios intelectuales más influyentes del Uruguay. Allí aprendió a observar la realidad inmediata, a desconfiar de las frases vacías y a trabajar sobre cada palabra. Permaneció vinculado al semanario hasta su clausura definitiva en 1974.
En 1946 se casó con Luz López Alegre, a quien había conocido durante la adolescencia y con quien compartiría sesenta años. Su presencia acompañaría las distintas etapas de su vida, incluidos los desplazamientos, las separaciones y los regresos provocados por el exilio.
Benedetti dirigió la revista literaria Marginalia en 1948 y al año siguiente pasó a integrar el consejo de redacción de Número. Junto con Marcha, aquella revista fue uno de los ámbitos centrales de la llamada Generación del 45, un conjunto diverso de escritores, críticos e intelectuales que renovó la cultura uruguaya mediante una mirada rigurosa y, muchas veces, incómoda sobre el país.
En esos años publicó el libro de cuentos Esta mañana, el poemario Sólo mientras tanto y su primera novela, Quién de nosotros. En 1954 comenzó a dirigir las páginas literarias de Marcha. El periodista y el escritor ya no avanzarían por caminos separados: la observación concreta del primero alimentaría permanentemente la obra del segundo.
La oficina también podía ser literatura
En 1956 apareció Poemas de la oficina. El libro introdujo en la poesía un territorio que parecía reservado para la monotonía: escritorios, expedientes, sueldos, horarios y empleados que sentían cómo la vida transcurría mientras cumplían con sus obligaciones.
Benedetti conocía ese mundo porque había trabajado dentro de él. No lo observaba desde afuera ni utilizaba a sus personajes como una decoración social. Reconocía sus frustraciones, sus pequeñas rebeldías, sus afectos y esa sensación de que los días podían parecerse demasiado unos a otros.
Tres años después publicó Montevideanos, un libro de cuentos que consolidó el carácter urbano de su narrativa. El propio título establecía un territorio: una ciudad todavía provinciana, con sus cafés, oficinas, familias de clase media, esperanzas moderadas y derrotas íntimas.
En 1960 llegó La tregua, la novela que amplió definitivamente su cantidad de lectores. Escrita como el diario personal de Martín Santomé, cuenta la historia de un empleado viudo, próximo a jubilarse, cuya vida rutinaria se transforma al conocer a Laura Avellaneda.
La historia no necesitaba héroes extraordinarios ni escenarios lejanos. Benedetti encontró profundidad en un hombre común, en una oficina y en la posibilidad tardía del amor. Esa cercanía fue una de las razones de su enorme llegada popular.
La adaptación cinematográfica dirigida por Sergio Renán, estrenada en 1974 y protagonizada por Héctor Alterio y Ana María Picchio, se convirtió al año siguiente en la primera película argentina nominada al Óscar como mejor filme extranjero. La historia nacida en una oficina montevideana había encontrado lectores y espectadores mucho más allá de Uruguay.
También en 1960 publicó El país de la cola de paja, una mirada crítica sobre los comportamientos y las contradicciones de la sociedad uruguaya. En 1965 apareció Gracias por el fuego, novela donde la crisis individual vuelve a relacionarse con los conflictos morales y políticos del país.
Una voz cada vez más latinoamericana
Durante la segunda mitad de los años sesenta, su mirada comenzó a proyectarse con mayor fuerza hacia América Latina. En 1966 viajó a Cuba como jurado del Premio Casa de las Américas y también residió durante un período en París, donde trabajó como traductor, locutor y taquígrafo.
Regresó a Cuba en 1967 y viajó a México para participar en el Segundo Congreso Latinoamericano de Escritores. Ese mismo año publicó Letras del continente mestizo, un conjunto de textos que consolidó su presencia como crítico de la literatura latinoamericana.
En 1968 integró el Consejo de Dirección de Casa de las Américas, donde fundó y dirigió su Centro de Investigaciones Literarias. Su trabajo comenzó a relacionarlo con escritores, artistas e intelectuales de diferentes países y con los grandes debates culturales y políticos de la región.
Benedetti entendía la literatura como una actividad vinculada a su tiempo. En 1971 fue uno de los fundadores del Movimiento de Independientes 26 de Marzo, que se integró al Frente Amplio, y dirigió el Departamento de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de la República.
Su compromiso político formó parte de su obra, pero nunca agotó su escritura. Benedetti podía pasar del análisis social a un poema amoroso, de la crítica literaria al humor o de una discusión continental a la soledad de una habitación.
Cuando las palabras comenzaron a hacerse canción
La poesía de Benedetti encontró muy pronto otro camino para llegar al público: la música. En 1970 Numa Moraes musicalizó Cielo del 69, posteriormente grabada por Los Olimareños.
En 1972 apareció en Argentina el disco Nacha canta Benedetti, interpretado por Nacha Guevara con composiciones de Alberto Favero. La relación entre sus palabras y la música ya no sería circunstancial: se convertiría en otra dimensión de su obra.
Sus poemas tenían una estructura, un ritmo y una claridad que permitían ser leídos en silencio, recitados ante una multitud o transformados en canciones. Esa circulación contribuyó a acercarlo a personas que quizá nunca habían comprado un libro de poesía, pero reconocían sus palabras en una voz o una melodía.
Con los años, intérpretes de diferentes generaciones y países llevaron sus textos a la música. La poesía dejó de pertenecer únicamente a la página y comenzó a viajar en discos, recitales y grabaciones.
El exilio y la patria distante
El golpe de Estado del 27 de junio de 1973 cambió su vida. Benedetti renunció a su cargo universitario, su obra fue prohibida por la dictadura y debió abandonar Uruguay. El primer destino fue Buenos Aires.
En 1975 dejó Argentina después de recibir amenazas de muerte de la Alianza Anticomunista Argentina, conocida como Triple A. Viajó a Perú, donde trabajó en el diario Expreso, pero los cambios políticos del país provocaron su deportación. Tras un breve regreso a Buenos Aires, en 1976 se instaló en La Habana y retomó su actividad en Casa de las Américas.
El exilio fue convirtiéndose en un itinerario. En 1980 se trasladó a Palma de Mallorca y tres años después fijó su residencia en Madrid. Uruguay permanecía lejos, pero continuaba apareciendo en sus libros, en sus recuerdos y en la pregunta por un posible regreso.
De esos años surgieron obras centrales como La casa y el ladrillo, publicada en 1977; Pedro y el Capitán, de 1979; Viento del exilio, de 1981, y Primavera con una esquina rota, aparecida en 1982.
En Pedro y el Capitán, el diálogo entre un detenido y su torturador convirtió el autoritarismo y la violencia política en materia teatral. La obra fue estrenada en México por Teatro El Galpón y posteriormente representada en diferentes países.
Primavera con una esquina rota, en cambio, abordó las consecuencias de la represión desde varias voces. La cárcel y el destierro no aparecen solamente como acontecimientos políticos: atraviesan las relaciones, las familias y las vidas de quienes deben aprender a existir lejos de su lugar.
En 1984 publicó El desexilio y otras conjeturas. Con la palabra “desexilio”, Benedetti nombró una experiencia menos visible: la dificultad de regresar. Volver no significaba recuperar intacto el país que se había dejado, porque durante la ausencia habían cambiado tanto la sociedad como las personas expulsadas de ella.
Regresar a un país que también había cambiado
La recuperación democrática permitió su regreso a Uruguay en 1985. A partir de entonces repartió su residencia entre Montevideo y Madrid, evitando los inviernos debido al asma que padecía.
Se incorporó al Consejo Editor de Brecha, semanario que recogió parte de la tradición periodística de Marcha. Después de doce años de ausencia, Benedetti volvía a participar directamente de la vida cultural y política uruguaya.
Ese mismo año Joan Manuel Serrat publicó El sur también existe, un disco construido sobre poemas de Benedetti. La voz del cantautor catalán amplió todavía más la difusión internacional de textos que hablaban del sur, de sus desigualdades y de su derecho a existir desde una identidad propia.
También comenzó a ocupar un lugar central A dos voces, el espectáculo compartido con Daniel Viglietti. Benedetti leía sus poemas y Viglietti interpretaba sus canciones en un diálogo donde literatura, música, memoria y compromiso se encontraban sobre el escenario.
El regreso no fue un cierre. Fue una nueva etapa desde la cual continuó escribiendo sobre el exilio, la memoria, el amor, la política y las transformaciones de una sociedad que ya no era la misma.
Una obra que siguió creciendo
Durante las décadas siguientes publicó poesía, cuentos, novelas y ensayos. Entre sus obras de aquellos años se encuentran Las soledades de Babel, La borra del café, El olvido está lleno de memoria, El amor, las mujeres y la vida, Andamios, La vida, ese paréntesis, Buzón de tiempo y Rincón de haikus.
La borra del café, publicada en 1992, recuperó escenarios, personajes y recuerdos ligados a Montevideo. Andamios, de 1996, volvió sobre el regreso del exiliado y la necesidad de reconstruir una identidad entre el país recordado y el país real.
Benedetti escribió novelas, cuentos, teatro, crítica, humor, artículos periodísticos y más de medio siglo de poesía. La Fundación Mario Benedetti ha contabilizado 103 libros diferentes publicados con su firma y más de mil ediciones en numerosos idiomas.
Los reconocimientos se multiplicaron. En 1999 recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Gran Premio Nacional a la Actividad Intelectual de Uruguay. La Universidad de la República resolvió en diciembre de 2003 concederle el título de doctor honoris causa, distinción entregada públicamente en 2004.
Sin embargo, su lugar en la cultura no se explica únicamente por los premios. Benedetti construyó una relación poco frecuente con sus lectores. Sus textos fueron subrayados, copiados, regalados y aprendidos de memoria. Algunos encontraron consuelo en sus poemas amorosos; otros reconocieron en ellos el exilio, el compromiso político o la dificultad de empezar otra vez.
Luz y los últimos años
En 2006 murió Luz López Alegre, después de sesenta años de matrimonio. Tras su fallecimiento, Benedetti decidió radicarse definitivamente en Montevideo y donó una parte importante de su biblioteca de Madrid al centro de estudios que lleva su nombre en la Universidad de Alicante.
Continuó escribiendo a pesar de los problemas de salud. En 2007 publicó Vivir adrede y un libro dedicado a Daniel Viglietti. En 2008 apareció Testigo de uno mismo, el último poemario publicado durante su vida.
Mario Benedetti murió en Montevideo el 17 de mayo de 2009. Fue velado en el Salón de los Pasos Perdidos del Palacio Legislativo, donde una multitud acompañó su despedida. Junto con las flores, algunos lectores llevaron lápices y bolígrafos, respondiendo a un deseo expresado por el propio poeta.
Por voluntad testamentaria dejó creada la Fundación Mario Benedetti, destinada a promover la literatura, los derechos humanos y la búsqueda de los uruguayos detenidos desaparecidos.
La cercanía como legado
Mario Benedetti perteneció a una generación marcada por el rigor crítico, atravesó la experiencia del exilio y participó activamente de los debates políticos y culturales de su tiempo. Pero su permanencia también se explica por algo más sencillo y difícil de conseguir: escribió de manera que muchas personas sintieron que aquellas palabras hablaban de sus propias vidas.
Llevó a la literatura la oficina, el café, el barrio, el amor adulto, la espera, el miedo, la distancia y el regreso. No necesitó alejarse de la gente para construir una obra profunda.
A 106 años de su nacimiento, sus libros continúan pasando de una generación a otra. Sus poemas todavía se leen y se cantan; sus personajes siguen caminando por una Montevideo reconocible, aunque haya cambiado.
Benedetti encontró literatura donde otros apenas veían rutina. Tal vez por eso permanece: porque escribió sobre la vida común sin considerarla una vida menor.


