Maritza Anabelle Suárez Samaniego, de 62 años, es la mamá de Rodrigo, Valentina y Josefina, y abuela de Garo, de 5 años. Su nieto es hijo de Valentina, “que no está en este plano desde el nacimiento de Garito, que es el gran tesoro que tenemos con mi esposo”. Está casada con Alberto Chavat.
Por Anabela Prieto Zarza
Es hija de Hugo, militar, y Alicia, modista. Tiene una hermana mayor y tres hermanos menores.
Se define como un ama de casa a la que le gusta mucho hacer manualidades, estar entreverada entre sus telas. Cree que es algo hereditario, porque creció viendo a su mamá hacerlo y siempre le gustó verla coser.
Nació y creció en Durazno, hizo primaria en la Escuela Nº 7 y cursó secundaria en el Liceo Rubino.
Comienza de grande a tratar de “hacer cosas”, de ver qué lograba, y se fue entusiasmando porque lograba cosas lindas. Entonces quiso perfeccionarse, mejorar, hacer cosas más lindas aún, y tomó clases para lograrlo. Tiene gratos recuerdos de Mabel Tiscordio de Valenzuela, una modista ya mayor que le enseñó muchísimo: “fue de donde saqué todo lo lindo que yo considero que llegué a hacer”.
Comenzó a trabajar en el arte del diseño y la costura desde los 18 años. Vestidos de fiesta, de quinceañeras y de novia fueron un ámbito en el que se desenvolvió con soltura. Al principio, siempre aparecía alguien que le encargaba un trabajo de este tipo; luego, el boca a boca hizo que cada vez la demanda fuera mayor.
Al comienzo se desempeñó en la atención al público en comercios como la Tienda y Zapatería Tres Cruces o en la San Juan. Pero cuando queda embarazada de Valentina, y con Rodrigo ya nacido, decide quedarse en casa con ellos. Las costuras cobran cada vez más lugar en su vida, y puede conjugar su amor por lo que hace con el cuidado amoroso de sus hijos.
Valentina era diseñadora, entonces, además de la ropa de fiesta, comenzó a confeccionar ropa de bebé y de niños, así como accesorios que su hija diseñaba. Descubrió un mundo maravilloso, que abarcaba nuevas áreas y que las involucraba a ambas.
Cuando fallece Valentina, Maritza y Alberto deciden dedicarse a Garito. Alberto se jubila para poder afrontar juntos esta nueva realidad. Maritza deja de coser; los vestidos de fiesta quedan atrás.
Estuvo dos años sin trabajar porque quería dedicarse a Garo. Pero tampoco podía hacerlo. Anímicamente no podía, a pesar de que es algo que le encanta. Cada vez que tomaba unas telas o lo intentaba, la angustia le impedía avanzar.
Después de transitar por dos años de terapia, de a poquito empezó a hacer algo: atender algún pedido de un almohadón, una mantita para amamantar. Así volvió, poco a poco, hasta que lo logró.
Comenzó a aceptar pedidos, y eran cada vez más. Garito fue creciendo y eso la ayudaba mucho. Maritza dice: “Vivo por y para él, y para mis dos hijos. Ellos ya tienen su vida encaminada, Rodrigo se fue para España y Josefina es psicóloga y vive en Montevideo”.
“Nosotros estamos muy pendientes de Garo, de sus necesidades. El papá tiene su casa, trabaja, es como un hijo para nosotros porque llegó a nuestra casa como novio de Valentina con 16 o 17 años. Tiene sus obligaciones y actividades porque hace fútbol, corre maratones, etc., cosas que le hacen bien. Nos trae a Garo, nosotros lo llevamos a la escuela, lo vamos a buscar, se queda a dormir en casa.
”Eso sí, a las costuras se dedica cuando Garo está en la escuela, porque después que él vuelve no toca más nada. No hago más que jugar con él, pintar, cortar. El abuelo cocina y nosotros jugamos”.
La vida sigue, pero no es lo mismo para Maritza: “Aún me cuesta andar en los comercios, no salimos a ningún lado, por ese temor de que te vas a encontrar con una persona que conocía a Vale y que no me había visto. Y me saluda. Eso me ha costado un poco, pero vamos saliendo adelante, porque Garo es el motor”.
Agrega: “Valentina está presente en la casa, en fotos, en nuestro corazón, en nuestras vidas. Hablamos de ella con Garo. Pregunta y le contestamos. Está en la edad de investigar, quiere saber y tratamos de satisfacer su interés”.
Retomando el tema de sus creaciones, trata de comprar todo lo que puede en nuestra ciudad, porque es muy localista, pero a veces recurre a proveedores de Montevideo o Salto porque no encuentra telas o insumos para poder hacer combinaciones que le gustan; por ejemplo, sesgos de colores para combinar con las telas que quiere utilizar.
Hace unas pequeñas carpitas para niños, tipo carpitas de indio, que son muy demandadas, pero en oportunidad de este Día del Niño no pudo hacerlas porque tenía muchos pedidos de mamás que estaban con embarazos a término.
El boca a boca funciona muy bien en su caso, aunque también utiliza las redes sociales, Facebook e Instagram. Maritza Suárez o Barrilete Kids
Ha recibido pedidos de distintas partes del país: Ciudad de la Costa, Tacuarembó, Cerro Largo, Mercedes, Tala, Trinidad, entre otras localidades. A veces de particulares y, a veces, de comercios.
Consultada sobre si tiene sueños por cumplir, responde: “Siempre soñé con tener un local con todas estas cosas lindas que hago. Nunca pude por temas económicos. Hoy por hoy ya no es un sueño, lo fue. Ya no. Pensábamos tenerlo con Valentina; hoy no me interesa. Lo poco que hago lo hago acá, en casa, en el tiempo libre que tengo con Garo. Si tuviera un local no podría estar para él como estoy, no lo voy a desatender. Así que ese sueño ya fue”.
Pide que Garo salga adelante, le pide al universo unos años más de vida para ella, para poder acompañarlo, ayudarlo y estar cerca.
Como decíamos, la vida sigue, pero para Maritza no todo sigue igual. Era muy creyente en Dios y en la Virgen. Cuando Valentina enfermó, su casa se convirtió en un templo, en un santuario.
“Imploré, pedí por su vida. Participé de cada cadena de oración que se hizo en Durazno y en otras localidades. Fue increíble lo que pasó, el apoyo que recibimos, todo el mundo se movilizó, recibimos mensajes de todos lados: familia, amigos, clientes, compañeros, gente que no conocíamos, y con todos estoy muy agradecida. Vale era muy conocida por las decoraciones de eventos y todo el mundo la quería.
Pero con Dios estoy enojada. Nunca más fui a la Iglesia. Le pedí que cambiara mi vida por la de Vale. Yo había podido criar mis hijos, se había recibido, tenían su vida hecha. Le pedí que Vale pudiera criar su hijito como yo pude criar a los míos. No entiendo por qué no escuchó mi plegaria. Me sentí desilusionada. ¿Por qué me soltó la mano? Nunca más le pedí nada, nunca más fui a la Iglesia.
Ahora le pido a Vale que, desde donde esté, nos acompañe de la mejor manera que pueda hacerlo. Todas las noches le pido a Vale que me mande fuerzas para poder levantarme al otro día para Garo, y ahí voy, pidiendo: un día más, un día más, Vale”.
La entrevista más difícil a la que me he enfrentado y la historia más delicada que me ha tocado escribir. Gracias, Maritza, por abrir tu corazón. Que encuentres la paz que mereces.

