Claudia Beatriz Ramos Franchi, de 61 años, es hija de Anastasio, quien falleció cuando ella tenía tres años apenas, y de Hilda (fallecida), “una mujer luchadora, a quien tampoco le tocó un camino fácil, pero que siempre tuvo el coraje y la fuerza para salir adelante”.
Por Anabela Prieto Zarza
Nació y creció en Durazno. Hace primaria desde Jardinera a 6º en la Escuela Nº 2, secundaria en el Liceo Rubino. Al terminar 4º año ingresa a Pre Magisterio.
La docencia fue para Claudia una elección para toda la vida. Desde pequeña, y sin dudarlo, eligió ser Maestra, una profesión que ama profundamente y que le ha regalado innumerables alegrías, aprendizajes y encuentros que han dejado huellas en su vida.
El camino de la docencia la llevó a su primer lugar de trabajo: Blanquillo.
“Allí comenzó una etapa muy importante de mi vida, no solo en lo profesional, sino también en lo personal. Fue en ese lugar donde la vida me encontró con Pedro, con quien compartí una parte fundamental de mi historia y con quien formé una familia.
Pedro fue mi esposo y el padre de mis tres hijos, Martín, Ana y Claudio. La vida, una vez más, me enfrentó a una de esas pérdidas que nunca se imaginan: Pedro falleció siendo muy joven y me tocó continuar el camino sin su compañía, sosteniendo y acompañando a nuestros hijos.”
A lo largo de este recorrido, la docencia le permitió transitar por distintos roles, tanto en el aula como en la gestión. Trabajando en varias instituciones de Durazno, cada experiencia la enriqueció no solo profesionalmente sino también como persona. “Cada lugar, cada institución, cada niño, cada familia y cada compañero de camino contribuyeron a construir la persona y la docente que hoy soy.”
Este recorrido la llevó a desempeñar el cargo que ocupa actualmente como inspectora, etapa que comenzó en Paysandú, de donde guarda hermosos recuerdos, aprendizajes y afectos que permanecen con ella.
Desde el año pasado, la vida profesional la llevó a Montevideo. Comenzó este nuevo capítulo en la Jurisdicción Centro y actualmente desarrolla su tarea en la Jurisdicción Este, “acompañada siempre de nuevos desafíos, nuevas experiencias y nuevas oportunidades para continuar aprendiendo y creciendo”.
“Hoy miro este camino lleno de recuerdos y me doy cuenta que ser maestra no ha sido solamente mi camino profesional: ha sido una manera de vivir, de acompañar, de aprender de otros y de dejar, aunque sea pequeña, una huella en la vida de quienes encuentro en el camino”.
Mirando su propia historia, afirma que ha sido resiliente: “quizás de mis padres aprendí, desde muy temprano, que la vida puede ponernos frente a ausencias, dificultades y situaciones que no elegimos, pero que siempre es posible encontrar la fuerza para continuar”.
Agrega: “Ser resiliente no significa que nada duela ni que todo resulte sencillo; significa poder atravesar los momentos difíciles sin dejar de avanzar, reconstruirse y encontrar nuevas razones para seguir. Y creo que, a lo largo de mi vida, eso es algo que he aprendido a hacer: continuar aun cuando el camino se vuelve difícil, confiando en que cada experiencia también puede transformarnos y fortalecernos.
Soy parte de esa historia: de lo que me tocó vivir, de lo que aprendí y de las fortalezas que heredé. Y si algo me define, es justamente eso: seguir adelante, siempre, con la convicción de que, aun después de las dificultades, la vida puede abrir nuevos caminos.”
Durante este largo y, a veces, difícil camino, Claudia refiere a su familia como una parte esencial de su historia. “Mis hijos, Martín, Ana y Claudio, han sido protagonistas de un viaje que, en muchas ocasiones, me tocó transitar con la fortaleza que las circunstancias exigían”.
Inmediatamente refiere a su nuevo rol. “Hoy tengo la enorme felicidad de ser abuela de Benicio, hijo de Martín, un pequeño que me enamora cada día más. Aunque por mi trabajo vivo en Montevideo, cada vez que tengo la oportunidad viajo a Durazno para verlo crecer. Cada encuentro se convierte en un momento que atesoro profundamente”.
Cuando habla de sus hijos y de su nieto, menciona a Natalia y Marcos “que también forman parte de la familia que he construido y de esos vínculos que, de distintas maneras, acompañan y enriquecen mi vida”.
Integró Rotary Club Durazno, una experiencia que le permitió compartir con personas comprometidas con el servicio y comprender, aún más, el valor de aportar a la comunidad y de tender una mano allí donde se necesita. Con el cambio y nuevas responsabilidades no ha podido continuar, pero nunca han faltado las invitaciones y oportunidades para volver a reunirse con el equipo rotario para seguir trabajando y ayudando. “Quizás, cuando el tiempo dé paso a nuevas etapas y a otras actividades, vuelva a encontrar un espacio para ese bello compromiso.”
En sus tiempos libres, que son pocos en este rol que desempeña, le gusta salir a caminar, de vez en cuando salir a tomar un café, ir al cine, al teatro, algún show musical y viajar. Sueña con poder seguir viajando, conocer nuevos lugares y culturas.
Tiene muy claro que no podemos elegir todo lo que nos sucede, pero sí podemos decidir qué hacemos con aquello que la vida pone frente a nosotros. “A veces será necesario detenerse, llorar, reconstruirse y volver a comenzar. Otras veces será simplemente confiar y dar un paso más”.
Reflexiona sobre sí misma y sobre el futuro: “Hoy sigo caminando. Con la experiencia de lo vivido, con el amor de mi familia, con la pasión por mi profesión y con la certeza de que siempre hay nuevos caminos por descubrir”.

