En esta columna de hoy, cuando se cumplen 86 años del nacimiento de Eduardo Galeano, recorremos la vida y la obra del escritor y periodista montevideano que convirtió la memoria de América Latina en materia literaria. Desde el periodismo de Marcha y Época hasta Las venas abiertas de América Latina, el exilio y libros como Memoria del fuego, El libro de los abrazos y El fútbol a sol y sombra, la nota revisa una escritura que dio nombre a las ausencias, las derrotas y las esperanzas del continente.
Antes del escritor, el periodista
Eduardo Galeano nació en Montevideo el 3 de septiembre de 1940. Antes de ser el autor de algunos de los libros uruguayos más leídos y discutidos en el mundo, fue un joven que aprendió el oficio de mirar, preguntar y escribir en las redacciones.
A fines de los años cincuenta comenzó a trabajar en medios gráficos. Durante los primeros años de la década de 1960 fue secretario de redacción del semanario Marcha, una de las experiencias intelectuales y periodísticas más decisivas del Uruguay. Allí compartió tiempo y discusiones con una generación que pensaba el país, la región y sus conflictos sin separar cultura, política y vida cotidiana.
Más tarde dirigió el diario Época y, desde 1965, trabajó en la Universidad de la República: fue secretario de redacción de Gaceta Universitaria y responsable de su Departamento de Publicaciones. Esa formación periodística nunca abandonó su literatura. Galeano conservó siempre la necesidad de contar con claridad, de encontrar una escena concreta detrás de los grandes procesos y de hacer que una pregunta llegara al lector sin rodeos.
Un libro para mirar de frente al continente
En 1971 publicó Las venas abiertas de América Latina. El libro fue editado inicialmente por la Universidad de la República y proponía una lectura de la historia continental desde la explotación de sus riquezas, la dependencia económica y las heridas abiertas por la conquista y los sucesivos poderes extranjeros.
No fue un libro indiferente. Generó adhesiones, discusiones y objeciones; fue prohibido por las dictaduras de Uruguay, Argentina y Chile. Pero también encontró lectores en distintos países y se convirtió en una referencia ineludible para varias generaciones que buscaban comprender de dónde venían muchas desigualdades de América Latina.
Su importancia no reside solamente en sus tesis. Está también en la forma: Galeano mezcló investigación, ensayo, periodismo y una prosa de enorme intensidad narrativa. No escribió una historia distante, de fechas y próceres inmóviles. Escribió una historia atravesada por la sangre, el trabajo, el saqueo y la resistencia.
El exilio y una memoria en fragmentos
El golpe de Estado de 1973 interrumpió brutalmente aquella vida intelectual uruguaya. Galeano fue detenido y debió salir del país. Se instaló primero en Argentina, donde fundó y dirigió la revista cultural Crisis. En 1976, tras el golpe encabezado por Jorge Rafael Videla, volvió a exiliarse, esta vez en España.
El exilio no lo alejó de América Latina: lo llevó a reconstruirla desde la distancia. En esos años escribió la trilogía Memoria del fuego: Los nacimientos, Las caras y las máscaras y El siglo del viento. Allí encontró una forma que sería muy suya: relatos breves, escenas mínimas, voces olvidadas y episodios que, puestos uno junto a otro, construyen otra historia posible del continente.
No se trataba de una nostalgia por una América ideal. Galeano escribió sobre sus violencias, sus frustraciones y sus derrotas. Pero también sobre quienes resistieron sin figurar en los monumentos ni en los manuales. Su escritura buscaba devolverles presencia.
El escritor de los fragmentos
En El libro de los abrazos, publicado en 1989, esa búsqueda alcanza una de sus expresiones más reconocibles. Los textos breves, entre la crónica, el poema y el relato, vuelven sobre las personas y las historias que el relato oficial suele dejar fuera de cuadro.
Galeano escribió sobre los pobres, los pueblos originarios, las mujeres silenciadas, los trabajadores, los niños y los vencidos. No para convertirlos en figuras abstractas, sino para devolverles densidad humana: nombres, cuerpos, afectos, pérdidas y esperanzas.
Su literatura buscaba correr el foco. Mostrar que detrás de los grandes discursos hay vidas concretas, y que la memoria no pertenece únicamente a quienes ocupan el centro de la historia.
El regreso a Uruguay
Galeano regresó al país en 1985, con la recuperación democrática. Ese mismo año participó, junto a Mario Benedetti, Hugo Alfaro y otros integrantes de la tradición de Marcha, en la fundación del semanario Brecha.
Volvió al periodismo, pero ya era también un escritor de alcance continental. Siguió publicando libros que ampliaron sus temas y su estilo. En El fútbol a sol y sombra encontró en el deporte una puerta para hablar de pasión popular, negocios, identidad y poder. En Patas arriba revisó las contradicciones de un mundo que presentaba como naturales muchas de sus injusticias. En Espejos y Los hijos de los días volvió a la forma breve, a la crónica mínima y a la memoria como territorio de disputa.
Galeano no escribió sobre un único asunto. Escribió sobre América Latina, pero también sobre Montevideo; sobre el fútbol, pero también sobre las mujeres; sobre la política, pero también sobre el deseo, la amistad y la muerte. Su obra no puede reducirse a una consigna porque fue, precisamente, una invitación constante a desconfiar de las explicaciones fáciles.
Una voz que no pide unanimidad
La vigencia de Galeano no exige convertirlo en una estatua ni aceptar sin discusión cada una de sus ideas. Sus libros fueron debatidos, cuestionados y admirados. Esa discusión también forma parte de su legado.
Lo que permanece es su capacidad para incomodar una mirada acostumbrada a dejar cosas afuera. Galeano enseñó que la historia no vive solamente en los archivos del poder: también habita en una canción, en un barrio, en una derrota deportiva, en una familia expulsada de su tierra o en una voz que nadie parecía dispuesto a escuchar.
Murió en Montevideo el 13 de abril de 2015, a los 74 años. Pero sus textos continúan circulando porque no se limitan a recordar un pasado. Preguntan, todavía, qué hacemos con él.
A 86 años de su nacimiento, Eduardo Galeano sigue siendo esa voz que obligó a mirar de nuevo. No para encontrar respuestas cómodas, sino para entender que una historia más justa empieza cuando nadie queda afuera del relato.

