Uruguay, su país natal; Israel, su país adoptivo; Argentina, su lugar de residencia

Sandra Rosana Ramos, de 61 años, es una mujer conversadora, seria por momentos. Hoy en día, cuando se mira al espejo, ve una persona de facciones endurecidas por la vida. “A veces me preguntan si estoy enojada o por qué no estoy alegre, y me doy cuenta de que son las consecuencias de las cosas que me han pasado. Ahora no sonrío siempre como antes”.

Por Anabela Prieto Zarza

Se considera una persona muy recta, un poco controladora de las situaciones y de todo lo que está a su alrededor. “Esto me lo hizo ver mi entorno. Es difícil dejar de hacerlo, pero uno entiende que es lo que hay que hacer”.

Nació en Durazno, es hija de Ilia, una mujer muy honesta y llena de valores. Tiene un hermano Ademar, 5 sobrinos y unos cuantos sobrinos nietos. De sus mayores sobrevive sólo la tía Blanca. Tanto ella como su hermano, viven en Durazno.

Es la mamá de tres jóvenes, Debhora, Matías y David, “que son el orgullo y pilar de mi vida”, y es abuela de Benjamín, de 12 años (hijo de Debhora), “del que estoy orgullosa y es mi compañero de viajes”.

Tuvo una infancia y adolescencia feliz. Concurrió a la Escuela N.º 2 y luego al liceo Miguel C. Rubino. Ingresa, con vocación definida, al Instituto de Formación Docente. De niña le gustaba enseñar; de jovencita dio catequesis durante tres años. Levantaba a los niños y los llevaba a una capilla dependiente de la Iglesia San Pedro, les daba clase y los devolvía a su casa. Así fue hasta que tomaron el Sacramento de la Comunión.

Se recibe de maestra y concursa por Montevideo y por Durazno. Elige Montevideo con el sueño de trabajar y estudiar. Comenzó Filosofía y posteriormente Psicología. Pero el sueldo y los tiempos no le daban. A pesar de que había gente que le daba una mano, todo dependía de ella. Entre esas personas están Carmelo Vidalín, que siempre me impulsó a continuar mis estudios y vivir con valores, y Marta Brum Almandos, que, además, me vinculó con la comunidad israelita, donde comencé a trabajar.

“Quería irme del país a labrarme un futuro mejor. El sueldo de maestra no me alcanzaba. Me ofrecen irme con una familia a Israel y no lo dudé. Fue un país hermoso, lleno de verde, de cosas preciosas, y me enamoré de Israel. Yo digo que tengo dos países, Uruguay e Israel. Estuve ocho años viviendo allí, trabajé en casas de familia, trabajé por horas, conocí lugares maravillosos como Jerusalén, Nazaret, Belén, todo Israel. Allí conocí y me casé con el papá de mis hijos y nacieron los dos mayores: Debhora y Matías”.

El papá de sus hijos era argentino, por lo cual, por situaciones que se dan en la vida, deciden volver a Argentina, donde nace su tercer hijo, David. A Argentina, si bien no lo siente como propio, es el país donde ha desarrollado su vida hasta la fecha y donde ha tenido vivencias de las buenas y de las otras, pero que todas le han dejado valiosos aprendizajes. Y donde ha descubierto, igual que en otros lugares del mundo, gente maravillosa que la ha acompañado en diferentes instancias y situaciones que no olvidará jamás y a quienes quiere y agradece mucho.

Después de que nace David, Sandra viajaba mucho a Uruguay. Cuando se detecta la enfermedad de su mamá, no lo duda: se viene a Uruguay con sus niños, a Durazno. Acompañar a su madre y que pudiera disfrutar de sus nietos en el final de su vida fue prioritario.

Mientras duró esa etapa, inquieta y siempre buscando perfeccionarse profesionalmente, cursa la especialidad de preescolar, la termina y trabaja en Mimitos.

Fallece su mamá y vuelve a Argentina, donde tiene dificultades y nunca logra, que le revaliden el título de maestra y maestra preescolar, por lo que allí no puede ejercer como tal, pero eso no es impedimento para que Sandra, como siempre, haga lo necesario. Trabaja en casas de familia, como administrativa y cobradora en una emergencia móvil y cuida a una niña con capacidades diferentes, hecho que despertó en ella un interés especial por la atención de la discapacidad. Recuerda con amor a Tati y a su familia.

El matrimonio llega a su fin, así que además tiene que hacerse cargo de las actividades cotidianas de sus hijos, como llevarlos al colegio y acompañarlos en sus actividades diarias. Fueron diez años que se vivieron con mucho sacrificio.

Incansable, siempre buscando mejorar, ingresa a facultad para estudiar carreras que le permitieran mejorar su actividad laboral y sus ingresos. Estudia de acompañante terapéutico, cuidadora de niños y baby sitter. “A veces salía de mañana temprano de mi casa y volvía tarde a la noche”.

Sandra se movía en bicicleta, en la que se encargaba de la cobranza de la emergencia para la que trabajaba. Un día, salía de trabajar y un camión la pasa por arriba, literalmente.

“En el momento del accidente, como creyente y pensando en Dios y mis hijos, se descubre lo fuerte que uno es. Sentí que Dios me decía: todo está bien, estás donde tienes que estar, es solo la pierna, de lo demás estas entera”.

Detrás del accidente venía una ambulancia que la lleva inmediatamente al hospital más cercano. Ambos eran de donde ella trabajaba y, cuando llegó al hospital, estaba el mejor cirujano que ejercía en dicho hospital. Todo se dio de manera perfecta.

Estuvo dos meses internada en una clínica, debatiéndose entre la vida y la muerte por las grandes infecciones que tenía. Rezaba todos los días. Eso la salvó. Siguió un año y medio de internación. Cuando llegó al ingreso a quirófano número 60, dejó de contar. Y hubo muchos más. Curaciones, limpiezas, injertos, los clavos, los tutores, la prótesis. La pierna fija. Luego, años de rehabilitación, médicos, fisiatras y, muy importante, el apoyo terapéutico de psiquiatras y psicólogos.

Riendo, agrega: “Con algunos invertimos los roles, yo terminaba escuchándolos a ellos. Es que la clínica se había convertido en mi casa, no quería salir de allí. Hoy no quiero saber nada de volver a estar internada”.

Esta vivencia marcó a Sandra y determinó las prioridades. Si bien siempre fue creyente, con más convicción que nunca, todos los días, desde que se levanta hasta que se acuesta, agradece a Dios la segunda oportunidad que le dio. La segunda oportunidad de vivir, y entendió que todo lo que le pasó fue por algo, porque tenía una misión que cumplir.

Mientras estaba internada, como no podía ser de otra manera para esta mujer que no para nunca, comenzó a estudiar Fonoaudiología. Fue increíble. Le encantó, al punto que hizo la carrera sin dificultades, sin perder una materia, sin postergar un examen ni un curso. Se recibió en cuatro años, el tiempo estipulado. Enseguida hace la licenciatura, de dos años de duración.

Es consciente de que el éxito alcanzado se debe a que la carrera la enamoró, pero también a la excelente educación y formación que recibió en Uruguay, tanto en primaria como en secundaria o magisterio. Sabe que fue una base espectacular.

Hoy trabaja como fonoaudióloga en dos clínicas y en su consultorio particular, donde atiende en forma privada. Podría trabajar más, pero no lo hace, porque aprendió la importancia de tener sus tiempos para ella misma. Para contemplar lo simple, saborear los momentos de soledad y no pensar en nada.

Otro de sus placeres, que también requiere tiempo, es reunirse con la familia y con amigos. Le gusta mucho cocinar. “A veces digo: hoy no voy a hacer nada de nada, me doy vuelta y estoy haciendo algo en la cocina”.

Desea seguir estudiando, porque ha entrado en contacto con el mundo del autismo y se ha interesado mucho por el tema y por el trabajo en un área en la que hay mucho por hacer.

Entre los sueños que tiene pendientes está el de volver a Israel. Aunque hay otro más íntimo: llevar a papel todo lo que ha vivido.

Recuerda que la mejor forma de vivir es siendo resiliente, valorando lo que uno tiene y lo que tuvo, no perder los valores, luchar por los sueños, porque cuando se desea algo y se piensa en ello con el alma y el corazón, las cosas llegan. Recuerda la importancia de ser amables, humildes, valorar la familia y tener presente a las personas que estuvieron siempre a nuestro lado, en los momentos buenos y en los no tanto.

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