En esta columna de hoy abordamos una transformación que ocurre casi sin advertencias: la inteligencia artificial ya no solo ayuda a buscar información o resolver tareas, sino que empieza a intervenir en la manera en que escribimos, recordamos, interpretamos y tomamos decisiones. Su capacidad para ofrecer respuestas rápidas puede ahorrar tiempo y ampliar posibilidades, pero también plantea una pregunta cada vez más necesaria: qué sucede con nuestro criterio cuando dejamos de utilizar estas herramientas como apoyo y comenzamos a aceptar que piensen por nosotros.
La escena ya forma parte de la vida cotidiana. Antes de escribir un mensaje, le pedimos ayuda a una inteligencia artificial. Si debemos resumir un texto, organizar un viaje, comparar dos productos, preparar una presentación o encontrar una respuesta rápida, volvemos a recurrir a ella. Incluso podemos consultarle cómo contestar una conversación difícil, qué decisión tomar o cuál de varias opciones parece más conveniente.
Nada de esto es necesariamente negativo. Una herramienta capaz de ordenar información, proponer alternativas y resolver tareas repetitivas puede ahorrar tiempo y permitir que una persona se concentre en aspectos más importantes. El problema comienza cuando la respuesta deja de ser una ayuda para convertirse en el punto final del pensamiento.
La diferencia parece pequeña, pero es decisiva. No es lo mismo pedir una primera orientación y después revisar, discutir y decidir que recibir una respuesta bien escrita y aceptarla únicamente porque parece convincente.
La respuesta que llega antes que la pregunta
Durante mucho tiempo, buscar información implicó formular una duda, recorrer distintas fuentes, comparar versiones y construir una conclusión. Los asistentes de inteligencia artificial modificaron ese recorrido. Ahora es posible recibir en pocos segundos una respuesta completa, ordenada y expresada con seguridad.
La rapidez representa una ventaja, pero también elimina parte del proceso que antes obligaba a pensar. Cuando una respuesta aparece terminada, disminuye el impulso de preguntarnos cómo se llegó a ella, qué información quedó afuera o desde qué perspectiva fue construida.
La inteligencia artificial no piensa como una persona ni comprende el mundo a partir de una experiencia propia. Produce respuestas mediante patrones aprendidos de enormes cantidades de información. Puede relacionar ideas, resumir, explicar y desarrollar razonamientos complejos, pero también puede equivocarse, completar vacíos con datos falsos o presentar como segura una afirmación que debería expresar con cautela.
Su tono, sin embargo, suele conservar la misma fluidez. Una respuesta correcta y una equivocada pueden estar escritas con idéntica claridad.
La confianza que produce una respuesta bien escrita
Uno de los riesgos más silenciosos no se encuentra solamente en los errores, sino en la forma convincente con la que pueden aparecer. Tendemos a asociar una explicación ordenada con una explicación verdadera. Si además llega de un sistema que procesa información con una velocidad imposible para una persona, resulta sencillo atribuirle una autoridad mayor de la que realmente posee.
El Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos denomina ‘sesgo de automatización’ a la tendencia a confiar excesivamente en los sistemas automatizados o a considerar sus resultados superiores a los producidos por otras fuentes.
Esta confianza puede tener pocas consecuencias si se utiliza la herramienta para elegir una receta o corregir una frase. El problema cambia de dimensión cuando se consulta sobre salud, dinero, educación, trabajo, asuntos legales o decisiones que afectan a otras personas.
En esos casos, la apariencia de certeza puede ocupar el lugar de la verificación.
Pensar menos no siempre significa pensar peor
Delegar parte del esfuerzo mental no es una novedad. Utilizamos calculadoras para no realizar cuentas extensas, agendas para no recordar todas las fechas y mapas digitales para orientarnos. Cada herramienta modifica las capacidades que ejercitamos y las tareas a las que destinamos nuestra atención.
La inteligencia artificial, sin embargo, puede intervenir en un territorio más amplio. No solamente almacena o calcula: redacta argumentos, selecciona información, establece relaciones, propone explicaciones y recomienda caminos posibles.
Una investigación presentada en 2025, basada en una encuesta a 319 trabajadores que aportaron 936 ejemplos de uso profesional de inteligencia artificial generativa, encontró una relación entre la confianza depositada en estas herramientas y un menor ejercicio declarado del pensamiento crítico. En cambio, quienes mantenían una mayor seguridad en su propio conocimiento tendían a revisar más las respuestas.
El estudio no demuestra que la inteligencia artificial vuelva menos inteligentes a las personas ni permite afirmar que sus efectos sean iguales para todos. Sus resultados se basan en experiencias informadas por los propios participantes. Sí muestra una tensión relevante: cuanto más confiamos en que el sistema puede resolver una tarea, menos esfuerzo podemos dedicar a examinar lo que produce.
Del esfuerzo de crear al esfuerzo de verificar
La inteligencia artificial no elimina necesariamente el pensamiento crítico, pero puede trasladarlo. Antes, el esfuerzo principal consistía en buscar, recordar, relacionar y escribir. Ahora puede consistir en formular bien una consulta, evaluar la respuesta, contrastarla con otras fuentes y decidir qué parte utilizar.
Eso exige una capacidad diferente y, en algunos casos, más difícil. Para reconocer una respuesta deficiente es necesario poseer algún conocimiento previo sobre el asunto. Cuanto menos sabemos, más convincente puede parecernos un resultado incorrecto.
Aquí aparece una contradicción: recurrimos a la inteligencia artificial porque desconocemos algo, pero justamente ese desconocimiento puede impedirnos detectar cuándo la respuesta falla.
Por eso no alcanza con indicar que el contenido ‘debe ser revisado’. También es necesario preguntarse quién posee las herramientas para revisarlo y cuánto tiempo está dispuesto a dedicarle después de haber buscado una solución inmediata.
Cuando todas las respuestas comienzan a parecerse
Existe además otro riesgo: la uniformidad. Si muchas personas utilizan sistemas semejantes para redactar mensajes, trabajos, informes, publicaciones o discursos, puede comenzar a repetirse una misma forma de ordenar las ideas.
Los textos pueden ser correctos, claros y prolijos, pero también previsibles. Expresiones personales, dudas, contradicciones y maneras particulares de narrar corren el riesgo de ser reemplazadas por una voz eficiente, aunque cada vez más parecida a todas las demás.
Esto no significa que utilizar inteligencia artificial elimine la creatividad. Puede ayudar a encontrar enfoques, romper un bloqueo o descubrir relaciones que no habíamos considerado. Pero existe una diferencia entre emplearla para ampliar una idea y permitir que establezca por nosotros qué vale la pena decir.
La comodidad puede homogeneizar sin que lo notemos.
El criterio no puede descargarse
La UNESCO sostiene que la inteligencia artificial debería fortalecer la toma de decisiones y el desarrollo intelectual de las personas, no sustituirlos. La cuestión central no consiste entonces en decidir entre usarla o rechazarla, sino en conservar la capacidad de intervenir sobre sus respuestas.
Una forma de hacerlo es pensar antes de consultar. Escribir primero una idea propia, aunque sea incompleta, permite comparar lo que creíamos con lo que propone la herramienta. También resulta útil pedir alternativas, objeciones y puntos de vista contrapuestos, en lugar de solicitar una única respuesta cerrada.
Verificar los datos importantes, buscar las fuentes originales y desconfiar de las afirmaciones demasiado precisas cuando no están respaldadas continúa siendo indispensable. En decisiones sensibles, la consulta a una persona especializada no puede ser reemplazada por una conversación con un sistema automático.
La inteligencia artificial puede preparar un borrador, pero la responsabilidad sobre lo que se afirma, se publica o se decide sigue siendo humana.
Una herramienta que también debe incomodarnos
Las mejores herramientas no son necesariamente aquellas que hacen todo en nuestro lugar. También pueden ser las que nos ayudan a formular mejores preguntas, descubrir lo que ignoramos y poner a prueba nuestras propias certezas.
Si utilizamos la inteligencia artificial solamente para confirmar lo que ya pensamos o para evitar cualquier esfuerzo, su comodidad puede empobrecer el proceso. Si la usamos para discutir una idea, explorar otras perspectivas y revisar críticamente una conclusión, puede convertirse en una herramienta de pensamiento.
La diferencia no está únicamente en la tecnología. Está en la posición que decidimos ocupar frente a ella.
Delegar una tarea puede liberarnos tiempo. Delegar permanentemente el criterio puede hacernos perder algo más difícil de recuperar: la costumbre de pensar antes de aceptar una respuesta.
