Graciela Elia Blanco Curbelo, de 66 años, nació en Durazno y hoy está radicada en la localidad de La Paz, Canelones. Es hija de Crio Blanco y de Teresa Curbelo, hermana de la Coca Curbelo. Su hermano Edison Blanco aún vive en Durazno.
Por Anabela Prieto Zarza
Está casada con Ricardo Méndez, oriundo de La Paloma, Durazno, aunque radicado en Montevideo desde hace muchos años.
Es la mamá de Mauricio Santana, quien ya no se encuentra en este plano, y es la tía de Bruno y Giana Blanco. Ambos son estudiantes universitarios, a quienes quiere mucho y les desea lo mejor en la vida, porque “son divinos y se lo merecen”.
Su primera infancia transcurre en Santa Bernardina. A los 6 años se van a vivir a Durazno, al barrio de la UTE, en Nogueira, casi la ruta. Hace primaria en la Escuela N.º 2. Cuando comienza el liceo, la familia vuelve a Santa Bernardina, por lo que, en su bicicleta, Graciela concurre al Liceo Rubino de primero a sexto, terminando el bachillerato de Abogacía.
El padre de Graciela tenía a su cargo una cobranza. Por el cargo que ocupaba no podía hacerla, por lo tanto, con apenas 12 años, en bicicleta y puerta por puerta, Graciela recorre todo Durazno realizando la misma tarea.
A su vez, durante las vacaciones, cuando tenía 14 y 15 años, trabajaba en Casa Luz con Corbo y Susana. A partir de los 16, como estudiaba Contabilidad y Dactilografía, Baby Bazzi le da la responsabilidad de hacerse cargo de la parte contable de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos, donde realizaba tareas administrativas y contables que iban desde hacer los pagos de los médicos hasta entregar los cupones a los socios.
Con 17 años termina preparatorio. Quería estudiar Derecho en la Universidad de la República, pero su padre no se lo permite y le sugiere que haga Magisterio.
Con el objetivo de poder cumplir con sus aspiraciones, se casa con su primer novio que tuvo y se va a Montevideo. Comienza a estudiar Derecho, al tiempo que trabaja, desempeñándose en diferentes actividades y empresas.
El 6 de marzo de 1981 ingresa en AGADU (Asociación General de Autores del Uruguay). El matrimonio trajo lo mejor que le pasó en la vida: nació Mauricio. El trabajo, la casa y la maternidad provocan que la carrera se vea interrumpida.
El matrimonio también. Las razones: violencia doméstica. La vida continúa con Graciela criando sola a su hijo. Por difícil que fuera, la decisión implicó cortar con los ciclos de violencia que había vivido durante su infancia y adolescencia.
El trabajo en AGADU la llenó de satisfacciones. Todos los ascensos que recibió los logró siempre a través de concursos. El trato con el socio, buscar todas las alternativas para solucionar cada situación que se planteara, fue siempre su motivación. Sabe que se ganó el respeto de mucha gente por su actitud de estar siempre con la mano extendida para dar una mano. Ganó también muchos amigos, a quienes recuerda con cariño y con muchos de los cuales mantiene contacto.
Llega la jubilación y se adapta con dificultades. Al principio le chocó porque la despidieron por la pandemia. Superado el impacto inicial, está feliz de estar jubilada. Además, durante esta etapa le han pasado cosas transformadoras en su vida.
Graciela tenía un matrimonio amigo, al que quería mucho, a ambos. La señora fallece y Graciela, fiel a su estilo solidario y sostenedor, apoya a su amigo en la pérdida de su esposa. Estrechan el vínculo y, un día, Ricardo la sorprende con la propuesta de iniciar una relación. Realmente no se lo esperaba, pero después de 20 años, como se trataba de una persona que conocía, decidió apostar al amor y la relación se consolidó.
Graciela sufrió una de las peores pérdidas que puede sufrir una madre, después de la cual no quería nada, literalmente nada de nada. Vivía en piloto automático.
Mauricio fallece el 13 de mayo de 2014. Un hijo alegre, sin vicios, sin adicciones, trabajador como él solo, funcionario policial, sin problemas, por lo menos que Graciela supiera, porque era muy reservado. A veces se guardaba cosas para que su madre no sufriera. Mauricio decide terminar con su vida.
Después de años, Ricardo logra que Graciela vuelva a pararse frente a la vida con otra perspectiva. Nunca dejará de sentir el amor por su hijo ni el dolor por la pérdida, pero se sigue adelante de una manera diferente.
Graciela es tremendamente resiliente. Toda su vida lo fue, desde niña. Pero, ante lo de Mauricio, le salvó la vida el psicólogo, el trabajo en la política, dado que tuvo una militancia activa en su partido, sin aspiraciones y con el único propósito de servir a la comunidad, y los amigos, que son su familia elegida, “que siempre estuvieron a mi lado”.
Recientemente ha bajado de peso: 60 kilos menos. No lo hizo por estética, aunque la verdad es que está preciosa. Lo hizo por salud. Se siente súper bien. Tenía una diabetes incipiente, para la cual tomaba medicación diariamente, de la que ahora prescinde por completo.
Antes usaba el CPAP para respirar correctamente durante el sueño; también de eso ha podido desprenderse.
Tiene su casa de veraneo en Aguas Dulces, departamento de Rocha, adonde le apasiona ir a descansar, tanto en verano como en invierno, y donde siempre encuentra motivos para invitar amigos.
En sus tiempos libres le gusta coser a máquina, tejer y encargarse de su jardín. En el ámbito cultural, no se pierde festivales ni obras de teatro. No se queda quieta en su casa: le encanta salir, pasear y viajar.
A propósito de los viajes, nos cuenta algo que muchos podrían imitar. A partir de que dejó de fumar, guarda el importe que antes “quemaba” en cigarrillos. Con eso, todos los años se hace un viaje: “Por acá cerquita nomás: Perú, Bolivia, México, Argentina, Brasil, Chile”.
Anhela irse un poquito más lejos. Desde los 12 años, cuando empezó a leer el libro de Historia de Traversoni, sueña con conocer Grecia y Egipto. Está pendiente, pero seguro lo cumplirá.
Considera importante tener siempre presente que “la vida está hecha de momentos malos y de momentos buenos. De los malos se aprende; los buenos sirven para pararse frente a la vida para seguir adelante”.
