En esta columna de hoy hablaremos de un país que, por su diversidad de paisajes, su capacidad técnica y sus incentivos, se volvió atractivo para filmar historias llegadas desde otros lugares. Uruguay recibió 98 producciones extranjeras en 2025 y acaba de ampliar los estímulos para el sector audiovisual. El crecimiento genera empleo, experiencia e inversión, pero también plantea una discusión cultural de fondo: ¿alcanza con ser un buen escenario para el mundo o es necesario que esa industria fortalezca, al mismo tiempo, la posibilidad de contar nuestras propias historias?
Uruguay aparece cada vez más en las pantallas, aunque no siempre aparezca como Uruguay.
Una calle de Montevideo puede ser otra ciudad; una ruta del interior, un paisaje sin nombre; una casa antigua, el decorado de una historia que ocurre en un país imaginario. Esa capacidad de transformarse es una de las virtudes que el audiovisual internacional encuentra aquí: distancias cortas, variedad de locaciones, equipos técnicos preparados y una estructura de producción que ganó oficio en los últimos años.
No es un detalle menor. Durante 2025, Uruguay recibió 98 producciones extranjeras, según datos de la Agencia del Cine y el Audiovisual del Uruguay. Detrás de esa cifra hay rodajes de distintos formatos: publicidades, series, películas, videoclips y otros contenidos. Hay técnicos de iluminación, sonidistas, vestuaristas, asistentes de dirección, fotógrafos, productores, transportistas, empresas de alquiler de equipos, alojamiento y gastronomía. Una filmación, incluso cuando llega desde afuera, moviliza una cadena de trabajo amplia y especializada.
El Estado ha acompañado ese proceso con herramientas de incentivo. En julio de este año se reglamentó un crédito fiscal de hasta el 30 % para gastos realizados en Uruguay por producciones, coproducciones y postproducciones audiovisuales. La norma busca atraer inversiones y aumentar las semanas de rodaje, pero también incluye entre sus criterios la participación de guionistas, directores y elencos uruguayos.
La señal es clara: el país entendió que el audiovisual no es solamente una expresión artística. Es también trabajo calificado, circulación de recursos, formación profesional y una industria capaz de competir en un mercado internacional exigente.
Sin embargo, allí comienza la pregunta más incómoda.
Ser un buen lugar para filmar no equivale necesariamente a tener un cine propio fuerte. Una cosa es que Uruguay preste sus calles, sus paisajes y sus equipos para relatos pensados en otras partes; otra, muy distinta, es que consiga producir, financiar, estrenar y hacer circular las películas que hablan desde aquí.
No se trata de enfrentar una realidad contra la otra. Sería absurdo negar el valor de los rodajes extranjeros o imaginar que su llegada perjudica por sí sola al cine nacional. La experiencia acumulada, los ingresos y la profesionalización pueden fortalecer al sector entero. Pero ese resultado no es automático. Depende de cómo se diseñen los apoyos, de cuánto espacio se dé a los proyectos locales y de qué lugar ocupen los creadores uruguayos dentro de esa expansión.
La cuestión no es solamente económica. También es cultural.
El cine construye imágenes de un país: sus voces, sus gestos, sus conflictos, sus silencios, su humor y su forma de mirar el mundo. Cuando una película uruguaya logra circular, no está ofreciendo apenas un producto audiovisual; está sumando una mirada a la conversación colectiva. Está dejando una huella sobre quiénes fuimos, quiénes somos y cómo imaginamos lo que viene.
Por eso, el desafío no debería formularse como una oposición entre industria e identidad. Uruguay necesita ambas cosas. Necesita seguir siendo un destino confiable para producciones internacionales, porque eso genera oportunidades concretas. Pero necesita, a la vez, que esa fortaleza se traduzca en más cine propio: más guiones, más directores, más actores, más producciones independientes y mejores condiciones para que esas obras encuentren público.
Un país puede convertirse en escenario del mundo. La pregunta es si, mientras tanto, logra conservar la posibilidad de ser también el autor de sus propias historias.

