María Rosa Viñoly Sánchez, de 60 años considera que lo que le ha tocado vivir, lo ha vivido a pleno. Es hija de Walter Eustaquio Viñoly y Luisa Zulma Sánchez, la menor y única mujer de tres hermanos.
Por Anabela Prieto Zarza
Casada con Daniel Dellapiazza (Canuto), es mamá de Sofía (29) y Leyla (19). Integran su familia dos perros, Carmen y Polka; una gata, Lola; y un gato negro, Bartolo.
Creció en la 2.ª sección de Durazno, en Las Arenas, en un pedacito de tierra que aún conserva. Fue a la escuela rural N.º 51 y luego a la Escuela N.º 6, cuando sus hermanos mayores comenzaron el liceo. Los fines de semana volvía al campo. Cursó hasta 6.º año en el Liceo Rubino.
Su vida laboral comenzó como funcionaria de la Intendencia Municipal, aunque en comisión en el Liceo Rubino, donde realizaba tareas administrativas. En el año 96 dejó de trabajar y se dedicó más de lleno a la explotación de su predio. Quería ser mamá y criar ella misma a sus hijos, y sintió que era el momento. “Antes se podía, ahora tienen que trabajar todos en una casa”.
A los 20 años perdió a su padre, que era su “todo”. La madre, el hermano mayor y María Rosa asumieron el rol de sacar adelante las cosas, pero todos aprendieron que todo es efímero: hoy estamos y mañana no. “Con mi padre aprendí a reflexionar, a observar, para tomar decisiones. Mamá me decía: ‘usted piense que para hacer lo que quiera está sola, no piense en recurrir al auxilio de uno y de otro’”. Ambas
enseñanzas le han servido mucho a lo largo de su vida.
Otro momento difícil llegó hace cinco años, cuando enfrentó la operación de la válvula mitral. Sin dimensionar la magnitud, le dijo al médico: “dale para adelante que tengo una hija para criar”.
Volvió a su casa, buscó información en internet y recién entonces tomó conciencia de lo que implicaba. Pasó una semana encerrada, buscando coraje, como siempre lo terminó encontrando. Fue en agosto de 2019 y en diciembre se operó. Aprendió que lo material no vale nada y que la salud es lo más importante. “Pensaba cuánto tiempo estuve preocupada por cosas que no tienen valor, como mantener extremadamente limpia la casa, y te perdés de disfrutar otras cosas. Capaz que no te da la vida para disfrutarlas; de ahí saqué un aprendizaje positivo”. En ese momento sintió, más que nunca, el invalorable apoyo de sus hijas y de su esposo.
Siempre le gustó el candombe. La murga le llamaba la atención cuando iba al tablado, la sátira del tablado, pero el candombe la apasiona. Respeta su historia, la tradición y sus valores culturales. Se crio con amigos negros que le dejaron muchas enseñanzas. El primero fue Julio Palacios, que vivía frente a la escuela rural a la que concurría. Tenían que hacer una legua para llegar; Julio era compinche, un poco tío, un poco familia. Si venía tormenta los acompañaba campo adentro para que volvieran más rápido, les ensillaba los caballos. Honrado a carta cabal. Siempre estuvo vinculado a la familia hasta que falleció.
En la casa de una prima de su padre había pasado una mujer hija de esclavos, con dos hijos. A uno lo había dejado en una estancia y al otro en esa casa: Serafín y Julián. Esos dos negritos tuvieron la suerte de que las familias que los acogieron los criaran como hijos. Eran muy simpáticos, alegres, activos; tenían una forma especial de retozar. Ella les hacía bromas y los gurises se mataban de risa. Había en ellos una manera de moverse y de reír que era única.
Años después, estando en Afrocan, llegaron unos senegaleses que bailaban de forma muy similar y explicaron que imitaban el movimiento de algunos animales. Hoy entiende que aquellos niños nunca habían visto esas danzas; por eso confirma que esos gestos y movimientos son ancestrales.
Cuando vino a estudiar a Durazno, los hermanos tenían un compañero llamado Raúl, con quien ella entabló una amistad verdadera, muy contenedora tras la pérdida de su padre. No tenía vínculo con las comparsas, pero sí con la risa, con la música, con eso que los identifica y que, dice ella, solo se ve en la raza.
Desde las primeras llamadas que se hicieron en Durazno fue asidua espectadora. Le encantaba la Mama Vieja, el personaje tradicional; la gramilla la representaba mucho. Pero, sobre todo, le gustaba porque, según ella, era la que más se divertía.
En 2016, un domingo, aparece Rolo López por su casa y María Rosa le confiesa que sueña con salir de Mama Vieja. Rolo le dice que se habían ido algunas. El miércoles le avisa: “mirá que el viernes tenemos ensayo”. El viernes ya estaba ensayando en Afrocan. Fue una locura: miedo y desafío. Empezó y nunca más paró, hasta que los problemas de salud se lo exigieron. Convencida, me dice: “en 2026 o 2027 estoy de vuelta”.
Aníbal Ríos, vecino y artista, varias veces jurado de las llamadas y coreógrafo de comparsas premiadas, le daba instrucciones y talleres sobre cómo bailar. Le transmitió la historia de cada personaje y su significado, cosas que ya sabía, pero que incrementaron aún más su amor por el candombe.
Cuando fue al Sanatorio Americano a operarse, le preguntaron cómo hacía para bailar candombe y ella explicaba: “usted no sabe lo que es tener una cuerda atrás; parece que te empuja, que te eleva. Te olvidás de todo, no hay cansancio ni nada que te impida vivirlo al mango”.
Otra cosa hermosa es la gente que se vincula en ese medio. El lazo que se genera es muy fuerte, siempre están dándose una mano. Durante su internación, una señora que había sido del candombe y un enfermero tamborilero estuvieron siempre presentes, poniéndose a las órdenes. “Competimos el día de Las Llamadas, pero se terminan y todos se van a tomar un vino, todos amigos; así es el ambiente del candombe”.
Sobre sus gustos dice: “si hay un libro bueno, me gusta leer, mirar tele, compartir buenos momentos con la familia y con buenos amigos, que gracias a Dios tengo de buena cepa, acompañar a mis hijas en todo lo que quieran y este año empecé con teatro”.
Trabajó en la obra La loca del Béquelo. Fue una experiencia maravillosa. Hizo el taller actuando con “la crack de la Panchita”, como llama a Francisca Medina. “Nos sacaba el personaje de adentro”. Fue un sueño cumplido y espera poder seguir.
Una de sus hijas hizo triatlón y ella colaboraba con la Escuelita. Después de la operación del corazón, el propio Mauricio Rivas le armaba una rutina específica mientras entrenaba a las chiquilinas. “Me hacía caminar, ejercicios suaves, que me hicieron muy bien. Lo mismo Gastón Martínez, que me ayudaba en la piscina”.
Hablando de su salud, con el humor que la caracteriza, esta mujer que me sorprendió conocer por su forma de hablar y de ser, me dice: “Todo en la vuelta del corazón está perfecto; medio jodido el corazón todavía sigue, pero la dueña es muy loca y el Barbudo le manda a parar”.
Le gustaría viajar, algún día lo hará. Pero su mayor sueño es ver a sus hijas crecer con entereza y con códigos, que sepan defenderse en la vida. Sabe que lo van a lograr, porque tienen todo para ello.
Nos recuerda que “lo mejor que nos puede pasar es estar vivos y hay que darle para adelante sin mirar para los costados, que las cosas se dan. La paz interior y obrar bien siempre traen recompensa. Y agradecer al Barbudo, que está en primera fila. Dios siempre me ha ayudado y siempre pienso en Él”.
