Miriam: vivir la vida, como dice la canción, pasito a pasito

Miriam Catalina Dinardi Césaro, de 66 años, dice que Catalina nunca le gustó, aunque ahora está de moda. Es hija de Miguel Dinardi Somma y de Irma Césaro Moreira, y hermana menor del querido y reconocido Maestro Miguel Dinardi. Es mamá de Andrea (44) y de Sebastián (33).

Por Anabela Prieto Zarza

Su filosofía de vida es siempre tratar de estar bien, contagiar a la gente que la rodea, estimularla, darle una palabra de aliento, aunque uno no esté del todo bien. Vivir el día a día de la mejor manera posible.

Nació en su casa, en Durazno, asistida por la partera María Aldao. En aquellos tiempos era costumbre, en algunos hogares, que la partera fuera a domicilio. Vive en esa misma casa, en el barrio del Molino Filippini. Fue a la escuela Inmaculada Concepción, luego a la Escuela N.º 8 y después al liceo Rubino, donde cursó hasta sexto año.

Se pone de novia y, pensando en formar una familia, ingresa al mercado laboral en el Hospital de Durazno como administrativa, lugar donde trabajó toda su vida hasta jubilarse. Allí tuvo la oportunidad de realizar cursos de capacitación en mejora de la gestión y atención a los usuarios. El hospital fue su segunda casa: aprendió mucho en el día a día y junto a sus compañeros de trabajo, a quienes recuerda con mucho cariño. Muchos fueron sus amigos.

Su vida transitaba entre dos lugares: la casa y el trabajo. También cosechó amistades con los pacientes. Estuvo en oficinas donde debía ir a salas de internación. Vio y vivió situaciones difíciles, muchas veces asociadas a la muerte, pero también otras hermosas, como los nacimientos. Era la vida misma.

Cuando accede a la jubilación surge la pregunta obligada: ¿qué voy a hacer ahora? La respuesta fue clara. Primero descansar, sobre todo mentalmente. Después de 40 años, era lo que realmente necesitaba. Se dedicó a hacer deportes, andar en bicicleta, caminar y estar en contacto con la naturaleza, siempre con el objetivo de realizar una “limpieza mental y física”.

Esa limpieza también le sirvió para terminar de sanar un estado depresivo que atravesó y superó siendo más joven, vinculado a un problema familiar.

Recientemente, otro hecho llegó a la vida de Miriam para movilizarla profundamente, a ella y a su familia: una situación de salud de su hija que, gracias a Dios y a los médicos, hoy está superada. Pero fue brutal. Aprendieron de Andrea, que les dio a todos una lección de vida. Nunca se dejó abatir y salió adelante. Miriam habla con admiración de la entereza y la actitud con que su hija encaró, enfrentó y superó lo que le tocó vivir. Personalmente, para mí, fue un aprendizaje escucharla.

Antes de jubilarse ya había incursionado en el carnaval, invitada por una compañera de trabajo que bailaba en Afrocan. Esa compañera iba con sus dos hijos. En esos años, Gerardo Díaz era director de la comparsa y ella aceptó. Participó como bailarina haciendo de dama afro. En esa oportunidad salió junto a su hijo Sebastián, que era tamborilero.

Se integró y fue un despertar a algo inexplicable, pero muy especial. “Cuando oía el sonar de los tambores, todo vibraba en mí. Me llevaba a un estado de alegría, de pasión, de gozo”. Descubrió que esa alegría podía transmitirse al público y que el público la recibía de la misma manera. “En especial los niños y la gente con capacidades diferentes. Yo sentía algo muy especial cuando veía niños o personas en silla de ruedas. Me acercaba, les bailaba y veía su felicidad. En la comparsa había familias y éramos como una gran familia”.

Cuando su mamá se enferma, suspende las actividades de carnaval. No le daban los tiempos: trabajar, atender a su madre, y su hijo todavía adolescente, menor de edad.

Después del fallecimiento de su mamá, se reintegra como bailarina en Mandela. A su madre le encantaba verla bailar, la apoyaba porque sabía que le hacía bien, que la hacía feliz. Incluso la alentaba si tenía que comprarse algo: collares o lo que fuera.

Luego pasó por Lonjas del Varona, donde comenzó llevando el símbolo de la media luna. Tuvo un pasaje por Kimbundu, con la estrella, y más tarde volvió a Afrocan, donde llevaba el símbolo de la estrella, hasta las Llamadas de Durazno.

Casi se olvida de contarme algo muy importante. En febrero de 2025, en las llamadas de Durazno, Afrocan obtuvo el primer premio en símbolos con los tres: dos estrellas y la medialuna. Ella llevaba una de las estrellas y se siente muy orgullosa y feliz por ello. También ocurrió lo mismo en la llamadas en Sarandí Grande.

Me cuenta: “Los símbolos tienen una historia. Los esclavos hacían sus rituales y danzas, iluminados por las estrellas y la luna; de ahí el significado de los símbolos en la comparsa. Cada cosa que uno ve en la comparsa tiene un significado”.

Llevar los símbolos significa para Miriam algo muy especial. Siente que está iluminando a aquellos esclavos, que los está honrando. Se transforma. Lo vive intensamente. Desde que empieza hasta que termina se olvida de todo: no hay enfermedades, no hay problemas. Solo existe el entorno de la comparsa y las caras de felicidad del público. Transmite una parte de ella para que la gente lo sienta tan intensamente como lo siente ella. Ver la sonrisa en los rostros del público es un estímulo para seguir adelante; la llena de felicidad.

Sigue realizando actividades al aire libre y de movimiento por su salud mental y física. No es de leer mucho, pero de vez en cuando toma un libro, sobre todo de meditación. Mira documentales; informativos, nada, cero. Le gusta pasear por las avenidas, especialmente la Frugoni donde camina a diario. La Churchill le gusta por la belleza natural de sus árboles, el Parque de la Hispanidad, buscar lo verde. La playa.

Sus sueños son viajar: primero conocer lugares del Uruguay que aún no conoce y luego ir más lejos, playas “onda Caribe”.

Cree que no hay edad para cumplir los sueños, que no se debe aceptar un “no” de nadie. Que nadie está limitado para realizar lo que le gusta si se mentaliza en que puede lograrlo. Y que muchas veces, realizando una actividad que a uno le gusta, con alegría, entusiasmo y dedicación, incluso una enfermedad puede curarse, especialmente las vinculadas a la salud mental y, ¿por qué no?, también las físicas.