Salomé González Lemos, de 44 años, es hija de Yolanda Lemos y hermana de Marcos. Está casada con Rubén Barnech, un ariano más o menos igual que ella de temperamento, dice y se ríe. “Mi signo no me ayuda mucho, cuesta sacarme, pero cuando lo logran, se enteran”.
Por Anabela Prieto Zarza
Es mamá de cuatro hijos: Thiago (28), Lucas (24), Romina (20) y Victoria (5).
Creció en el barrio La Amarilla, concurrió a la Escuela Nº 7 e hizo el ciclo básico en UTU, con la opción de corte y confección, profesión que abrazó durante toda su vida.
A los 17 años debió comenzar a trabajar. Lo hizo como modista, primero en su casa, atendiendo a vecinos y a amigos que se enteraban por el boca a boca, gracias a lo cual tuvo la mejor clientela. También trabajó para una persona que tenía tienda.
En determinado momento quedó sola con los tres hijos mayores y necesitaba contar con ingresos fijos para mantener su casa: alquiler, luz, agua, “mantener los gurises”. Consiguió trabajo en el Vivero Altos del Yí, donde estuvo cinco años.
El vivero está ubicado entre Frigo Cerro y Frigo Yí. “El primer día me tocó ir y volver caminando”. En el vivero se trabajaba con plantines de eucaliptus para la forestación: se mejoraba la genética y se utilizaban sistemas de riego avanzados, de origen israelí. Trabajaban hombres y mujeres; ellas eran muy valoradas por la delicadeza para tratar las plantas, los hombres trabajaban más con el riego. Cuando la necesidad impera, se acepta cualquier desafío. Iba y volvía a pie.
Después de un mes, ya los trabajadores de Frigo Yí la conocían y la llevaban hasta la puerta del vivero. Igual, hasta el predio era un tirón, pero mucho más aliviado. Al salir de trabajar pasaba lo mismo: muchas veces conseguía volada y, si no, regresaba caminando.
Luego volvió a dedicarse solo a las costuras. Confecciona, corta, cose y repara. Vestidos de fiesta, novias, hace de todo.
PARA CONTACTARLA COMO MODISTA: 092 298 608
El vínculo con el carnaval lo establece desde jovencita: con 14 años salía con Imperio Lubolo, del Ratón Ayala. Cuando forma pareja con el padre de sus tres hijos mayores, deja de salir.
Con el tiempo comienza a retomar las riendas de su vida y sale en Afrocan, donde estuvo diez años. La pareja se separa y más se afirma en hacer lo que le gusta. Fue rumbera (es la que va más vestidita, me explica), después fue destaque (la que va antes de las vedettes), ha salido con los símbolos (la estrella y la luna) y ahora integra la gramilla, es Mama Vieja. Pasó por Lonjas del Varona, Kimbundú y ahora volvió a Afrocan.
Además de integrar las comparsas, cumple un rol muy importante: es modista. Con Afrocan trabaja desde hace 17 años. Este año, además, suma a Mandela y a Lonjas de Inve, de Montevideo.
Con esta actividad trabaja casi todo el año. En junio recibe los diseños, las telas, todo el material necesario para la confección de los trajes. Para la prueba de admisión confecciona la gramilla y el cuerpo de baile. Para las Llamadas hace todo: banderas, vestuarios de la cuerda, de la gramilla, del cuerpo de baile, símbolos, de todos los integrantes. Le digo que es mucha gente y, riendo, me dice… “Sí, de los 150 integrantes”.
Es un trabajo que le encanta, como le gusta su profesión, de la que ha vivido toda su vida. Pero salir en las comparsas, integrarlas, es algo que le apasiona. Viene de sus raíces, sus tías salieron todas. “Mi familia es candombera, mujeres y varones participan en distintos roles y todos en diferentes comparsas. La gurisada es quizá la que se está quedando un poco, pero aún hay gurises en la familia a los que les gusta, como Victoria”.
En términos generales hay armonía en las comparsas, sana competencia, aunque a veces algo se pica el día que actúan los jurados, pero terminado el momento todo desaparece. La competencia es el día de las Llamadas. Se invierte mucho para ese momento: tiempo, esfuerzo, creatividad, ensayos y mucho dinero
en trajes, tambores, pinturas, todo. En realidad, con los premios a veces ni se cubren los gastos realizados. Todos aportan, hacen beneficios, porque cada vez es más exigente la presentación de las comparsas.
Salomé es una mujer de gustos sencillos, disfruta de sentarse a tomar mate, dice riendo. Pero también le gusta hacer macetas con botellas; es una forma de contribuir a preservar el medio ambiente. Dice que le quedan lindas. “Yo hago las macetas, Romina se encarga de las plantas. Tiene mano; a mí se me mueren enseguida”. Los domingos le gusta mirar alguna película o serie.
Su sueño desde siempre es tener una mercería. Quizá, asociado a su profesión, a estar todo el tiempo entre costuras, fuera campo fértil para que ese sueño naciera y, por qué no, algún día sea una realidad.
Cuando le pregunto si quiere dejar un mensaje, me contesta con una anécdota bien gráfica:
“En un corte general de luz, estaba con mis hijos más grandes; era un momento difícil, pasábamos por muchas carencias, sin luz, con velas y comiendo arroz. Hoy nos reímos de aquel momento, miramos atrás y todos nos sentimos fortalecidos. Pudimos entonces, podremos siempre. Aprendí que sola puedo con lo que quiera y eso les transmití a mis hijos. Tienen que ser independientes. Fue algo que aprendí de mi madre, que fue madre y padre, nos dio educación, estudios y valores. Eso hago con mis hijos”.
