Nancy se percibe como una mujer carismática, alegre, confiable.

Nancy Mabel Aizpun Meney, de 69 años, es hija de Rosa Meney y de Martín Aizpun. Tiene un hermano, Nelson Martín, ya fallecido. Está casada con Luis Atilio Acosta Machín desde hace 47 años. Es mamá de Luis Humberto (46) y Mauricio Javier (42), y abuela de cinco nietos: Maite (20), Aylen (18), Matías (11), Eithan (8) y Ciro (5).

Por Anabela Prieto Zarza

Nació en el Barrio Varona. A los 5 años la familia se mudó a la calle Arrospide, entre 19 de Abril y Lavalleja. Concurrió a la Escuela Nº 2: “la más linda, la más hermosa; hasta ahora paso por la escuela y me encanta. Mis dos hijos fueron a esa escuela”, nos dice. Luego estudió en el Rubino hasta 4º año.

A Luis lo conocía del barrio. Ella lo miraba… y él no. A los 17 años empezaron a verse medio a escondidas porque no la dejaban tener novio. Se veían cuando podían; Luis vivía en Feliciano y venía cada tanto al pueblo. Cuando él andaba por ahí, Nancy inventaba excusas para ir al almacén: demoraba 15 minutos y mentía diciendo que estaba lleno.

Después de dos años de encuentros secretos, él empezó a visitarla en la casa, aunque nunca solos. Las visitas eran jueves y domingos, en horarios estrictos, que a veces se extendían un poquito en consideración de que “el hombre era de campaña”.

La madre de Nancy había sufrido una hemiplejia cuando ella tenía 9 años. Al principio podían pagar a una señora que la asistiera, pero luego también se enfermó su padre y Nancy tuvo que hacerse cargo de todo: bañaba a su mamá, atendía la casa y aprendió a cocinar. Con un tacho al borde de la cama, su madre le enseñaba cómo hacer un guiso.

Por eso, durante las visitas de Luis, la madre siempre estaba allí, sentadita con ellos.

Cuando decidieron casarse, no querían fiesta: soñaban con un viajecito de 3 días a Colonia, que en aquella época implicaba ir primero a Montevideo. Pero una vecina, Teresita Sappia de Castro (madrina de su hijo mayor), insistió en que tenían que hacer algo. Ella regaló la torta; los familiares llevaron unas pizzas; el suegro trajo un cordero de campaña; y hasta los vecinos prestaron sillas. Así tuvieron “su fiestita”. Fue increíble.

Para evitar gastar en hotel una tía les prestó su apartamento para pasar la primera noche en Montevideo. Al otro día seguirían en tren hacia Colonia.

Tres anécdotas inolvidables de esa noche y ese viaje: Un vecino de la tía, que sabía que ella no estaba, sintió “ruidos” y golpeó para asegurarse de que todo estuviera bien. “Qué vergüenza”, dice Nancy riéndose. Al día siguiente no encontraban la llave; miraron afuera y no estaba. Daniel, el vecino, apareció diciendo: “¿Buscan esto?”. Querían desaparecer.

Ninguno de los dos tomaba, pero llevaban una botella de Martini para festejar en Colonia. En el ómnibus rumbo a la estación, Nancy engancha el taco del zapato y se cae. La botella se rompe en la valija y la ropa queda impregnada en alcohol. Perdieron el tren y se tuvieron que ir en la Onda. Estuvieron un día en Colonia y se volvieron en tren y completaron la semana de luna de miel, en Montevideo. Hoy esas historias son parte de las anécdotas jocosas de las mesas familiares.

Pero también guarda otros recuerdos hermosos: esa noche de boda, su marido la entró en brazos al apartamento. Nunca lo había imaginado, “un hombre de afuera”. Y Nancy llevó el juego de sábanas que había bordado. Otros tiempos, gestos de amor que atesoran.

Hizo un curso de dactilografía y se recibió de profesora. Dio clases un tiempo y tuvo un canje de revistas en su casa, estantes hechos con cañas de tacuara que le hizo el esposo. Cuando los vecinos no encontraban revistas nuevas, ella iba a lo “del Ciro” y cambiaba todo. Con esos pesos compraban la leche. Con esos valores criaron a sus hijos, a quienes siempre les piden que nunca olviden de dónde vienen. Están orgullosos de ellos por lo que son.

Más adelante entró como limpiadora en la Farmacia San Pedro. Durante 4 años trabajó 2 horas por día. Dejaba a los niños en el Consejo del Niño hasta que empezaron la escuela. Los llevaba en cochecito, tapados con nylon cuando llovía; el papá los iba a buscar.

Cuando nació el mayor, a los 42 días falleció la madre de Nancy. Además del dolor, faltaron los ingresos que cobraba. Luis trabajaba afuera, en changas, como tropero y en la esquila, donde repuntaban un poco. Pagaban alquiler y muchas veces andaban cortos. Después de limpiar la farmacia, Nancy iba al comedor municipal, en la Plaza Artigas, lo esperaba a Luis y almorzaban allí. Los niños se alimentaban en la Escuela y en el Consejo del Niño. La leche que le daban en el comedor se la llevaban para la casa para darle la merienda a los niños.

Las cosas empezaron a mejorar. En la farmacia la pasaron al mostrador, lo que le significó un aumento de sueldo y la calidad de trabajo. Trabajó allí 17 años y obtuvo el título de idónea, otorgado por la química Perla Beriao. Con esfuerzo juntaron para comprar la casa propia. Lo lograron y aún la siguen arreglando. El alquiler no la dejaba dormir.

Más tarde ingresó al Super 18 como limpiadora, pero rápidamente comenzó a cubrir otros puestos, todos, menos cajera: góndola, bolsos, fiambrería… todo.

Los hijos crecieron e hicieron su camino. Luis Humberto se recibió de oficial de policía y Mauricio Javier ingresó en la Fuerza Aérea. Pero la vida le tenía reservado un golpe durísimo.

Mauricio conoció a una chica de Melo, formaron pareja y vinieron a vivir a la casa paterna. Todo iba bien. Laura ansiaba ser mamá; era amorosa, pero no podía quedar embarazada. Después de un tiempo, lo logró. Nancy percibió que algo no estaba bien: habló con los profesionales y avisó a su hijo que era un embarazo de riesgo. La pareja decidió seguir adelante. Nancy dejó su trabajo en el super para estar disponible. Trabajó hasta el 31 de diciembre.

El 4 de enero fueron al control en el Hospital; Nancy la acompañó. La presión de Laura estaba altísima. No se sentía a la bebé. Hablaron con el médico tratante en CAMEDUR, quien indicó llevarla de inmediato para hacerle estudios. La niña estaba bien. Regresaron al Hospital para una cesárea después de bajarle la presión. Salvaron a la niña, pero la mamá quedó en la mesa. Fue lo peor que le pasó a Nancy: sostener a su hijo desesperado. A los 50 años tuvo que reinventarse: ser mamá nuevamente, y Luis, papá otra vez. Tuvieron que empezar de nuevo, sostener al hijo que apenas tenía 24 años y al que le costó mucho superar lo vivido.

Aylen vivió hasta los 4 años con los abuelos. Luego se fue con su papá y su nueva pareja. Vivió momentos difíciles. La llevaron a Montevideo. Los abuelos paternos y la abuela materna podían hablar con ella por teléfono una vez a la semana, cuando estaba en la escuela. De vez en cuando viajaban a verla por un ratito. Hoy todo aquello quedó atrás. Aylen volvió a Durazno y con los abuelos. Fue increíble: obtuvo excelentes notas en el Liceo. Hoy estudia Psicología.

Nancy siempre tomaba su licencia en febrero, para carnaval, para llevar a los hijos que tocaban el tambor en la escuelita de Afrocan. Primero el mayor, y el chico iba “en la panza”. Con el Bocha González, Luis Acosta y sus esposas, entre otros carnavaleros, llevaron adelante la Escuelita.

Nancy comenzó a salir de Mama Vieja y Luis de Gramillero. Lo hicieron por más de 30 años. Para que ocurriera algo muy importante para la familia, ella dejó de salir durante 4 años. Valió la pena: lo que quería que pasara… pasó.

Volvieron a salir, pero ya estaban más grandes y con algunas nanas, sobre todo Nancy, así que decidieron retirarse. En honor a esa etapa, se tatuó en el antebrazo, casi en la muñeca, una galera y un abanico. Aylen, su nieta, se tatuó lo mismo para homenajearlos.

Con AFROCAN ganaron varios premios. Participaron en el Festival Nacional de Folklore. También hacían eventos, casamientos, cumpleaños y reuniones. Iba una cuerda de tambores, un par de bailarinas y ellos dos. Lo recaudado era para la comparsa. Ellos lo hacían por amor al arte y para sostener la operativa. Ese es el amor a la comparsa: trabajar, hacer beneficios, coser, pintar, cargar tambores, colaborar en lo que se precise… y durante todo el año.

En sus tiempos libres le gusta hacer crochet. Me muestra tejidos hechos con hilo y otros con bolsas de naylon camiseta. Son más baratas y buenas para el medio ambiente. Lo hace por distracción: “cuando tengo la cabeza medio enredada, me ayuda”. Le encantan las plantas. “No sé si te diste cuenta”, me dice

riendo. Sí, me di cuenta: tiene cantidad de plantas, de todos los tamaños y en todos lados; todas exuberantes y hermosas.

Cree que nunca se deben bajar los brazos. Que las cosas, por duras que sean, se pueden solucionar si se tiene fe. Hoy siente que lo feo quedó atrás. Tiene los vínculos reconstruidos. Puede juntar a la familia. Y con eso… es feliz.