El código QR pasó en pocos años de ser una curiosidad tecnológica a convertirse en una herramienta habitual en la vida diaria.Presente en comercios, trámites, eventos y servicios, transformó la forma de acceder a información, realizar pagos y vincular el mundo físico con el digital.
Hace no tanto tiempo, la información se entregaba en papel. Cartas de restaurantes, folletos, formularios, entradas impresas o comprobantes eran parte natural de la vida cotidiana. Hoy, en muchos de esos mismos lugares, la escena es otra: un pequeño cuadrado blanco y negro invita a apuntar la cámara y acceder a todo desde una pantalla.
El código QR —respuesta rápida, por sus siglas en inglés— se volvió una puerta de entrada a múltiples servicios. En bares y restaurantes reemplazó las cartas tradicionales. En espectáculos y eventos, sustituyó las entradas físicas. En comercios, permite conocer promociones, ver catálogos o realizar pagos sin efectivo. Incluso en oficinas públicas y centros de salud, aparece como una forma rápida de completar formularios o acceder a turnos e información.
Su expansión se aceleró en los últimos años, en parte por la necesidad de reducir el contacto con superficies durante la pandemia. Pero una vez instalado, su uso continuó creciendo por una razón simple: resulta práctico, rápido y económico. Para quienes lo implementan, significa menos impresiones y la posibilidad de actualizar contenidos sin volver a producir material. Para los usuarios, representa acceso inmediato y sin intermediarios.
La presencia del QR también se extendió a la vida cotidiana en otros ámbitos. En productos del supermercado, permite conocer el origen o las características de lo que se compra. En el turismo, aparece en monumentos, museos o espacios públicos para ofrecer información histórica o recorridos guiados. En la educación, facilita el acceso a materiales complementarios. En el trabajo, sirve para compartir contactos, documentos o ubicaciones con un simple escaneo.
Este pequeño código funciona como un puente entre dos mundos: el físico y el digital. Un cartel ya no necesita explicar demasiado; el detalle está en línea. Un envase no debe contener toda la información; el contenido se amplía en internet. La lógica cambió: el papel muestra lo esencial, lo demás se consulta.
Sin embargo, esta transformación también plantea nuevos desafíos. El acceso depende de contar con un dispositivo, conexión y cierto manejo tecnológico. Para algunas personas, especialmente adultos mayores o quienes no utilizan herramientas digitales con frecuencia, la desaparición del papel puede convertirse en una barrera. Lo que para muchos es comodidad, para otros implica una dificultad.
También aparece una nueva dependencia: si no hay señal, batería o conexión, el acceso se interrumpe. Un menú, una entrada o un formulario pueden quedar fuera de alcance por un problema técnico mínimo. La inmediatez, que es su mayor ventaja, también se vuelve su punto débil.
Aun así, el QR se consolidó como una de las tecnologías más visibles y silenciosas de los últimos tiempos. No hace ruido, no ocupa espacio y casi pasa desapercibido, pero cambió hábitos en comercios, instituciones y espacios públicos.
Hoy, ese pequeño cuadrado forma parte del paisaje cotidiano. Ya no sorprende ni llama la atención. Simplemente está ahí, esperando que alguien acerque la cámara.
Porque, cada vez más, la información no se entrega: se escanea.
