MARÍA CRISTINA GULARTE CASTILLO, de 54 años, es hija de Beba Iris Gloria Castillo, ama de casa, y de César Gularte. Son seis hermanos: cinco mujeres y un varón.
Por Anabela Prieto Zarza
Su esposo, Gerardo Díaz, falleció hace un tiempo, siendo uno de los golpes más duros de su vida.
Es mamá de Luis Alberto Díaz (37), Verónica Díaz (33) y Silvana Díaz (31), quienes, a pesar de llevar el apellido Díaz, no son hijos biológicos de Gerardo, aunque sí hijos del corazón, ya que se criaron con él desde muy chiquitos. Además, y lo dice con mucho amor, es abuela de tres nietos: dos niñas y un varón.
Su infancia transcurrió en la campaña, en Caballero. Asistió a la Escuela Nº 67 hasta quinto año. Su papá era policía y, al ser trasladado, la familia se vino para Durazno. Cristina cursó sexto año en la Escuela Nº 11 de Santa Bernardina, barrio en el que vivieron durante muchos años.
Realizó talleres de envasado, repostería y costura en Köping. En la UTU estudió peluquería, depilación y maquillaje.
Trabajó muchos años en el servicio doméstico, complementando su actividad laboral con peluquería y manicuría a domicilio. Cuando sus hijos ya estaban grandes, independientes y viviendo cada uno en su casa, decidió cerrar un capítulo que tenía pendiente: completó todo el liceo, de primero a sexto año.
Junto a Gerardo, que fue un verdadero padre para sus hijos, lograron conformar una familia donde las charlas y las sobremesas eran largas, y se hablaba de todos los temas.
Lo conoció en un tablado. Se conocían de vista, pero nunca habían hablado. Ese tablado estaba ubicado cerca de la reductora de OSE, sobre la calle Batlle. Aquella noche la charla duró horas. Verónica, su hija mayor, era chiquita y le decía: “vamos mamá”. Primero nació una amistad, luego se convirtió en algo más: llegó el amor y la construcción de una familia que se mantuvo hasta el último día, cuando, de forma sorpresiva, Gerardo partió a otro plano.
A Cristina siempre le gustó el carnaval, como espectadora. Pero fue Gerardo quien la invitó a la comparsa, y así comenzó a bailar. Fue bailarina, rumbera y vedette. No paró más hasta el día de hoy, porque entiende que el candombe es un movimiento cultural de nuestro país y, en especial, de Durazno. Gerardo le enseñó a amar y a expresar esa cultura, a trabajar para que Durazno no pierda los logros alcanzados en ese camino. Hoy sigue bailando como vedette.
Actualmente tiene una academia de modelaje. Comenzó ella misma modelando, pero hoy se dedica a enseñar. Trabaja con personas de todas las edades, a partir de los 6 años, sin límite de edad y de ambos sexos.
Ha ganado premios tanto en el modelaje como en el candombe. Viajó a Ecuador con la escuela de modelaje MyM, donde debían llevar una demostración de la cultura duraznense. Eligió el
candombe y regresó con el primer premio. Lo recibió profundamente emocionada, porque nunca se lo había imaginado.
En octubre recibió en el Hotel Radisson de Montevideo la Gaviota de Plata, un premio que llega desde Argentina para distinguir trayectorias en Montevideo. Fue elegida por una madrina, en reconocimiento a su trabajo en el destaque y difusión de la cultura del candombe.
Emocionada, cuenta cómo la muerte de Gerardo la marcó. Si bien, con el tiempo, va superando el dolor, reconoce que cuesta mucho, porque duele, sobre todo por lo sorpresivo. Eran amigos, amantes y compañeros. Su partida fue una gran enseñanza y provocó en ella un cambio de 180 grados: hay que vivir disfrutando la vida, haciendo cosas. Hace cuatro años que no para.
En sus tiempos libres le gusta ir al teatro, salir a correr y hacer gimnasia, actividades que le liberan la mente por un momento y la hacen volver renovada. Le encanta estar con Owen, su nieto más chiquito, de 4 años. Es su hombrecito.
Está ayudando a una comparsa de chicos que recién está comenzando a formarse. Integra el Rotary Club Durazno, institución que la ha ayudado mucho, le ha permitido socializar y volcar su vocación de servicio a través de obras para la comunidad.
Consultada sobre si tiene sueños por cumplir, responde que siempre hay sueños, siempre alguno queda. Hoy lucha por la cultura candombera y sueña con armar la Casa o Museo del Candombe en Durazno, un espacio donde todas las comparsas puedan exponer sus trajes, fotos y lo que deseen. Un lugar que promueva el turismo y sea un atractivo más para conocer Durazno.
Cree firmemente que las mujeres deben luchar por sus sueños, que no deben quedarse en casa pensando que no pueden. Que hay que buscar ayuda, porque con ayuda siempre se puede: hablando con otros, buscando el lado positivo de las cosas.
“Cuando las mujeres se juntan, se pueden hacer muchas cosas. No esperen a estar postradas en una silla de ruedas o en una cama para reprocharse no haber hecho cosas cuando podían. Hay que aprovechar el momento en que llegan las oportunidades y lanzarse. Hacerlo”.
