“sueña todos los días con ver su familia reunida y unida”
Martha Vivien Alvez Sosa es hija de Juan Francisco (uno de los fundadores de Blanquillo) y de Antonia Secundina. Tuvieron 11 hijos, sobrevivieron 8; Martha es la 5ta. A medida que se iba construyendo la vía férrea hacia el 329, el padre iba armando un ranchito móvil en el que vivían y comercializaban productos de ramos generales a los trabajadores de la vía.
Por Anabela Prieto Zarza
Así fue que se radicaron en Blanquillo, donde el padre construyó la casa, con el techo mitad de paja y mitad de chapa. Por eso le empezaron a decir “el loco del medio y medio”. Y ellos eran los hijos del loco del medio y medio. El pueblo se funda el 6 de diciembre de 1939; los padres se casan el 25 de diciembre de ese mismo año.
“Mi madre era una mujer impresionante, un pedazo del cielo caído en la tierra, con su sapiencia, todo lo que nos enseñaba aquella mujer que había sido peoncito de estancia. Mi padre tenía comercio en Blanquillo, frente a la estación, y se llamaba Medio y Medio”.
“La Martha que yo conozco fue varón cuando niña, porque papá quería un varón. Me vestía de varón, yo viajaba con él para todos lados. Él y todo Blanquillo me decían El Negrito. No me traumó. Después fui una ratona de biblioteca y, cuando vine a vivir a Durazno para hacer 6º de escuela, me negué a seguir siendo varón. Papá me hablaba, me decía Negrito y yo lo quedaba mirando y no le hacía caso. Ahí se terminó mi época de varón.”
Hizo la escuela parte en el pueblo y parte en una escuela que estaba alejada. Los llevaban y traían en los camiones de caolín. Cuando los hermanos van a entrar al liceo, se vienen a Durazno; ella hizo 6º de escuela en la 2. El padre había concursado para un puesto en la Caja Rural y ganó. Era una oportunidad para mejorar la calidad de vida y ofrecerles estudios secundarios a sus hijos.
Martha soñaba con ser química, pasión que despertó la maestra Ema Godoy de Vidal, que vivía haciendo experimentos sobre ciencias. Pero eran muchos hermanos para estudiar. La ida a Montevideo quedó postergada. Se pone a estudiar francés en la Alianza.
Los compañeros del barrio la invitan a ingresar a Magisterio. Ella no quería ir al “Paseo Colón (de los que tienen perdida la fe)”. No quería ser maestra. Pero le piden que se inscriba porque se necesitaba completar un cupo para que se oficializara la carrera en Durazno.
Fue pensando que iba de relleno, pero el relleno fue para su alma: encontró su vocación, el magisterio llenó su vida.
Dio libre todas las materias de preparatorio de primer año. Se despertó en ella el eros pedagógico y concluyó la carrera con muy buena calificación: “dice al menos el carné que tengo por ahí”. Estudiando Magisterio conoció a Anselmo Luis, quien además del amor de su vida fue su compañero y padre de sus 5 hijos: Anselmo (55), Antonio (52), Marcelo (49), Leonela (37) y Facundo (34). Tiene 12 nietos: 10 biológicos y dos del corazón. Habla de su familia integrada, y me muestra un cartel que dice “el amor no muere”, y hace referencia a que se va lo físico, pero lo espiritual, el alma, queda.
Trabajó en una escuela rural durante 2 años. Era medio escandaloso que su novio la fuera a visitar a la escuela, entonces le propuso matrimonio y él aceptó. Se vino a Durazno ya casada y con un niño. El primer año trabaja en la Escuela 9 y dicta Biología en Secundaria. La mayor parte de su actividad docente transcurre en “la escuela de la Universidad de la Amarilla”, se refiere a la Escuela N.° 7. Se titula como profesora en el año 1982. En el 89 deja primaria por problemas de salud. Sigue solo con educación secundaria. Más adelante accedió, por concurso, al cargo de ayudante de laboratorio. Viajó por distintos departamentos como formadora en ciencias de maestros.
De su vida docente rescata el respeto de sus alumnos y su reconocimiento. “Hoy me ven en la calle y me saludan. Cuando iba a las Llamadas en Montevideo me gritaban ‘profe, profe’. A veces no los reconozco, pero se me presentan y los recuerdo, y me genera una emoción muy grande.” Además de profesora fue consejera, compañía, tutora, amiga.
También guarda gratos recuerdos de sus compañeros maestros y profesores, con muchos de los cuales se reúne periódicamente. Con muchos se crearon lazos de amistad.
Paralelo a la docencia, “surgió en mí la necesidad de bailar candombe”. En el 97 bailó por primera vez en las Llamadas de Durazno. Su presencia generó distintas reacciones: para algunos, alegría, y la felicitaban; para otros, cara larga, porque no aceptaban que una docente estuviera integrando una comparsa.
Lo más importante de todo fue el reconocimiento de su familia hacia ella. Con su hermana Antonia armaron su primer traje de un día para otro: “una blusa blanca con vuelos que era de mi hermana y una falda blanca, un turbante de colores que todavía tengo”. Sin ensayar, sin practicar, logró hacer todo el circuito. “El sonido del tambor provoca que te brote una fuerza interior que te hace poder con todo, no sentís cansancio, nada. Solo se experimenta alegría; uno se transforma, soy otra Martha.”
El esposo apoyaba; los hijos, los varones, llevaban bandera de las comparsas, y a los más chicos les puso algo característico de carnaval y los llevaba con ella. La acompañaron.
Recordando cómo fue el ingreso a la comparsa, me cuenta: “Fui de tarde y le pregunté al Ratón Ayala si podría salir a bailar al día siguiente. El Ratón me dice que sí y me pregunta si precisaba algo. Le dije que no. Al otro día me presento sin saber nada, sin saber quién iba a integrar la gramilla conmigo. Para mi sorpresa, fue un muchacho que había sido alumno mío en la Escuela 9. Después tuve la suerte de bailar con mi esposo, mis hijos Antonio y Marcelo. Fui feliz bailando en la comparsa. Bailando, soy todas las personas que fui en mi vida, juntas.”
En el 99 la vinieron a invitar para Afrocan. Fue más organizada la cosa; recibieron clases de Canela. Tuvo un feeling muy especial con Canela, ambos eran del 4 de setiembre. Le tomó muchas ideas; aprendió mucho, por ejemplo, cómo hacer un abanico de verdad, que aguantara todo el baile. Tiene uno por cada año que desfiló; pasaba un mes construyéndolos ella misma con las recomendaciones de Canela. Los tiene a buen resguardo y a la vista: me los muestra. Son hermosos, de varillas de madera y coloridos. Me muestra además una fotografía que le sacó Daniel Núñez, cuyo original se presentó en una galería en Italia y quedó expuesta en dicha galería.
Con su esposo coleccionaron puntas de flechas, rompecabezas, boleadoras, sobadoras, punzones. Me muestra una que se pega a un imán y me explica que en nuestro suelo hay mucho hierro. Antes pensaba en viajar, pero decidió que no era su meta. Ama estar en su casa, es casera, muy casera.
“Sueño con lo que no puedo hacer, porque apenas camino y apenas veo. Había hecho un stock de libros para cuando me jubilara y no he podido leer nada. Mi compañero marchó; uso su bastón hecho por él, de madera de naranjo. Sueño con mi querido Nacional y ver armada siempre la comparsa que amo: Afrocan.”
Nos deja un mensaje, que parece simple, pero que no lo es: “buscar la felicidad en todo momento.”
