La radiación del sol actúa sobre la piel de forma acumulativa a lo largo de toda la vida. No solo en verano o en la playa: incluso exposiciones cotidianas pueden generar daños que aparecen con el paso de los años.
La radiación ultravioleta del sol es uno de los principales factores de daño sobre la piel. Su efecto no siempre es inmediato: actúa de manera progresiva, alterando las células cutáneas y acumulando lesiones que pueden manifestarse años después.
La mayor parte del daño solar no ocurre en exposiciones intensas y aisladas, sino en la repetición diaria. Caminar, trabajar al aire libre, hacer deporte o realizar actividades cotidianas sin protección suficiente suma radiación que el cuerpo va registrando. Con el tiempo, ese efecto se traduce en envejecimiento prematuro, manchas persistentes y un aumento del riesgo de cáncer de piel.
Existen distintos tipos de cáncer de piel asociados a la exposición solar.
El carcinoma basocelular es el más frecuente y suele desarrollarse en zonas expuestas como rostro, cuello y manos. El carcinoma espinocelular también está directamente relacionado con la radiación ultravioleta y puede avanzar si no se trata a tiempo. El melanoma, aunque menos común, es el más agresivo y concentra la mayor parte de las muertes por cáncer de piel.
Diversos estudios científicos han demostrado que la radiación ultravioleta daña el ADN de las células cutáneas. Cuando ese daño se acumula y los mecanismos de reparación fallan, pueden aparecer lesiones precancerosas o tumores malignos. Por eso, el sol es considerado un agente carcinógeno comprobado.
La exposición durante la infancia y la adolescencia es especialmente relevante. Las quemaduras solares en etapas tempranas generan un daño celular profundo y aumentan de forma significativa el riesgo de desarrollar melanoma en la adultez. Aunque las consecuencias no sean inmediatas, la piel conserva ese daño a lo largo de la vida.
Otro punto clave es que el riesgo no depende únicamente del calor. La radiación ultravioleta atraviesa las nubes y se refleja en superficies como el agua, la arena o el cemento. Por eso, incluso en días nublados o frescos, la piel sigue recibiendo radiación.
Cuidarse del sol no implica evitarlo por completo, sino comprender cómo actúa y reducir la exposición innecesaria. Incorporar hábitos de protección de manera constante es una de las formas más simples y efectivas de prevenir daños graves en la piel a largo plazo.
