Graciela Margarita Morgantini Zanetti, descendiente de italianos directos, de 86 años, es hija única de Alizzardo Ylio y Margarita. Sus padres ya eran grandes cuando ella nació, por lo que fue muy mimosa y consentida. Además, era la menor entre todas las nietas y sobrinas: la más chica de toda la familia.
Por Anabela Prieto Zarza
Durante 70 años compartió su vida con Juan Antonio Acuña: dos años y medio de noviazgo y el resto de matrimonio. “Un excelente esposo y un profesional de primera línea”, dice orgullosa. Juan era Ingeniero Agrónomo.
Es mamá de Mónica, veterinaria, y Javier, Ingeniero Agrónomo; y abuela de siete nietos (un varón y seis mujeres), todos adorables, estudiosos y trabajadores. “Soy una abuela feliz”.
Álvaro y Magdalena, sus hijos políticos, están siempre presentes en su vida. Los quiere mucho, tanto como si fueran hijos propios. Y agrega, con alegría: “Y lo más lindo es que voy a ser bisabuela en febrero”.
Mónica y Álvaro son padres de Camila, nutricionista; Agustina, abogada y escribana; Valentina y Bianca, estudiantes.
Javier y Magdalena son los padres de Juan Matías, cuarta generación del apellido Acuña por la línea paterna y tercera generación de la profesión, ya que también es Ingeniero Agrónomo; María Noel, Ingeniera en Alimentos; y Alfonsina, médica.
Graciela ha sido una abuela muy presente en la vida de sus nietos. Dice que en general se lleva bien con personas de todas las edades, pero mucho mejor con los jóvenes. Es una mujer de espíritu inquieto, abierta, empática, de temperamento firme e ideas claras.
Nació en Montevideo y su infancia transcurrió en el barrio Punta Carretas, en la zona de 21 y Ellauri. Se casó muy joven, a los 19 años.
A los 16 tomaba clases de piano y, para concurrir, pasaba por la puerta de la casa de un cuñado de un primo suyo. Ese joven tenía un compañero de estudios: era Juan. Comenzaron a conversar, a tomar el té en esa casa, y se pusieron de novios el 9 de mayo de ese año. Juan fue muy bien recibido por sus padres, tíos y toda la familia. Las visitas eran en su casa, como exigían las buenas costumbres de la época.
Con 19 años Graciela y con 28 Juan, contrajeron matrimonio. Dos días antes de la boda quisieron ir al cine Biarritz a ver una película. Quedaba frente a la casa de Graciela. Fueron… pero no solos: Margarita, su mamá, los acompañó.
En 1958 la joven familia se trasladó a Durazno, a vivir al campo, en Caballero. Era una época muy diferente a la actual en cuanto a comunicaciones, caminos y comodidades. Fue muy feliz allí y siente un profundo orgullo al decir que sus hijos se educaron en escuela rural, “a la que adoro y pondero siempre; digo que la escuela rural es lo más lindo que hay”.
Cuando Javier y Mónica iniciaron los estudios secundarios, se mudaron a la ciudad de Durazno, a la casa donde Graciela vive hasta hoy.
Siempre colaboró con su esposo en el trabajo del campo y estuvo muy presente en la educación de sus hijos, algo que también replicó en la vida de sus nietos.
A fines de 1998, Olga Andrade la invitó a trabajar en política. “Siempre fui blanca y ahí comenzó todo. Mi padre amaba la política, era devoto del Dr. Herrera, trabajó toda la vida por el Partido Nacional, poniendo tiempo y recursos. Jamás permitió que le dieran un peso para la nafta; si se lo ofrecían, se ofendía. Fue un gran militante y eso me motivó”.
Fue Edil en varios períodos, a veces como titular y otras como suplente. También integró la Departamental Nacionalista, algo que para ella fue un honor y un orgullo.
En el ámbito político nunca se sintió discriminada por su condición de mujer. Cree que al principio era ella misma quien se limitaba un poco, por vergüenza, pero luego lo superó. “Hice amigos de todos los sexos, de todas las edades y de todos los partidos”.
Tuvo su propio emprendimiento en el rubro inmobiliario, un trabajo que le encantó porque disfruta del trato con la gente y de buscar soluciones tanto para el propietario como para el inquilino. Sus servicios iban más allá de lo convencional: muchas veces realizaba trámites ante organismos, buscando alternativas para que todas las partes ganaran. Esta etapa le dejó grandes satisfacciones: vínculos humanos, amistades, afectos y la posibilidad de involucrar a otras personas para que también participaran del negocio. Hoy sigue siendo fuente de consulta, aunque ya dejó la actividad en manos de otros.
Le encantan las plantas; es algo terapéutico para ella. Actualmente no le queda más remedio que mirar un poco de televisión porque se está recuperando de un accidente doméstico. Sin embargo, la televisión la aburre; le gusta leer.
Hay un integrante de la familia que no puede quedar afuera de esta historia: Patricio, su mascota, a quien adora. “Cuidaba a Juan. Cuando Juan me llamaba bajito, él venía y me ladraba. Ahora que Juan no está, pasa echado a mi lado. Creo que él también lo extraña”.
La pérdida de Juan fue muy reciente. Graciela lo cuidó durante mucho tiempo con dedicación y entrega, acompañándolo mientras se iba apagando, procurando que transitara ese tiempo de la mejor manera posible, que no le faltara nada. Fue un golpe muy duro, para el que no logró prepararse, porque 70 años juntos crean lazos indisolubles. Quienes la conocen y la quieren saben que el amor por Juan sigue intacto y que en su familia y amistades, encuentra la contención y el cariño que se ha ganado por ser un exquisito ser humano.
Integra el Rotary Club Paso del Yi. Antes asistía a la UNI 3, pero tuvo que abandonar. “El año que viene, cuando termine de recuperarme, voy a retomar, y también voy a ir a la piscina, entre otras cosas”.
Su sueño era llegar junto a Juan a los últimos años de la vida. Juan se fue antes. Hoy, su deseo es ver a sus nietos recibidos y trabajando, retomar su participación en Rotary, donde puede ayudar a la gente, seguir usando la cabeza, pensando, acompañar a sus amigas, llevar una vida normal y disfrutar de su familia, que es el orgullo más grande que tiene.
Cree firmemente que las mujeres deben superarse, prepararse y estudiar, porque así se logran las cosas. Ser buenas personas, ser buenas en lo que hagan —en el estudio, en el trabajo—, porque de ese modo siempre se llega.
“No deben achicarse jamás”.
