Esthela Caballero Roldos, de 56 años, es hija de Hilda y Vicente. Vicente era militar, desempeñaba sobre todo tareas administrativas y además era músico; e Hilda, una gran mujer, trabajadora y solidaria, que se desempeñaba en Promoción Social en la Intendencia de Durazno, y a la que sus hijos le decían “la Guerrera”. Esthela es una de las menores de 7 hermanos: son 5 mujeres y 2 varones.
Por Anabela Prieto Zarza
Está casada con Carlos Ferreira (Carlitos) y es la mamá de Andrea (33) y Diego (29). Andrea vive y trabaja en Montevideo, y Diego estudia corrección de estilo. Orgullosa, Esthela agrega: “Es escritor, ha ganado varios premios”.
Su infancia transcurre en el barrio de la Escuela Nº 10, a la que concurre. Hace Secundaria hasta 5º año en el Liceo Rubino. Desde los 14 años ya trabajaba de manera informal: se dedicaba a cuidar niños de familias conocidas. Era una manera de ayudar en su casa y tener sus pesitos para los gustos. En esa época era habitual que los jóvenes trabajaran. “Ahí es donde se forma el temperamento, los hábitos, los valores”.
Con 18 años ingresa a trabajar en la Tienda La Campana, donde aprendió muchísimo. Parte de lo que es, se lo debe a esa etapa de su vida, durante la cual permaneció 17 años. Agradece las oportunidades de capacitación que la empresa brindaba; eran innovadores para la época, promovían que sus empleados se capacitaran y les permitían buscar su lugar dentro de la empresa. Eran exigentes, pero afectuosos. Tiene muy gratos recuerdos y un cariño especial por Juan, Silvia y el querido Milton. Recuerda que ingresó en ventas, pero no era su fuerte porque era muy jovencita, así que la llevaron al depósito, donde realizaba tareas administrativas, recepción de mercadería, actualización de stock, distribución en los locales. Aprendió muchísimo.
“Yo quería estudiar, quería ser militar o profesora de educación física. Pero con 7 hijos era impensable que nuestros padres nos pudieran pagar una carrera universitaria. En cambio, en La Campana me hicieron hacer todo curso que salía y eso me ayudó mucho en mi formación”.
Siempre decía, sin ninguna razón aparente, que iba a trabajar en La Campana hasta los 35, y así fue, porque las cosas se fueron dando naturalmente.
José Pedro Castellanos, de Agroventas, le propone hacerse cargo de la venta de calzado infantil New Tiler. Era un producto importado, de calidad; no era muy económico, pero era una linda oportunidad. Carlitos también trabajaba en La Campana, tenían dos hijos para criar, y era una forma de diversificar la fuente de ingresos. Carlitos siguió hasta completar 27 años en esa empresa.
A los 35 años, reacondiciona un garaje, lo convierte en local e instala su primer emprendimiento. Funcionó durante 4 años, hasta que una variación al alza de los aranceles a las importaciones dejó al producto fuera del alcance del público, a pesar de que la mercadería era muy buena.
Un día estaba sentada en su casa y llega Marcos Acuña con una propuesta. Él tenía una carnicería y pensaba ampliar e instalar un minimercado. Aceptó y se hizo cargo de todo: lo puso en marcha, tenía libertad total para tomar decisiones, atender a proveedores, comprar mercadería, hacerse cargo del personal, todo. Fue otro gran aprendizaje, una escuela que, sin saberlo, le serviría en el futuro para su propio negocio.
En su entorno familiar siempre le decían que tenía condiciones para emprender, para concretar su propio negocio. Era algo que le resultaba atractivo, pero faltaba el capital. Cuando se vende La Vecindad, llega la oportunidad. Con el 50 % del incentivo concreta una realidad. Tenía el local alquilado y coincidentemente se lo entregan. Con alguna mercadería que tenía en su casa de una especie de bazar que había explotado anteriormente, algo de papelería y algunas plantas que le regalaban una abuela de la vida y sus familiares, retoma la actividad comercial, pero tímidamente. En el barrio, la empresa Cedros abre una sala velatoria, y encuentra en la venta de flores una oportunidad que concreta en el año 2019-2020.
Pero a veces las cosas se complican: llega la pandemia, con las consecuencias que todos conocemos. No había velatorios, no se vendían flores. Tuvo que reinventarse.
Lo de las plantas la salvó, y no se refiere a lo económico, porque Carlitos ganaba bien en BPU, sino a todo lo demás: la enfermedad primero de su mamá, luego de su papá, la pandemia, ella sin trabajo. Logró
conectar, encontrar un lugar desde donde realizarse haciendo algo que la enamora y donde puede aplicar todo lo aprendido a lo largo de su vida. Tenían una perrita, compañera de todos en la casa. Se llamaba Sol. En su honor, el nombre: SOL Tienda de Plantas.
Está ubicada en Arrospide 727, entre 25 de Agosto y Wilson Ferreira, de la ciudad de Durazno. Si visitan el local, se sorprenderán de la cantidad de plantas existentes: plantas para interiores, exteriores, árboles, macetas, fertilizantes, tierra, abono, accesorios. Todo lo que se puede encontrar en un comercio del ramo. La empresa creció; hoy puede decir que está consolidada. Sigue pensando en incorporaciones y contribuye activamente a la economía familiar.
No tiene casi tiempo libre, pero le gusta salir a caminar, le encanta pescar, disfrutar de la familia. Le gusta leer, antes era lectora compulsiva. Hacer deportes también: en su niñez era deportista, integraba la selección de atletismo.
Integra el grupo “Cuidándonos en Red”, un espacio que da contención a madres con hijos con problemas de adicciones. Ella no tiene hijos con adicciones, pero llegó por una charla sobre codependencia y se sintió identificada porque vive muy pendiente de sus hijos. Sintió que le podía servir para aprender a soltar, pero además es una oportunidad para ayudar a otras personas con familiares con problemas de adicciones, ser una escucha activa. “Estar allí ayuda a que uno entienda el problema, a mirar la vida con otros ojos, entender, saber qué decir”.
Sueña con terminar lo que comenzó, disfrutar lo que le quede de buena vida, viajar con Carlitos, subirse a una combi y recorrer, primero el país y después un poquito más allá, y quedarse con la tranquilidad de que “algo hicimos, que no pasamos en vano por esta vida”.
“La gente se tiene que animar, yo a los 50 años encontré mi camino, es tenerse fe, animarse. No permito que me digan que no se puede. Como virginiana que soy, me costará un poquito o no, pero intento siempre llegar a la meta… y lo logro”.
