Clara Margarita Müller Roland, de 61 años, es hija de Otto Müller y Violeta Rolan. Es la menor y más mimosa de tres hermanos. Está casada con Enrico Benvenuto, “el mejor esposo del universo”, y es mamá de Sebastián (38), Federico (36) y Luca (26). Tiene dos hijas del corazón, Isabella (34) y Romina (32). Es abuela de Felipe (8) y Agostina (5).
Por Anabela Prieto Zarza
Vivió hasta los tres años en Dolores, aunque nació en Colonia. La familia se traslada a Montevideo. Concurre hasta 3er año a la escuela pública, pero con el golpe de Estado, por seguridad, los padres la inscriben en el Elbio Fernández, donde termina primaria y hace toda la secundaria.
Siempre supo que quería ser abogada, influenciada quizá por su mamá, que era funcionaria judicial y terminó siendo jueza. Iba al trabajo de su mamá y veía lo que hacía; le encantaba acompañarla. De niña, enarbolaba la bandera de la justicia social, tanto que la mamá le decía que era “la abogada de los pleitos perdidos”. Así que inicia la carrera de Abogacía en la UDELAR.
Cursando 4º año se casa. Quien era su esposo en aquel momento, ingeniero agrónomo de profesión, gana un concurso como profesor en la EEMAC (Estación Experimental Mario A. Cassinoni de la Facultad de Agronomía). Se mudan a Paysandú con un bebé recién nacido, y el último año de su carrera queda en suspenso. Tenía que hacer el Consultorio Jurídico. Viajar a Montevideo era imposible. La opción era viajar a Salto, donde recién se había instalado la Regional Norte, pero tuvo que esperar tres años para que se dictara la parte de la carrera que le faltaba. Cuando llegó el momento, lo hizo. Fue muy sacrificado. Se iba en bicicleta, lloviera o tronara, a la agencia de ómnibus. Tomaba el bus a Salto donde, de mañana, esperaba en un banco de la plaza que abriera la Regional Norte, tomaba las clases y pernoctaba en la casa de amigas o de familia, para volver al otro día, tomar la bici y regresar a su casa. Se siente súper orgullosa del camino recorrido, que además fue parte de su construcción. Se mudan al campo, en Paso Hondo, y estando allí da el último examen y se recibe.
Una amiga escribana le ofrece su estudio en San Gregorio, donde comienza a ejercer su profesión. Los niños iban a una escuela rural; los llevaba y traía a caballo, lo cual intercalaba con los viajes a San Gregorio. Ejercer allí fue una experiencia que le dejó grandes satisfacciones, primero porque tuvo los primeros aprendizajes sobre el ejercicio de su profesión, pero además porque tuvo la oportunidad de aplicar sus valores éticos en defensa de la justicia.
Se muda a Paso de los Toros; la escolarización de los niños era muy importante y comienza a ejercer en dicha ciudad. Para Clara, la abogacía es una profesión que le fascina, que elegiría una y mil veces. Estando radicada en el Paso, se separa de su primer esposo.
Surge entonces la posibilidad de reconectar con otra de sus pasiones. Clara desde siempre estuvo vinculada a la música y al canto. La mamá era música; tenían una orquesta con los cinco hermanos que se llamaba “La Orquesta Roland”. Salían a tocar para “el puchero”. La madre, una adelantada para la época, fundó con una hermana y tres mujeres más una de las primeras orquestas femeninas del país, que se llamó “Orquesta Femenina”. El papá de Clara era el animador.
Con ese historial encima, del que se siente orgullosa, un amigo abogado le dice que se precisaba una voz femenina para un jingle y la pone en contacto con Enrico. Ninguno de los dos imaginaría que, años después, la música sería el nexo para el inicio de una historia de amor. Comienzan a hacer música juntos hasta que una vez Clara se subió a un escenario a cantar. Nunca lo había hecho y le encantó. Así surge el amor y, años después, llega el tercer niño.
En el año 98 ingresa a trabajar en la Defensoría de Oficio, donde fue muy feliz, porque allí pudo cumplir aquel sueño primitivo de la ayuda social, sentirse útil socialmente, ayudar a los más desprotegidos y vulnerables. Fue un brutal aprendizaje, profesional, pero sobre todo humano.
A la gente que iba a la Defensoría le encantaba que su abogada cantara, la felicitaban. Era algo así como que su abogada era famosa. Consultada sobre qué instrumentos toca, contesta: “Chapuceo en el piano y rasco un poco la guitarra, es que estoy rodeada de músicos”.
Se jubiló de la Defensoría cuando sintió que se había cumplido un ciclo y, además, siente que hay que dejar que las nuevas generaciones tengan la oportunidad de acceder a esos desafíos. Hoy se dedica al ejercicio liberal de la profesión, parada desde un lugar de bastante privilegio por la experiencia ganada. Sabe cómo acompañar, porque además de la consulta jurídica, se hace mucho más.
Sigue cantando, sigue tocando. Integra un grupo que se llama Alquimia, que se reúne semanalmente. “Desde que estamos con Enrico hacemos música”. Tenían un trío con un amigo con el que se reunían semanalmente; era como una terapia. Cuando ese amigo se va para Montevideo, surge Alquimia. Con los integrantes también se reúnen semanalmente y sigue siendo una instancia de terapia compartida y, por supuesto, de placer.
Ha participado con Durazno Ensamble en el Festival Nacional de Folklore, en el Centro Cultural Teatro Español y en el Pequeño Teatro de Durazno. La banda está integrada por Gustavo Rosano, Gerardo Martínez, Flavio Flores, Flavito Flores, Pablo Delgado, Andrés González Nin (Andy), Rubén y Silvina Rojas, Enrico y ella. Es un disfrute total porque ensambla a gente de distintos lugares y edades; se mezcla la experiencia de músicos grandes con la energía y los bríos de los músicos jóvenes.
Para Clara, lo más importante en su vida es estar con su familia, con Enrico y con los cinco hijos y los nietos, cerca y juntos. Valora mucho a sus amigos, que son de “fierro, que nos acompañan en las buenas y más aún en las otras”. Entre esos amigos que integran sus afectos están aquellos que conoció desde la escuela, con quienes se siguen apoyando, reuniendo y queriendo, y los que se han ido sumando a lo largo de la vida. Constituyen uno de los tesoros más preciados.
Además de la música, le gusta leer, las plantas, los animales, reuniones con amigos en las que el canto, la música y un buen vino están asegurados. Ir a recitales es otro de los placeres que disfruta.
Contundente, afirma que no tiene sueños por cumplir, porque es feliz con la vida que tiene. Su aspiración es seguir rodeada de sus afectos como hasta ahora.
La vida le enseñó que nada viene de regalo y que todo, todo se puede lograr. “No hay que ser perezoso, hay que plantearse objetivos e ir por ellos. Es lo que sentí e hice en mi vida. Siempre hay que buscar la felicidad propia y de los demás”.
