Rossana: “La fortaleza de ser sensible”

“La congruencia entre lo que uno es y lo que uno dice que es”

Rossana Mesa Beduchaud, de 57 años, es una mujer extremadamente sensible y agradecida: de lo vivido, de lo que tiene y, sobre todo, de sus afectos, la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, sus amores perrunos y las parejas que formaron parte de su historia. Sus sobrinas ocupan un lugar central en su corazón.

Por Anabela Prieto Zarza

Hija de Sylvia y Juan Carlos, es la mayor de tres hermanos, le siguen Juan Diego y María Virginia. Tía de Camila, Micaela, Francesca y Giulianna, y orgullosa “tía abuela” de Juan Mateo, hijo de Camila.

Nació en Montevideo, donde cursó primaria en la Escuela Nº 35 República de Guatemala y secundaria en el Liceo Nº 3 Dámaso Antonio Larrañaga. Su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por enfermedades largas, no graves, pero persistentes, y por la sobreprotección familiar. Antes de terminar secundaria vivió un golpe fuerte: la muerte de su abuelo materno, un hombre carismático que unía a toda la familia. Ella acompañó su enfermedad y el duelo de su abuela, y sintió de lleno ese impacto. La consecuencia fue una etapa de rebeldía: dejó los estudios, aunque luego los retomó. Se formó como Técnico en Comunicación Social y allí descubrió su primer amor, el periodismo, una herramienta que con el tiempo se volvió fundamental en su vida.

A los 20 años ingresó a trabajar en una multinacional en un puesto de base; terminó sexto de liceo y, a los 30, ya era gerente de Recursos Humanos. Trabajando cursó en la ORT un diplomado en recursos humanos que, sin dudas, junto a sus condiciones naturales y desempeño, le permitieron acceder a esa Gerencia.

A los 26 se casó con un compañero de trabajo con el sueño de formar una familia. Pero la endometriosis la acompañó por años, impidiéndole concretar la maternidad iniciada a los 29. Sufrió un aborto espontáneo y luego pasó por múltiples tratamientos: seis inseminaciones simples y dos complejas, todas sin éxito. El desgaste alcanzó al matrimonio. Ambos quedaron sin trabajo y a su esposo le surgió una oportunidad laboral en Costa Rica; luego vivieron en Honduras y regresaron a Costa Rica, donde finalmente se concretó la separación. Pese a que su familia la instaba a volver para acompañarla, Rossana no quiso hacerlo hasta sentir que había atravesado su duelo.

El destino intervino: surgió una oportunidad laboral en una multinacional en Colonia. Volvió a Uruguay, para tranquilidad de su familia y también para sanar junto a ellos. Tenía a sus dos abuelas vivas, y estar cerca fue reparador.

De Colonia pasó a Dolores, donde trabajó dos años y medio; luego volvió a Montevideo por un tiempo.

Llegó entonces la propuesta de Estancias del Lago. Postuló, quedó seleccionada para Recursos Humanos y se radicó en Durazno sin dudarlo. Vivir en el interior le encantó: Colonia por su belleza, Dolores por el sentimiento de pertenencia, y Durazno porque reúne ambas cosas.

Toda su vida ha estado guiada por una búsqueda espiritual y afectiva. En lo laboral agradece haber tenido jefes que vieron en ella lo que ella misma no veía: su potencial, su capacidad para vincularse, comunicar, perfeccionarse. Le dieron espacio para crecer y ser.

Aunque casi siempre trabajó con mayoría de hombres, nunca dejó de ser ella misma. Una de sus sobrinas se lo dijo claramente: “Tía, vos siempre has llevado a la mujer a un lugar preponderante”. Y lo hizo sin perder femineidad: le gusta arreglarse, maquillarse, vestirse linda para trabajar; considera que estar en ciertos lugares no debe exigir renunciar a eso. Su manera de relacionarse es muy valorada: recuerda los nombres de todos, un gesto simple que sorprende y genera confianza, abre puertas, crea vínculos. Eso la hace feliz.

A los 40 emprendió el difícil camino de la adopción siendo madre sola. Tenía estabilidad económica, laboral y emocional, pero tras seis años de trámites, entrevistas y desilusiones, el Sistema la dejó de lado. En una entrevista especialmente fría e inhóspita decidió retirarse: nadie le preguntó cuánto amor tenía para darle a un niño. Para adoptar debía empezar todo de nuevo, y después de seis años no estaba dispuesta a repetir el proceso.

El canto ha sido su refugio desde los 9 años, junto a su madre y su hermana. Volver al coro es reencontrarse con sus amigos, pero también con la niña enfermiza que salió adelante y hoy es una mujer orgullosa de sí. En el exterior bailó ritmos latinos; al regresar, retomó clases. En Durazno, en 2019, ingresó al Coro del Conservatorio Departamental tras una prueba de voz. Allí es Rossana Soprano. También colaboró un tiempo con la Asociación Down, pero la pandemia y las exigencias laborales la absorbieron: acompañó intensamente al personal, incluso viajando en los ómnibus para velar por el cumplimiento de medidas, cuidarlos y animarlos. Conoció otras realidades y se acercó más a la gente.

“De la gente que quiero recibo lealtad y retribuyo igual. Sea familia, amigos, compañeros o el coro, ellos saben que estoy, aun en la distancia. Esa soy yo”.

En su carrera también debió derribar barreras por ser mujer en ámbitos masculinos. Pero ocupó su lugar fiel a sí misma, sin perder identidad, femineidad ni su perfil humano. Aunque en su entorno la vulnerabilidad se veía como un defecto, ella siempre fue transparente, sensible y emotiva. Algunos le aconsejaban no mostrarlo; no hizo caso. Ese modo de ser le generó confianza. Hoy estudia coaching internacional, donde se afirma que los líderes que muestran vulnerabilidad son mejores líderes.

Sus fines de semana suelen ser en Montevideo, entre afectos, familia y amigos, aunque cada vez tiene más vínculos en Durazno. Allí se ha sentido valorada, apreciada y contenida.

Le encanta salir, viajar, conversar, escuchar música, ir a conciertos y acompañar a quien lo necesite. Aspira a seguir conectando personas. “Si sé que vos necesitás y que aquel tiene, conecto”. Y seguir trabajando en su interior.

La canción “Maza”, de Silvio Rodríguez, la interpela profundamente: defender la esencia, los ideales, los valores. La enlaza con Artigas y su frase “no venderé el rico patrimonio…”. Para ella, nada vale la pena si implica renunciar a lo que uno es.

Cree firmemente que las mujeres deben defenderse a sí mismas, con sus vulnerabilidades y fortalezas, dejar atrás los “no puedo” (los que se dice uno y los que nos dicen los demás), pedir ayuda cuando sea necesario. Romper círculos de violencia no es fácil, “se de lo que hablo, lo viví como muchas mujeres lo viven, y pude salir de esos círculos gracias a que pedí ayuda, a que estuve acompañada en todo momento, por familia, amigos y con ayuda profesional. Acompañadas es posible”. También hay que soltar el control y permitir que otros tiendan la mano.