Marisa es ama de casa, generó su propio empleo y está donde siempre quiso estar.

Marisa Raquel Medina Fránquez es una mujer de 54 años que, desde hace cuatro, está parada en el lugar donde siempre quiso estar. Durante mucho tiempo trabajó para otros, siempre con sacrificio, y aun así el dinero nunca alcanzaba.

Por Anabela Prieto Zarza

Transcurrió su infancia en Durazno, fue alumna de la Escuela Nº 2 y cursó secundaria en el Liceo Rubino. Se ennovió con Miguel Lembo, se casaron y se fueron a vivir a Montevideo, donde había más oportunidades de trabajo para él. Marisa destaca con orgullo que Miguel ha sido siempre trabajador de la construcción, y para ella eso es una distinción: “somos una familia de trabajo”, subraya.

Tuvieron cuatro hijas: Lucía, de 33 años, su mano derecha; Virginia, de 29, quien se presentó a un llamado como cocinera en una escuela de Cerro Chato (luego pidió traslado y hoy trabaja frente a donde viven); María Paula, de 22, y María José, de 20, ambas estudiantes y trabajadoras.

Cuando habla de Miguel, dice que es la persona con la que quiere estar: “es un hombre maravilloso, con el que nunca pensé que fuéramos a tener la relación que tenemos”. Hoy, con las hijas ya grandes, él vive pendiente de ella, se ocupa, se interesa, la cuida. Marisa valora profundamente a su pareja: habla de él con amor, admiración y respeto.

Es ama de casa, una emprendedora que generó su propio empleo.

Durante la pandemia, la familia atravesó una revolución: enfermedades, pérdida de trabajos, dificultades. Surgió la oportunidad de comprar una casa en Durazno. Tras treinta años en Montevideo, no lo dudaron y se mudaron.

Ya instalados, Marisa no encontraba trabajo. No sabía si era por desconfianza, por ser nueva o por su sobrepeso —algo que percibía como una posible discriminación—, pero no se quedó quieta.

La pandemia se convirtió en una oportunidad. Siempre soñó con tener un restaurante y una casa grande con perros, y como ocurre con quienes persiguen sus sueños, estos se cumplieron: tiene la casa soñada y en ella funciona su restaurante.

Así nació Cocinando pal Pueblo. Al principio preparaba viandas para conocidas y se promocionaba por redes. El boca a boca funcionó, los pedidos crecieron, y contrató a una joven para hacer los repartos. Pero la chica se accidentó, y nuevamente se detuvo todo: Marisa no podía cocinar y salir a vender. La incertidumbre volvió, incluso pensaron en regresar a Montevideo.

Entonces, Miguel la animó: “si te hago un techito acá y te pongo unas mesas, capaz que los camioneros paran”. En ese momento había obras en Durazno y camioneros que necesitaban comer. Así empezó todo. Las cuatro mesas iniciales siguen allí como recordatorio de los comienzos. Hoy ya son dieciséis.

El emprendimiento es familiar: se sumaron Lucía, su hija mayor, y su hermana. Las tres forman una sociedad de hecho, dirigida y organizada por Marisa.

El nombre generó debate: algunos decían que sonaba “a político” o que debía ser más corto. Pero ella se mantuvo firme: “quería que reflejara esa expresión tan nuestra de voy pal pueblo; yo quería cocinar pal pueblo”.

Volver a Durazno trajo muchas cosas positivas. Integrarse a la comunidad fue fundamental. La primera invitación que recibieron fue de la Capilla San Isidro, donde los acogieron con afecto. El día que abrieron el restaurante, la primera clienta —junto a su esposo— era justamente una persona de la Capilla.

Pero lo que más la emocionó fue reencontrarse con la gente de su generación: sus compañeros de escuela, de liceo, su familia. Volver a las raíces.

Para Marisa, participar —en el sentido más amplio— es esencial. A todo lugar donde la invitan, asiste: busca capacitación, información, intercambio y crecimiento. Ha viajado a ferias nacionales e internacionales, ha estado en embajadas presentando sus productos, porque tiene claro que su techo aún está lejos y que su potencial puede llevarla mucho más alto.

Valora el apoyo de su familia, especialmente el de su esposo, que no solo no le pone trabas, sino que la impulsa y estimula a participar.

Así como la pandemia y las grandes obras fueron una oportunidad, hoy percibe cierto enlentecimiento económico. Hay más restaurantes y la demanda es igual o menor, con menos poder adquisitivo. Aun así, Marisa sigue apostando a lo suyo: el trabajo bien hecho. Su fuerte son los fines de semana, cuando las reservas son frecuentes.

La carta ofrece comidas caseras y pastas —raviolones, sorrentinos, lasagnas—, milanesas clásicas y rellenas, carnes al horno, colitas de cuadril, entrecot, pulpón, y las “sugerencias del día”, como strogonoff o matambre a la pizza, según la estación. Se destacan los postres: flan con dulce de leche duraznense (el mejor del país, dice), crepes de manzana con helado, arroz con leche, panqueques de dulce de leche. “Todo caserito”, enfatiza.

Es un lugar familiar, pensado para compartir y conversar sin distracciones. Aunque la juventud no lo elige tanto para sus salidas, muchos jóvenes reservan los domingos de noche para despedir el fin de semana con buena comida y postres.

Abren todos los días al mediodía y de noche. Los fines de semana se recomienda reservar al 093 359 727. Están en Paso La Cadena, calle Liber Seregni, frente a la Escuela Nº 20, a pasos de la Capilla San Isidro. En redes y en Google abundan las reseñas positivas, además de ser una forma fácil de ubicarlos.

A Marisa le gusta crear, investigar recetas, innovar. Cuando Miguel llega de trabajar, mientras toman mate, hacen una videollamada diaria con las hijas, miran un poco el informativo y luego alguna película. No sobra tiempo para más. Las plantas son tarea de una de sus hijas y de su hermana, también responsable de la decoración del local. Marisa planifica el menú, busca ideas y oportunidades.

Sueña con conocer Europa. Le gustaría llegar a los 60 y seguir haciendo cosas por placer, no por necesidad. “No quiero quedarme esperando la carroza”, dice sonriendo.

Cuando era joven, dedicó su tiempo a criar a sus hijas. Cocinaba y vendía en la cooperativa donde vivía, pero no salía al mercado laboral. Cuando quiso hacerlo, a los 36, se sentía “grande”. Entonces ingresó al instituto FISE, a través del programa PorInMujer del MTSS, donde se dictaban cursos para mujeres. Hizo el de ayudante de cocina, pero lo más importante fue que allí aprendió a confiar en sí misma. “Te ayudaban a empoderarte, te preparaban para acceder al mercado laboral. Había psicólogos, asistentes sociales, y luego una pasantía en una empresa. Te daban la posibilidad de adquirir experiencia”.

Marisa aprovechó esa oportunidad e hizo su pasantía en un importante restaurante de Montevideo, donde luego trabajó durante años.

De esa experiencia nació su sueño de ayudar a otras mujeres que atraviesan lo que ella vivió: criar hijos, buscar una salida laboral, formarse, empoderarse. No sabe aún cómo ni cuándo, pero está decidida a hacerlo. “Nadie mejor que yo para entender lo importante que es, porque lo necesité, lo tuve y me sirvió”, afirma.

Tiene dos frases que la identifican: “Nadie es tan rico que no necesite recibir, ni tan pobre que no tenga para dar.” “Nadie es tan bueno solo, como todos nosotros juntos.”