La historia de una joven mujer rural uruguaya

Stefani López nunca se había preguntado quién era (como les ha pasado a muchas de las entrevistadas). Entonces, pidió a su círculo más íntimo que la describieran con una palabra. Las respuestas fueron: sencilla, simpática, muy alegre, trabajadora y resolutiva. “TODO ESO SOY”, dice convencida.

Por Anabela Prieto Zarza

La entrevista a esta joven mujer de 34 años se hizo el 15 de octubre, Día de la Mujer Rural. No fue a propósito, pero fue lo justo, porque es una digna representante de las mujeres del campo.

Es hija de Silvia López y hermana de Cristian. Ha formado su familia junto a Fabio Velazco, con quien tiene a Faustina, de 11 años.

Nació en Sarandí del Yí, “cuando todavía se podía nacer allá”, un reclamo velado a una realidad que afecta a muchas mujeres que viven en nuestra segunda ciudad y en toda su zona de influencia.

Su infancia transcurrió en Sarandí: fue alumna de la Escuela Nº 3 y luego del Colegio Virgen Niña. Era una niña muy inquieta, característica que conserva hasta hoy. Se anotaba en todas las actividades que podía: básquet, danzas folclóricas, coro, handball, vóley y fútbol.

Hizo secundaria en el Liceo Francisco Ríos y culminó sus estudios en Sarandí, realizando un curso de bachillerato agrario en la UTU, lo que le permitió acceder a la Escuela Agraria de Florida.

No sabe de dónde le vino esa pasión por el campo. Su familia era humilde, sin carencias, pero sin sobrantes y no tenía vínculo con la vida rural. La única conexión era su abuela Camelia, que trabajaba en un establecimiento cerca de Cerro Chato. Allí pasaba fines de semana largos y todas las vacaciones. “Soy su mimosa”, dice con picardía.

Mientras estudiaba, trabajó en comercios, en un carrito de comidas y en una tienda. Al terminar la escuela agraria hizo un curso de ayudante de veterinaria. Quería ser veterinaria, era su vocación, pero tenía claro que no podía irse a vivir a Montevideo, no lo soportaría. No podía permitir que su madre gastara en eso. Se anotó en una tecnicatura en la Escuela Agraria de Sarandí Grande. Tenía todo pronto para irse, el “mono” armado, el lugar en el internado ganado, pero el viernes antes de partir le pidió a su madre que la ayudara a pagar el curso de ayudante de veterinaria. Era caro, pero era lo que realmente quería hacer. “En cuanto empiece a trabajar, yo ayudo a pagarlo”, le dijo. Y Sarandí Grande quedó esperando.

Cumplió su palabra. Con apenas 19 años, mientras estudiaba, comenzó a trabajar en un tambo en San Gabriel, encargada de la inseminación y la sanidad. Ese fue su primer trabajo. Los jueves concurría a clases en Sarandí del Yí y el resto de la semana estaba en el tambo. Allí trabajó cuatro años. “No dejé de vivir, salíamos, íbamos a bailes en Florida, pero volvíamos de madrugada y en vez de dormir íbamos al ordeñe”. Ríe y agrega: “Era otra época, ahora voy a un baile y preciso tres días para recuperarme”.

Después vinieron otros trabajos. Formó pareja, llegó Faustina y con ella nuevas responsabilidades. Llegó también el campo: ingresaron a un establecimiento importante en Flores, donde le dieron la oportunidad de ser peón de campo. Ella fue feliz, no por el sueldo, sino por el estilo de vida, por la tranquilidad y por poder criar a Faustina en contacto con la naturaleza. “Es otra vida”, dice.

En Flores aprendió muchas cosas del campo: andar todos los días a caballo, curar abichados, atender partos. Descubrió lo que es la tradición misma. Por suerte, a Fabio también le gusta este tipo de trabajo y, sobre todo, este estilo de vida.

Desde hace varios años viven en Puntas de Malbajar, en un campo de unos argentinos: 910 hectáreas que manejan en equipo los tres: Fabio, Stefani y Faustina. La niña comenzó allí el Jardín de 4 años, en la Escuela Rural Nº 69, donde hoy cursa sexto. La escuela queda a 15 km de su casa, un trayecto que recorren dos veces por día, parte por camino vecinal y parte por ruta. No falta nunca, salvo cuando hay tormenta eléctrica.

Los caminos, los viajes y el combustible pesan. “Sacamos la cuenta y con lo que gastamos en nafta podríamos pagar un colegio particular”, comenta. Aun así, los jueves de tarde-noche Stefani lleva a Faustina a Sarandí del Yí a las prácticas de patín, deporte en el que está federada, y muchas veces se suman los viajes por competencias. También la ha llevado a clases de robótica y piscina. Todo para que su hija socialice con niños de su edad.

Como no podía ser de otra manera, Faustina quiere hacer la Escuela Agraria. “No es una gurisa de a caballo, es una gurisa campera”, dice la madre, orgullosa. “Si ve un bicho abichado lo detecta de lejos; si el campo está pelado y hay que cambiar el ganado, se da cuenta; tiene un ojo bárbaro. Ama la naturaleza y los animales, y si alguien tira un papel al suelo se enoja muchísimo”. Probablemente concurra a la Escuela Agraria de Santa Clara. “Espero que no se aburra, porque experiencia ya tiene”, agrega sonriendo.

No todo es trabajo. No le gusta la rutina: cuidar un caballo todos los días le parece aburrido. Por eso su pasión por correr raid la satisface con caballos ajenos: corre cuando se lo piden. Ha competido en varias ediciones de los raids de damas. Le encanta la adrenalina, entrar al pueblo, que todos la conozcan y la saluden “desde el que pide monedas hasta el que más tiene”. Se siente muy querida.

Cuando empezó a inseminar de forma particular, además de trabajar en el campo donde vive, tuvo dificultades por dos motivos: su juventud y su condición de mujer. Las grandes firmas veían riesgoso confiarle la reproducción de todo su ganado. “Ponían excusas como que no tenían habitación o baño para mujer”, recuerda. No se estresó: era momento de dedicarse a Faustina, que era chica. Con el tiempo se fue ganando su lugar, y hoy insemina para veterinarios y productores particulares.

A través de la cooperativa COVISUE ha podido construir su casa, de dos pisos, en el Barrio Machado de Sarandí del Yi.

Le encanta bailar. De niña hacía folclore y después fue a la escuela ADDA de ritmos caribeños. Ama los bailes y está esperando que su rodilla sane, se operó los meniscos recientemente, para volver a bailar y correr raids.

Se define como una amiga intensa: es la que organiza las reuniones, los asados, las mateadas, lo que sea. Con amigos, le encanta todo. También disfrutar en familia: ir a la playa, a San Gregorio o acampar al lado de un arroyo.

Su vocación de servicio es enorme. Es tesorera de la Sociedad de Fomento Agropecuario de Sarandí del Yí. Secretaria de la Sociedad Civil de Puntas de Malbajar, que mantiene la policlínica rural ubicada en el Comercio Echenique y a donde llevan capacitaciones en primeros auxilios, como trasladar un politraumatizado, qué hacer ante picadoras de víboras, cómo hacer un masaje cardíaco. Integra la Sociedad Tradicionalista de Cerro Colorado, con la que organizan enduros, criollas y concursos de yerras. Es integrante de AMRU (Asociación de Mujeres Rurales del Uruguay). Además, participa activamente en la Comisión Fomento de la Escuela Nº 69.

Es imparable. Durante la pandemia, aprovechando la virtualidad, comenzó un sueño postergado: estudiar Veterinaria. Avanzó todo lo que pudo, pero cuando volvió la presencialidad tuvo que detenerse. Su sueño sigue intacto, y no tengo dudas de que lo va a lograr.

Actualmente cursa una carrera semipresencial en el INET (Instituto Nacional de Enseñanza Técnica): una maestría como Maestro Técnico Agropecuario, lo mismo que hubiera estudiado en Sarandí Grande, pero con el plus de la parte docente, pedagógica y psicológica. “Descubrí algo que me encanta: trabajar con gurises, ayudarlos a estudiar, darles para adelante, ayudarlos a que sigan por el buen camino”.

Sabe que nunca va a dejar de estudiar, porque siempre hay algo nuevo por aprender. Pero quiere obtener su título, para poder tener una vida mejor y mejores ingresos, porque “la vida del campo me gusta, pero no paga las cuentas”.

Antes de terminar, cuenta algo que la emociona mucho y la llena de orgullo: ese equipo de tres, su familia, es dueño de una cabaña de ovinos Texel que lleva el nombre Don Delmiro. “Don Delmiro era mi abuelo materno. Fue la primera pérdida que sufrí, me costó mucho superarlo, justo cuando estábamos formando la cabaña. Qué mejor forma de homenajearlo que llevar su nombre”.

No se considera alguien que pueda dar mensajes, pero deja una reflexión que la representa: “Cuando volví a estudiar de grande me encontré con mucha gente buscando oportunidades. Aprendí que nunca es tarde, que no hay que temerle al cambio, que la vida es un ratito, por eso hay que vivirla bien y haciendo lo que a uno le gusta.”