El 23 de septiembre de 1850, en tierras del Paraguay, pasaba a la eternidad nuestro héroe máximo, cumpliéndose hoy, 175 años de aquella dolorosa jornada.
Por Saúl Moisés Piña
“En esta parroquia de la recoleta de la Capital a veintitrés de setiembre, yo el cura interino de ella, enterré en sepultura ordinaria del Cementerio, el cadáver de un adulto llamado Don. José Artigas”.
Así reza en su sencilla redacción la partida de defunción. Así de simple y de igualitaria. Plena de ensordecedor y valioso silencio rico de la humildad que solo los grandes generan. Aquel cura no tenía idea de quien iniciaba el viaje en la búsqueda de la luz inmortal que solo los privilegiados descubren.
La vigencia artiguista permanece con el transcurso del tiempo en la fresca memoria de los orientales, como la vértebra esencial de nuestra identidad nacional. La ideología del Prócer, superando el paso de los tiempos y ofrece siempre motivos de admiración. En sus frases despojadas de todo artificio, en sus definiciones breves y tajantes, se advierte el estilo del hombre recto, severo, de buenas costumbres donde se destacan los valores de la humildad, que es el gran enemigo de la soberbia, pariente muy cercana de la mentira-
La ideología de Artigas se fundamentaba en conceptos básicos que en aquellos tiempos resultaban extraños, como la democracia representativa, la libertad civil y religiosa, la República, la justicia social, la economía y el comercio, la educación y la cultura. No fueron palabras que se llevó el viento, ni tampoco el género de literatura torrencial que hoy abruma, la vacuidad retórica que quiere adornar una mediocre realidad con la embriaguez de la oratoria, que algunos hombres pretenden con promesas a otros hombres.
Hoy es fecha para reflexionar sobre la vigencia del “Artiguismo” que algunos historiadores definen como un sentimiento. En realidad es un culto al coraje, a la lealtad, a la vitalidad creadora, al entregamiento sin condiciones y aun sin certeza de victoria, a empresas que inicialmente se
presentaban como desproporcionadas con las propias fuerzas. Ese sentimiento es lo que creó en el Uruguay muchas generaciones de idealistas incondicionados, ciudadanos con la capacidad de reformar el pensar y el actuar de su tiempo, a partir de su fe en valores universales, como la verdad, la tolerancia, la fraternidad y el amor a sus semejantes.
El ejemplo de vida del Padre de la Patria, nos muestra que existe una unión indisoluble, entre la moral pública y la política, entregándolo todo por la actitud de procederes, rechazando las tentaciones maquiavélicas, de aquellos que en su tiempo y en todos los tiempos, encuentran en la autonomía de la política, los caminos del error. El rico ideario que nos legó Artigas, será por siempre el fresco e inagotable hontanar político y jurídico, en el cual, inevitablemente los uruguayos deberemos buscar las soluciones para tener en país unido, en paz y justicia social.
