Una mujer que se reinventó Conjuntamente con su empresa “Simonetta”

María de los Milagros Cuebas, de 46 años, es hija de Victoria, madre de Miguel Ángel González Cuebas (27) y abuela de Emiliano González, de apenas 8 meses. Es además la creadora y titular de SIMONETTA, su proyecto de indumentaria.

Por Anabela Prieto Zarza

Nació en Montevideo, pero al año se mudó con su madre a Rivera, donde su mamá tenía un hotel. A los 7 años, por distintas dificultades, se trasladaron a Sarandí del Yi. Allí, mientras su madre trabajaba en una estancia, Milagros estudiaba como media pupila en el Colegio Virgen Niña gracias a una beca otorgada por los Padres Salesianos. De noche se quedaba en casa de una tía.

Más tarde vivieron en Florida, aunque al año regresaron a Sarandí, donde su madre compró la casa en la que Milagros aún reside, desde hace 37 años.

Su infancia no fue fácil: su madre, con problemas cardíacos y de diabetes, estaba constantemente enferma. Eso obligó a Milagros a madurar muy pronto. Con apenas 8 años el médico le enseñaba cómo cuidarla y controlarla. Cuando su madre debía ser hospitalizada, no era por un día, era por meses, y Milagros pasaba de casa en casa, festejando Navidad en un lado y su cumpleaños en otro, donde a veces no había un regalo para ella y ,muchas veces, sintiéndose una carga.

Desde muy pequeña mostró inclinación por la costura. A los 9 años ya se sentaba a escondidas en la máquina de coser eléctrica de su madre, haciéndole ropa a las muñecas. Aunque su madre le advertía: “no andes tocando la máquina”, Milagros no podía resistirse.

Cursó ciclo básico en UTU, donde las ATD rotaban entre costura, cocina y otras áreas. En tercer año eligió costura y en cuarto, ya en el turno nocturno, hizo dos años de corte y confección. Luego realizó la especialización en ropa infantil.

A los 18 años quedó embarazada. Su sueño era estudiar profesorado en diseño, pero lo postergó para dedicarse a su hijo, siempre con el apoyo de su madre. No fueron tiempos fáciles: atravesó momentos de depresión, aunque nunca dejó de coser ni de hacer trabajos como modista.

Un tiempo después se instaló una fábrica de costura en Sarandí. Postuló y quedó seleccionada. Allí conoció la producción industrial en cadena y una encargada que reconoció su potencial le enseñó el uso de maquinaria profesional. Sin embargo, la fábrica cerró y la invitaron a trabajar en Durazno, pero no pudo aceptar: tenía a su hijo pequeño y no contaba con dinero para trasladarse.

Mientras tanto, soñaba con tener su propia overlock. Para sobrevivir hacía temporadas en Punta del Este. Recuerda una en particular, en la que trabajó en una panadería, donde se bañaba y de noche dormía en la playa. Recuerda ese febrero, en que las noches se ponían más frías, entonces con una compañera se preparaban sopas instantáneas. El recipiente, los tazones donde se ponen las monedas en el Casino del Conrad y el agua caliente se conseguía en una estación de servicio. Había que calentar el cuerpo para pasar la noche. Lo importante era que a su hijo no le faltara nada y que pudiera seguir comprando telas para coser. No sabe muy bien de donde se sacan fuerzas en momentos como ese, si es por instinto o por supervivencia, pero se logra.

Con el tiempo, su vida siguió marcada por el esfuerzo. Perdió a su madre y vivió una larga relación de pareja que terminó hace un año. En medio de todo, nunca dejó de soñar con un taller propio.

Durante la pandemia, al suspenderse las fiestas y no haber pedidos de vestidos, buscó otra manera de ser útil: pedía donaciones de TNT y elástico para hacer tapabocas que regalaba a recolectores, empleados de supermercados o a quien los necesitara. Cuando el tapabocas se volvió obligatorio, le comenzaron a pedir encargos para farmacias y particulares, incluso con diseños decorados o en 3D para que no se empañaran los lentes. Así logró sostenerse en un tiempo crítico, fue el ingreso de su familia dado que su compañero y su hijo estaban en el seguro de paro.

Además, formó parte de una red solidaria que confeccionaba túnicas, botas y tapabocas para el personal de salud que realizaba los hisopados. Cuando la convocaron, como es de perfil bajo le pasó la posta a Sonia Orgambide. Se formó un grupo de mujeres hermoso. Es una experiencia que recuerda con enorme cariño.

Más adelante, una exprofesora Marianela Castro, la recomendó a una emprendedora que quería lanzar su propia marca. Milagros aportó conocimiento y ejecución, mientras la otra joven ponía el capital. Una de sus camisas llegó a ser tendencia en redes en cuestión de horas.

A fuerza de trabajo, fue reemplazando sus antiguas máquinas hasta contar con un taller equipado con maquinaria industrial.

Tras cerrar esa etapa, decidió apostar a lo suyo y lanzó SIMONETTA Lencería, inspirada en Simonetta Vespucci, musa de Botticelli entre otros Renacentistas Italianos y símbolo del encanto femenino. Aunque ese proyecto inicial no prosperó, la marca sí lo hizo, y así nació SIMONETTA Indumentaria Unisex, con la que lleva cuatro años creando y vendiendo sus diseños. Agradece profundamente a sus modelos y colaboradores Deborah Núñez, Claudia Abreu y Emiliano Wilkins

La podes encontrar en Instagram @simonetta_indumentaria_unisex, en la Página de Face Simonetta y en el cel: 094094451

Paralelamente, también emprendió un proceso personal de transformación. Invitada Danela Pignata comienza a concurrir, hace 5 años, al gimnasio. Logró en dos años adelgazar 45 kilos. Hoy se siente fuerte, independiente, empoderada y en paz consigo misma. Disfruta de salir a caminar, de sus perros y de la virtualidad que le permite estar cerca de su nieto, “que está cada día más lindo”.

Su mayor aprendizaje, dice, ha sido aprender a quererse. Y lo resume en el lema que acompaña a su marca: “Vive la vida con amor”.