“De UTU a UTE: la historia de una pionera”

Daniela Ávila: La fuerza de la fe, la familia y la electricidad

Daniela Rosana Ávila Rodríguez es una mujer activa, a la que le gusta estar haciendo “cosas” todo el tiempo. Ama su profesión, disfruta ayudar a la gente y lo hace cada vez que puede, porque eso le llena el alma. Sus motores son sus hijos, su esposo y su fe. Es evangélica y, según dice, eso es lo que la impulsa a levantarse todos los días y emprender cosas nuevas.

Por Anabela Prieto Zarza

Es esposa de Néstor y madre de Héctor, de 26 años, arquitecto, y de Gonzalo, de 24, técnico en producción agrícola ganadera. Ambos están casados, aunque aún no han llegado los nietos, y no hay apuro. Daniela es feliz por sus hijos y por las hermosas familias que han formado. Basta ver su rostro cuando habla de ellos.

Sus padres, Brenda y Noel, tuvieron tres hijos, siendo Daniela la mayor. Su padre no era electricista, pero siempre estaba “entre cables”, y gracias a eso ella comenzó a interesarse por la electricidad, en una época en que las mujeres casi no se dedicaban a esa profesión. Aclara con humor: “Ni ahora lo hacen”.

Realizó sus estudios en la UTU, aunque estuvo a punto de abandonar: era la única mujer de su grupo y a sus compañeros les costaba aceptarla. Fue entonces cuando Noel, su padre, le dio un consejo contundente: “No dejes si es lo que te gusta, tenés que luchar por tus sueños”. Daniela sabía que quería ser electricista y no le costó seguir ese consejo. Con el tiempo, sus compañeros no solo la aceptaron, sino que la integraron tanto que la acompañaban hasta cerca de su casa porque salían tarde de clase y ella vivía lejos. Muchas de esas amistades se mantienen hasta hoy.

Si su padre fue clave en su formación, su madre, Brenda, fue el pilar fundamental en la crianza de sus hijos. “Nadie mejor que mi madre para acompañar a mis hijos, máxime que yo tenía que estar muchas horas fuera de casa, e incluso fuera de la ciudad”.

De Néstor, su esposo, dice que es el mejor compañero que pudo tener: de mente abierta, siempre apoyando, confiando y respaldando, incluso cuando ella debía trabajar en obras rodeada de hombres. Ese apoyo fue total y recíproco. Reitera, agradecida: “Entre Néstor y mamá, los chicos estuvieron bien atendidos”.

Al hablar de sus hijos, recuerda también su propia niñez, con carencias pero feliz. Sus padres eran trabajadores, pero estaban presentes en la medida de lo posible. Son inolvidables las tardes en la playa del Río Yi junto a sus hermanos. “Nosotros, mi hermano y yo, y mi hermana —que es 12 años menor y es como mi hija”, dice entre risas.

Sin embargo, de jovencita debió afrontar una situación difícil: la enfermedad de su madre. Su padre acompañó a Brenda en un tratamiento que duró siete meses, y mientras tanto Daniela y sus hermanos quedaron al cuidado de una tía que no conocían. Aunque los trató muy bien, estuvieron aislados de sus padres en una época sin celulares ni medios de comunicación. “Fue tremendo, pero sí, todo se solucionó”, recuerda.

Su primera experiencia laboral fue en Casa La Tina, con Miguel Tiscordio, a quien le guarda un profundo agradecimiento. Allí aprendió sobre ventas al público y comenzó a aplicar lo estudiado: hacía alargues, arreglaba portátiles… cosas sencillas en comparación con lo que hace hoy, pero que la hacían feliz.

En 2002, junto a su esposo, se lanzaron como emprendedores y abrieron un comercio. Con la caída de la tablita, quebraron. “Nos fundimos, pero de todo lo malo surge algo nuevo. Ante esa sacudida me vi obligada a buscar alternativas y me largué como electricista independiente”.

Así pudo aplicar plenamente sus estudios. Recuerda con gratitud a Marta Aratti y a su esposo, quienes confiaron en ella y le encargaron la instalación eléctrica de su casa. “Ellos se la jugaron totalmente”.

Desde entonces no paró. Sus principales clientas fueron las amas de casa, que confiaban en ella por ser mujer. “Las mujeres tenemos otra visión: el hombre va por lo funcional y nosotras agregamos la estética”.

Ha trabajado en innumerables obras grandes y pequeñas. Además, encontró gran satisfacción enseñando en el CIB de La Guayreña y en Carlos Reyles, en cursos de multioficios. Lo consideraba un hobby, pero la hizo feliz porque pudo motivar a jóvenes a aprender un oficio y mejorar sus oportunidades laborales. Con emoción recuerda: “Un alumno que trabajaba en una pollería un día me saludó mientras enhebraba cables para una alarma y me dijo: ‘Acá estoy, haciendo lo que usted me enseñó’. Eso me hizo muy feliz”.

Su carrera la comenzó en la UTU de Durazno, pero a los 18 años se fue a Montevideo para estudiar en la Escuela Superior de Electrónica y Electrotecnia. La carrera duraba dos años, y para costear su estadía trabajó como empleada doméstica en Carrasco. De día trabajaba y de 18 a 23:30 asistía a clases. Allí también tuvo buenos compañeros: en plena construcción de la Terminal de Tres Cruces, la acompañaban a la parada donde tomaba el COPSA hacia Carrasco. Eran 120 alumnos de todo el país, todos varones… y ella, la única mujer. Lo cuenta con naturalidad, sin dramatismo, con la calma de quien sabe quién es y qué quiere.

Hoy, ya consolidada, es instaladora con firma autorizada por UTE, lo que le abrió la puerta para trabajar en CODICEN. Desde hace cinco años realiza el servicio técnico en escuelas, liceos y UTU de todo el Departamento.

La enfermedad de su madre la marcó profundamente, enseñándole a enfrentar dificultades. Más tarde, la muerte súbita de su padre —que trabajaba con ella— un 24 de diciembre, fue como que le quitaran el piso. Pero, fiel a su forma de ser, transformó ese dolor en aprendizaje: la importancia de valerse por sí misma.

Hoy, Daniela vive en paz. Su vida gira en torno a sus hijos, su esposo, el jardín y la quinta. Durante las vacaciones, sus hijos trabajaban con ella y aprendieron no solo el oficio, sino valores: responsabilidad, constancia, trabajo, respeto. Héctor, que hoy tiene personal a cargo, siempre le dice que le resulta fácil enseñar porque aprendió con ella. Daniela se siente feliz de que ambos sean reconocidos, queridos y valorados en sus trabajos.

Actualmente, quien la acompaña en su labor es su esposo, retirado de la Fuerza Aérea. —¿Tu padre, tus hijos y tu esposo? ¡Mano de obra familiar! — le digo entre risas. Ella también ríe.

Desde hace 25 años participa en actividades solidarias junto a su congregación evangélica. Los sábados llevan juegos, tortas, y peluqueras que hacen trenzas y pintan las uñas de las niñas. Recorren barrios como La Higuera, Recreo Penza, Villa Guadalupe y localidades del interior como Carlos Reyles, además irán al Carmen en octubre.

Cuando le pregunto por sueños pendientes, sonríe. Quiere tener una ferretería, y su esposo, que la conoce mejor que nadie, ya le acondiciona el galpón porque sabe que lo logrará. También quiere disfrutar de cosas sencillas: salir a cenar, viajar, compartir más en familia y en pareja, actividades que ha postergado. De hecho, el día de la entrevista —un sábado— iba por primera vez al Centro Cultural Teatro Español.

Cuando le pido una reflexión final, aparece esa Daniela sencilla y segura: “En este tiempo, donde todo parece tan gris, tan oscuro, debemos tener una cuota de fe y esperanza: siempre se sale adelante, siempre después de los días oscuros vuelve a salir el sol. Mi esposo tuvo un linfoma y lo superamos; nos planteamos nuevos objetivos. Es nuestro tiempo”.