De Santa Clara al mundo

María Andrea Saravia, médico veterinaria de 58 años, nació en Montevideo el 16 de noviembre de 1966 (por si quieren saludarla), pero enseguida se trasladó a Santa Clara del Olimar, donde vivían sus padres, transcurrió su infancia y realizó sus estudios primarios y secundarios. Es la mayor de tres hermanos, hija de un padre militar y de una madre dedicada al hogar.

Por Anabela Prieto Zarza

La familia viajaba con frecuencia a Montevideo, lo que les daba acceso a experiencias que otros vecinos de su pueblo no tenían, como ver televisión. Además, al acompañar a su padre en competencias ecuestres, Andrea comenzó a ampliar desde pequeña su visión del mundo.

Su vida estuvo marcada por el trabajo con los animales, aunque no con mascotas, que su madre no alentaba, sino con ganado, caballos y la vida de campo. “La libertad de andar haciendo esas cosas”, recuerda. Aprendió a hacer de todo: vacunar, carnear, encerrar, tropear, apartar ganado. En su casa todos trabajaban; al ser un campo chico, la mano de obra era familiar. Para ella, esas tareas compartidas con su padre tenían “una magia especial”, desde ensillar caballos hasta salir temprano a recorrer el campo.

Andrea reconoce que de sus padres heredó virtudes complementarias. Su vínculo con el padre fue especial por las pasiones compartidas, “nos sentábamos a tomar mate temprano y aún sin hablar te sentías acompañada, que no estabas sola”. De su madre rescata la enseñanza de la disciplina y la independencia. “Nos enseñó a ser mujeres con solvencia económica, capaces de vivir nuestras propias vidas”, dice. Aunque aclara que en aquella época se esperaba que las mujeres cumplieran múltiples roles: ser madres, esposas, femeninas, independientes, prolijas, a la moda… “Tratamos de hacer algunas cosas, no pudimos con todo”, comenta entre risas. Ella nunca se sintió atraída por la moda, pero sí tomó muy en serio su rol de madre.

Sus hijos, Juan Martín (32) y María Joaquina (25), son su motor: “Mi norte, mi sur, mi este, mi oeste; mi mundo empieza y termina donde están ellos”. Se casó muy joven, a los 20 años, y se divorció cuando sus hijos eran pequeños, pero mira atrás con satisfacción: “Ya pasó”. Esos hijos maravillosos, que son su obra y que ya son libres e independientes han traído a su vida personas también maravillosas, que son sus propios compañeros de vida. Andrea es feliz con ellos porque sabe que sus hijos tienen a su lado verdaderos compañeros y que son felices.

Para Andrea, criarlos sola fue más fácil en el interior, gracias a las redes de vecinos, maestros y amigos que brindaban contención. “Eso es mágico”, afirma, convencida de que como sociedad debemos cuidar ese entramado solidario.

Curiosa y dispuesta siempre a nuevos desafíos, Andrea se abrió camino en un mundo dominado por hombres. Como estudiante, aunque eran pocas mujeres, nunca sintió discriminación: los varones nos adoptaban, nos querían, cuidaban y respetaban. Nosotras lográbamos que lo hicieran: “El respeto no se debe, se gana”. Sí vivió algunas limitaciones laborales: no la contrataban porque era mujer y generaba “complicaciones” de alojamiento, baños, etc. Pero su persistencia y las de otras colegas fueron allanando el camino a otras mujeres. Hoy son muchas las que se desenvuelven en ese ámbito.

Una anécdota la pinta de cuerpo entero: su padre, criador de caballos, seguía consultando al veterinario de siempre, hasta que un día debió recurrir a ella. Resignado, le propuso: “Hacemos un trato: del cuero para adentro los caballos son tuyos, del cuero para afuera son míos, los entreno como quiera y vos no te metes”. El acuerdo funcionó. ¿de quién sería hija esta niña?

Su carrera la llevó más lejos de lo que jamás imaginó. Aún recuerda incrédula el día que viajó a París en un avión de carga acompañando cuatro caballos: “Andrea, estás en París y te están pagando”. También trabajó en competencias en Chile, Argentina, Ecuador y en endurance (competencias de resistencia ecuestre), llegando a ver a caballos bajo su cuidado ganar torneos sudamericanos y mundiales.

Su compromiso social ha sido constante: colabora en castraciones de perros y gatos con el movimiento A cara de perro en Paso de los Toros, y trabajó como voluntaria en la Policlínica del Padre Cacho, donde aprendió mucho, desde bañar perros con sarna hasta atender caballos de carritos.

Hoy sigue innovando: se dedica al manejo del dolor en distintas especies y ha incorporado técnicas como ozonoterapia, electroanalgesia, electroestimulación y ultrasonido. “Menos en humanos”, bromea. Siempre estudiando, siempre buscando más, a pesar de estar a cinco años de jubilarse.

Su lazo con Durazno fue permanente: el campo familiar estuvo en la 8va. Cerro Chato y ahora tiene su chacra en la 11 Sección, cerca de Centenario. Su credencial siempre fue de ese departamento, “porque en Durazno siempre tuve una casa donde vivir” y volver.

Vive en una chacra, disfruta del mate, la huerta y el contacto con la naturaleza. Su hermana Anabel ocupa un lugar muy importante en su vida, juntas afrontaron la pérdida de su hermano varón en un siniestro de tránsito. Sus sobrinos son para ella “unos hijos más”, de los que está orgullosa porque están haciendo las cosas bien y a los que quiere muchísimo.

También agradece las amistades y las redes de apoyo: “He aprendido que cuando uno dice la gente, uno está incluido en la gente”.

Casi por casualidad retomó la docencia. Había trabajado como docente universitaria en Facultad y extrañaba la docencia. Ante la falta de profesores en Paso de los Toros comienza, primero como profesora de Biología y hoy en un Taller de Sanidad Animal. Le encanta el vínculo con los jóvenes: “Son creativos, explosivos, te hacen rezongar pero son divinos; no te dejan quedarte quieta, ellos te llevan”.

Andrea disfruta de la vida al aire libre, de caminar con su perra, entrenar, hacer trekking y estudiar, otra de sus pasiones. Se define en una palabra: compromiso. Con la familia, con el trabajo, con el estudio y con la sociedad. Para ella, es la clave para cumplir objetivos y sentirse bien consigo misma.