Mónica González Raymondo se define como una mujer sencilla e incondicional, para quien la familia es lo primero. “Cuando mi familia me necesita, ahí estoy”, afirma.
Por Anabela Prieto Zarza
Tuvo el privilegio de disfrutar de su madre hasta los 103 años. Se llamaba Ilda, pero todos le decían “Pirula”. Sus hijos, cuando hablan de ella, aún la llaman “La Pirula”. Sigue viva en ellos porque, para Mónica, su madre fue una figura fundamental.
“Mamá era una persona excepcional, una excelente repostera… pero yo de eso no heredé nada”, dice entre risas. “Lo que heredé de ella no se puede contar”, agrega cómplice. Seguro su familia, cuando lea esto, sabrá a qué se refiere.
Su padre, dueño de una estación de servicio en Florida, falleció siendo muy joven. Mónica lo recuerda con gran admiración. Con él tuvo su primera experiencia laboral y asegura que fue quien le enseñó todo. Su frase de cabecera era: “El cliente siempre tiene la razón”. Tanto la marcó que sus propios hijos, en broma, repiten: “Mónica dice que los clientes siempre tienen la razón”.
Tuvo una infancia y adolescencia feliz, con gratos recuerdos de su ciudad natal. Mantiene vínculos con Florida y con sus compañeros de estudio, con quienes se comunica a través de un grupo de WhatsApp. De vez en cuando, se reúnen para compartir y revivir viejos tiempos.
Está casada con Washington Lucián, a quien valora profundamente. Ha sido su compañero de vida, de trabajo y su socio en el mayor logro de ambos: formar una familia hermosa, por la que viven y se esfuerzan. Admira a sus hijos Joaquín, Israel y Ana Inés, quienes ya han formado sus propias familias. Esa familia extendida es su tesoro, en especial sus nietos, que son “un montón” y que, como confiesa, podrían hacerla hablar horas: “Si empiezo a hablar de mis nietos, no termino más”.
Llegaron a Durazno porque “la ONDA nos trajo”, dice literalmente. Washington, chofer de la empresa de transporte ONDA, debía radicarse allí, y así lo hicieron. Gran parte de la vida adulta de la pareja transcurrió en Durazno, y la de sus hijos, casi en su totalidad.
Un día, su amiga Susana Pintos le hizo una oferta inesperada: venderle su empresa de transporte escolar.
Al principio, a Mónica le pareció una locura, pero luego maduró la idea, invitó a asociarse a María Ramos y juntas aceptaron el desafío. Comenzaba así la vida empresarial de Mónica. Con el tiempo, compró la parte de María y quedó como única dueña.
Nació entonces Lucian Transporte y Turismo. Si bien inició con el transporte escolar, la empresa se expandió hacia excursiones y otros servicios. El crecimiento requirió más apoyo, y sus hijos, aunque ya tenían sus propios trabajos, se incorporaron a la empresa familiar. Joaquín e Israel asumieron la logística, mientras Mónica seguía siendo el alma máter, enfocada en los escolares. Más tarde, Ana Inés, que vivía en Montevideo con su pareja y actual esposo, se sumó para abrir la Agencia de Viajes, de la que hoy está al frente. También se integró Washington, con su amplia experiencia en transporte. “Se formó un equipazo”, resume Mónica.
Aunque ella lo narra con naturalidad, fue una empresaria adelantada a su tiempo: siempre buscando la perfección, el profesionalismo, la seguridad de sus pasajeros y el cumplimiento de la normativa. Participó activamente en debates sobre medidas de seguridad para escolares, siempre con propuestas concretas. Junto a Washington transmitieron a sus hijos los valores que practicaron: respeto, honestidad, trabajo en equipo y unión familiar. “No somos la Familia Ingalls aclara; mis hijos tienen diferentes criterios, trabajan en la misma empresa, pero en áreas distintas, se complementan, discuten con libertad y
convicción, y siempre llegan a acuerdos con respeto y cariño. Los temas se resuelven en conjunto antes de terminar una reunión”.
Recuerda con orgullo el camino recorrido, aunque no siempre fue fácil. En mayo de 2002 iniciaron la actividad con financiamiento bancario en dólares. Un mes después, estalló la crisis y “la tablita” se desplomó: “Me acosté debiendo una cifra y al otro día debía el doble”. Hubo noches sin dormir, ajustes, cálculos y mucha voluntad para seguir adelante. “La familia estuvo ahí, firme, acompañando y comprometida”, cuenta. De esa experiencia y de otras, aprendió que hay que ser fuerte, no rendirse ante las adversidades y seguir adelante.
Con la llegada de su jubilación, se retiró de la empresa y con ella desapareció el transporte escolar de la firma. Conserva innumerables anécdotas de niños, familias, maestros y escuelas, un mundo que la marcó y que aún extraña.
Le pregunto si le molesta que muchos la llamemos “Mónica Lucián”. Sonríe ampliamente: “Para nada, por supuesto que no, pero que las cuentas se las vayan a cobrar a ella”. Así es Mónica: franca, sencilla y siempre de buen humor.
Hoy, jubilada, su prioridad es viajar, sobre todo en familia, porque para ella es felicidad pura. Disfruta cada momento con sus hijos y, especialmente, con sus nietos, que ocupan un lugar central en su vida. También hace gimnasia, aunque admite que ahora está un poco “haragana”, y ha encontrado en UNI 3 un espacio para descubrir una faceta que no conocía: el teatro. Actúa, le dicen que lo hace muy bien, y allí se olvida del tiempo. “No miro al público porque me da vergüenza; me meto en el papel y lo hago”, confiesa.
Siempre tiene sueños por cumplir y agradece a Dios que, hasta ahora, todos se le han ido concretando. Con su esposo y sus tres hijos tienen un grupo de WhatsApp llamado “Sueños por cumplir”, que nació cuando buscaban un local propio para la agencia de viajes… y lo consiguieron. Siguen soñando y trabajando para cumplir muchos más.
Ana Inés no sabe que Mónica también será protagonista de una entrevista en este suplemento. Por eso, aprovecho este medio para contarle cuánto la valora su madre: por esa forma que tiene de desdoblarse y estar pendiente de todo, de sus padres, de sus hermanos, de sus hijos y de las acciones sociales, siempre pensando en los demás.
A ambas les digo: gracias por ser parte de este proyecto, que la vida les depare lo mejor y que sigan cumpliendo sus sueños.
