María Clara Dighiero Triay nació en Montevideo, pero desde hace 9 años está radicada en Durazno, a donde llegó por temas laborales. Es hija de Jorge y Ana, la tercera de seis hermanos, esposa de Andrés y mamá de Juan Pedro, de seis años, y de Mercedes, de un año y medio… y amiga de muchas.
Por Anabela Prieto Zarza
En su tiempo libre practica handball , natación, sale a correr y a caminar. El deporte es parte de su vida. Da catequesis, integra un coro porque sigue vinculada a la Iglesia Católica, le gusta disfrutar de la familia, que está toda en Montevideo, de los amigos de allá y de los de acá. Tiene una perra mora y una gatita que disfruta como mascotas.
Es joven, tiene 34 años y parece de menos. Derrocha entusiasmo, amor por lo que hace; es un motor fuera de borda, realmente. No para de hablar, muestra con orgullo las instalaciones de la Fundación, el trabajo de los chicos, a quienes saluda, pregunta por su cotidianeidad y conoce, y ellos la atienden con afecto, porque sienten que ella se preocupa y se ocupa por ellos. Presenta a los profesores y, además, enseña dónde estarán los nuevos salones. No ve un terreno vacío: muestra el futuro, porque para ella ya es una realidad. Antes de hablar de sí misma, quiere mostrar; para ella, los hechos hablan más que las palabras.
Nació en Montevideo y estudió en colegios salesianos. Cree que su formación estuvo muy marcada por la espiritualidad y la preocupación por los más necesitados, en especial niños y jóvenes, lo que definió su vocación profesional: es licenciada en Trabajo Social y en Sociología. Comenzó su actividad laboral en Montevideo, pero hace unos nueve años, por opción familiar, se radicaron en Durazno. Ingresó a UPM en un rol que le gustaba mucho, de contacto con las comunidades, donde conoció el interior del departamento y de otros en los que la empresa tiene actividad. Descubrió que en el medio rural hay otras vulnerabilidades y trabajó allí durante ocho años. Sin embargo, sentía que le faltaba algo, que podía hacer más, algo diferente.
Se vinculó voluntariamente con la Fundación cuando todavía no había nada, ni siquiera personería jurídica. Después de una jornada de 10 horas en UPM, participaba en las reuniones de la Fundación y vio que “se necesitaban manos para hacer que las cosas sucedan, ponerle acción a las ideas”. Así es ella, lo dije al principio.
Fue conociendo a la gente que integraba la Fundación, se enamoró de la propuesta y de esas personas que tienen el valor de comprometerse con la comunidad. A esta altura ya se considera duraznense y quiere hacer por nuestra comunidad. Hacer es la palabra que más repite y creo firmemente que es un ejemplo en ello.
En diciembre de 2024 fue designada directora del Liceo y dejó UPM. Para muchos podría ser una locura: dejar lo seguro, lo conocido, por un desafío y un sueño que depende de muchas articulaciones y voluntades. No le importó, porque era lo que quería, y no se arrepiente, ya que esto la hace feliz: “es donde me vibra el corazón”. Créanme que se percibe su sentir. Está convencida de que no se puede cambiar el mundo, “pero si cambiamos la vida de estos 25, ya estamos haciendo algo”, dice con naturalidad, segura de que la vida de esos niños, y probablemente de otros en su entorno, tendrá otro escenario.
Tienen lista de espera porque la comunidad ha entendido que este proyecto brinda una oportunidad de formarse para la vida, de generar habilidades y valores, y eso eleva a todos. Los adolescentes con quienes trabajan libran una batalla diaria para generar hábitos, asistir, estudiar, y sienten que hay gente a la que les importan. Saben que si no vienen, los van a buscar; que se preocupan por que estén bien vestidos y alimentados, y se sienten queridos.
“Cuando hay amor, se responde con amor en todos los órdenes de la vida. Ellos saben que se preocupan por ellos”, dice Clara.
El primer objetivo es que los chicos terminen el ciclo básico, lo que superaría el nivel de formación que tienen sus padres. Es un proyecto de largo aliento, cuyo sueño es que puedan acceder a educación
terciaria, pero que tiene un intangible quizá más importante e inmediato: formar buenas personas, con valores, incorporando hábitos sencillos como saludar, agradecer, comer con modales, hacerse responsables de sus cosas, cuidar su higiene, gestionar sus emociones, ser puntuales, asistir y avisar si no pueden hacerlo.
El rol del equipo de secretaría, adscripción y docentes es fundamental. Realizan una tarea muy valiosa que no siempre es visibilizada ni suficientemente valorada; por eso Clara se propone estar presente, acompañarlos y respaldarlos. Son parte esencial del buen desarrollo de las actividades.
Destaca el esfuerzo de todos los involucrados en la Fundación, ya que los recursos financieros que se necesitan son importantes, y nada de esto sería posible sin el aporte de empresas privadas y particulares que colaboran. También es invalorable el apoyo de organizaciones gubernamentales y no gubernamentales. Sin embargo, nunca es suficiente: se necesitan más manos, más voluntarios. Es tan importante la búsqueda de recursos financieros como el trabajo de los voluntarios que acompañan el funcionamiento del Liceo, sirven desayunos, meriendas y almuerzos. Todo suma, y siempre se necesita más. Hay personas que hacen un trabajo silencioso, que no se ve, pero en todos prima la generosidad que ha hecho posible esta realidad.
Es muy valioso el ejemplo de esa gente que se organiza para hacer, que vive aquí y demuestra lo que la sociedad civil puede lograr cuando se organiza y empuja. Se generan sinergias que movilizan y que incluso motivan la presencia del Estado.
Nos dice: “Es necesario que los uruguayos nos demos cuenta de que tenemos que ponernos en marcha, que tenemos que hacer, que debemos ser una sociedad comprometida en los temas de nuestra comunidad, ser promotores del cambio… pero haciendo”. Le gusta transmitir esperanza, creer que se pueden cambiar realidades, que todos tenemos la capacidad de promover esos cambios, que podemos sumarnos a organizaciones sociales para lograrlo y que todos tenemos algo para dar: tiempo, manos. “Cuando damos, es mucho más lo que recibimos”.
Reitero: las palabras que más usa Clara son “hacer” y “manos”.
Su sueño, como no podía ser de otra manera, se refiere a estos gurises: verlos convertirse. Es un sueño y un desafío en el que está dejando el alma y el corazón. ¡Gracias, Clara!
