Lorena (La Beta Chica) Mecánica de motos y estudiante

Lorena Leonarda Carbajal Gómez tiene 29 años. Su segundo nombre se lo debe a la abuela de su padre, que se llamaba Leonarda. Como ella había fallecido poco antes de su nacimiento, le pusieron ese nombre en su homenaje (aunque no le gusta mucho, ya se acostumbró).

Por Anabela Prieto Zarza

Es una mujer trabajadora, luchadora, compañera, amiga, madre, y sobre todo, sencilla y humilde. Hija de Ariel (mejor dicho, el Beto, mecánico) y de Estela, hermana de Stefany, compañera de Leonardo desde hace dos años y, lo más importante, madre de Bianca, de 9 años.

Tuvo una infancia hermosa. En su barrio eran un montón de gurises, armaban cuadros de fútbol, jugaban en la cancha que estaba donde hoy se levanta el monumento a los indígenas. Iban a “los Vascos”, donde maestras o funcionarias municipales les ayudaban con los deberes y, a la hora de la merienda, les daban leche y pan con dulce. Jugaban con zancos, hacían juegos. La pasaban súper bien. Recuerda especialmente a Teresa, Conita y Joaquina, entre otras. Aquello era parte de un programa de la Intendencia que lamentablemente ya no existe. “Hoy los gurises están con las pantallas, pero en mi generación eso no existía, lo único que veíamos era La Red”, dice.

Cursó en la Escuela Nº 2 y el Liceo Nº 2 hasta mitad de 3º año. Se fue en las vacaciones… y no volvió.

Desde que tiene memoria, fue muy pegada a su padre. Siempre andaba cerca, inquieta, curiosa, le preguntaba todo sobre motos. Beto, que había trabajado muchos años como empleado de Arean, también tenía en su casa un tallercito donde atendía fuera de horario. Allí estaba ella, ayudando: “¿Querés que te lave esto? ¿Que haga lo otro?”. Bajo su supervisión, empezó “ordenando herramientas, desarmando y lavando fierros”, una tarea que hoy detesta, pero hace porque “no le queda otra”.

En primero de liceo ya hacía el liceo de mañana y de tarde trabajaba con su padre. Ahí empezó como aprendiz. ¿Te pagaba? “¡Sí, como corresponde!”, responde con seguridad. Ella desarmaba y su padre armaba. No tenía experiencia ni conocimientos, pero fue aprendiendo.

Nunca dijo “quiero ser mecánica”, fue algo que se dio naturalmente. Nació entre motos, entre la mecánica. Con 6 o 7 años, cuando su padre salía a probar una moto, antes de que él se subiera, ella ya estaba trepada, cuenta riendo.

Le encanta conducir motos, aunque nunca se interesó en competir. Sí le gustaba probarlas, incluso antes de la edad permitida. Leonardo, su pareja, sí corría en motos.

Cuenta una anécdota sobre una conocida casa de repuestos que empezó vendiendo aceite y cubiertas en un local chiquito. Ella iba a comprar cosas para el taller cuando tenía solo 12 años. Hoy esa empresa creció muchísimo y el dueño siempre le dice que crecieron juntos, porque ella acompañó su desarrollo mientras transitaba el propio.

Cuando nació Bianca, se dedicó a vender ropa interior porque tuvo que dejar el taller: allí se trabaja con thinner, nafta, queroseno, productos muy fuertes, se ensucia, se engrasa, y no podía amamantar ni estar con su hija en esas condiciones. También hacía una changuita de 4 horas en un comercio. Precisaba el ingreso y le servía. Pero a los seis meses volvió a su pasión… y nunca más se apartó.

Hoy la conoce muchísima gente, y ya no llama la atención verla trabajando con su padre. Lo hace desde hace 17 años. Es “un poco” quien está al frente del taller: abre, coordina reparaciones, atiende clientes, compra repuestos, cierra. Pero es empleada de su padre, y eso lo tiene muy claro.

Al principio le decían de todo: que se destrozaba las manos, que no era trabajo para una mujer, que no sabían si podía hacer bien las cosas. A ella le resbalaba. Siguió adelante. Como muchas mujeres, tuvo que demostrar que era buena en lo suyo. Y, tristemente, no solo recibió comentarios machistas de hombres, sino también de mujeres: “Qué lástima, una gurisa tan linda (y es linda, realmente) haciendo ese trabajo de varón”, “Mirá cómo te quedan las manos”. Estela, la madre, otra mujer trabajadora siempre le decía que no hiciera caso a esos comentarios. Que le diera para adelante si era lo que ella quería ser y hacer, cosa que Lorena valora y agradece.

Por suerte, eso ya pasó. De todos modos, desde hace tres años usa ropa de trabajo y guantes. Le daba un poco de vergüenza cómo quedaban sus manos, y también lo hace para cuidarse, porque los productos son muy abrasivos

Hoy está abocada a terminar secundaria. Siempre le quedó esa espina. No le iba mal en el liceo, sabía que algún día lo iba a retomar. El año pasado, su pareja la incentivó y le dio alas. Le preocupaba desatender a su hija, que también tiene sus tareas. Sentía incertidumbre (e incluso un poco de miedo): después de 14 años sin leer un libro, no sabía si podría retomar. Pero se largó, y le va bárbaro: “Cuando uno tiene esa capacidad de aprender y de escuchar, todo se facilita”. Cuando le dieron las notas, se sintió feliz. Tiene muy buenas calificaciones. Aunque sus compañeros dicen que es porque les arregla las motos a los profes y no les cobra, me cuenta, como si al hacer una broma, puede quitarle importancia a su esfuerzo.

Quiere terminar tercero, y el año que viene hacer bachillerato de mecánica industrial. No tiene nada que ver con motos. Se refiere a maquinaria industrial, como la que usan los frigoríficos, UPM, BPU. Quiere obtener ese título para progresar, abrir nuevos horizontes y acceder a mejores oportunidades laborales. No ha perdido su capacidad de ser independiente, de buscavidas. Y su vocación sigue presente. Sobre todo, quiere poder “bancar” a su hija si algún día decide irse a estudiar a Montevideo… o a donde sea.

Con Bianca son muy pegadas, pero no le interesa el taller. Si la madre le pide que le alcance algo, lo hace con la puntita de los dedos. Por ahora, su amor son los animales. Dice que quiere ser veterinaria.

En sus ratos libres, Lorena pasea con su familia, hace arreglos en su casa, va a la chacra de sus suegros a buscar leña (cortarla y traerla), o se junta con amigos en casa. “Tenemos un círculo social pequeño, pero son los mejores. Con ellos no se necesita más”.

Es la delegada de su clase en UTU. Le digo en broma: “Eso por vieja”, se ríe y me contesta: “¡Nooo! Hay gente más grande que yo”. Cree que la eligieron unánimemente porque es confiable, buena compañera y siempre ayuda sin pedir nada a cambio. Ahora, con la virtualidad, da una mano a todos. Los compañeros a veces le dicen “profe”.

Tiene agendados a los compañeros por clase. No entendía a qué se refería, y me explica: “Algo tengo que hacer para distinguirlos, porque en mi celular tengo más de 2400 contactos de clientes”. A sus clientes los agenda por nombre, modelo y matrícula de la moto. ¡Tremenda agenda!

Se siente muy agradecida con su clientela, por la fidelidad, por las recomendaciones, por los nuevos clientes que le traen, y por confiar en ella y en su padre.

Y, por supuesto, está profundamente agradecida a su padre, que siempre le dio para adelante y le abrió la puerta para que hiciera lo que le gusta.

Recomienda a las mujeres que si algo les gusta se animen, cuesta claro, pero vale la pena sentir el orgullo de hacer lo que uno ama, aunque el camino no sea el más común.