Sensibilidad a flor de piel en esta madre, policía y triatleta

Mariana Rodríguez Araújo, de 45 años, madre de Bravita (26) y Bautista (13), se emociona hasta las lágrimas ante la pregunta: ¿Quién es Mariana? Y es que confrontarse con una misma siempre es un desafío. Pensarse, es un desafío. Pero, emocionada y segura, cuenta quién es, porque lo tiene claro: una persona, un ser humano que busca paz, tranquilidad, armonía, equilibrio, resiliencia. Esa es su búsqueda diaria.

Por Anabela Prieto Zarza

Sus padres son Luis y Alicia, a quienes define como geniales y a quienes adora. Su abuela materna Nilda, de 93 años, es una divina: sana, come de todo, se toma un vinito o un “wiskisito”, todo le cae bien y está totalmente lúcida. Su hermano Eduardo, un ser hermoso que nació cuando ella tenía 8 años, le enseñó a compartir, porque hasta ese momento era hija única. Sus sobrinos —Benicio, Juan Martín y Mateo— viven en el medio rural, al igual que sus padres. Cada vez que los visita, revive su infancia, porque se crio en el campo.

Hace 18 años que comparte su vida con Gonzalo Gérez su gran compañero de vida, con quien, “gracias a Dios”, se eligen día a día. Es nuera de Chiquita, y se ríe porque asegura que no es de esas suegras de fábula. Al contrario, Chiquita es una persona amorosa que siempre le dice que ella es especial. Coincido con ella.

Su niñez transcurrió en Carpintería. Asistió a la escuela Nº 45 de Paso Real de Carpintería, y recuerda a sus maestras con mucho cariño. Para continuar el liceo debió trasladarse a Durazno, y allí le abrieron las puertas de su hogar María Elida Ramona (Nena) y Colas Pimienta, sus “papás del corazón”. Podría haber ido al hogar estudiantil, pero era muy mañosa, así que en la casa de Nena y Colas estuvo como en su propia casa. Sus hijos, Ricardo y Francisco, son sus hermanos del corazón.

Así es Mariana: de todo el mundo habla con amor. Es un ser humano muy dulce y eso lo transmite en sus expresiones. Sigue con sus compañeros de trabajo, que son casi su familia, en especial Daniela y Melisa. Las quiere mucho y juntas forman un clan. Se apoyan mutuamente y, a pesar de las diferencias, han desarrollado un vínculo hermoso.

Sus hijos son su orgullo. De su hija y su hijo dice que son seres especiales, bellas personas, y su mayor motivo de vida. Su hija le sugirió: “Mamá, hablá de vos en la entrevista”, pero ella no puede evitar mencionar las virtudes y logros de sus hijos. Con humildad y mucho amor, dice que ha aprendido de ellos a desarrollar la capacidad de aprender, la aceptación, la empatía, a abrir la mente, a valorar la comunicación, a poner límites y establecer pautas. La maternidad ha sido y es un aprendizaje constante que le enseñado a no juzgar, ser más abierta, y valorar la valentía de quienes se animan a ser quienes realmente quieren ser. Con ellos aprendió a crecer como ser humano.

Es funcionaria policial administrativa, masajista y terapeuta holística. También es triatleta. Desde niña le gustó el deporte: correr, jugar al fútbol; en la campaña jugaba con sus compañeros de escuela. En el liceo practicó hándbol, básquetbol, atletismo… Siempre estuvo vinculada a alguna actividad deportiva.

Actualmente, como triatleta, integra la Escuela de Triatlón Durazno. Se muestra muy agradecida con los profesores, que siempre alientan con un “¡sí se puede!”. “A veces la mente nos tranca un poco —dice—, aparecen los miedos, los ‘no puedo’. Pero con el apoyo de la familia, los profes, los compañeros y cada padre que nos alienta, se logran los objetivos. Todo se puede”.

Para Mariana, el deporte es salud física, pero también salud mental. “Dedicarse tiempo a uno mismo es vital. Se desarrolla la resiliencia, porque a veces las cosas no salen, y se aprende a seguir intentando hasta lograr los objetivos. Es una enseñanza de vida”.

El triatlón involucra tres disciplinas: natación, ciclismo y carrera. Ahora, en invierno, hace duatlón. Entrena en la piscina municipal, y reconoce y valora las infraestructuras públicas del Gobierno

Departamental y Nacional, a través de la Secretaría Nacional del Deporte, porque universalizan el acceso a la práctica deportiva.

No son muchas las mujeres que hacen triatlón, y le gustaría que fueran muchas más. Ha llegado al podio, pero su objetivo es simplemente terminar una competencia, sin importar el lugar. Y si no lo logra (por una bici rota, un calambre), no pasa nada. Lo importante es prepararse para la próxima.

Su día comienza a las 6 de la mañana. El entrenamiento es parte de su vida, como lavarse los dientes, como alimentarse. Lo hace con gusto, con amor, con pasión. Tiene un cronograma: cada día realiza actividades distintas, planificadas por sus profesores. Lleva una alimentación saludable, le gusta comer sano, no consume alcohol desde hace 19 años y ahora está intentando dejar las gaseosas. El deporte la obliga a cuidarse en todo.

Trabaja 6 horas como funcionaria, 2 o 3 como masajista y terapeuta, y entrena una hora de lunes a viernes. Esa es su vida.

Para compatibilizar los roles de madre, trabajadora y atleta, considera imprescindible generar tiempo de calidad para cada uno. Todo es más fácil cuando se cuenta con el apoyo de la familia y se comparten las tareas. En su casa todos colaboran.

Consultada sobre qué la ha marcado en la vida, responde: “La partida temprana de mi primo Pablito, a los 40 años. Me hizo dar cuenta de que estamos de paso, que debemos vivir y dejar la queja a un lado. Aprovechar cada momento”.

En su tiempo libre le gusta leer novelas. Recomienda Comer, Rezar, Amar, de Elizabeth Gilbert (aunque aún no vio la película). Cuando le digo “sos romanticona”, se ríe y responde: “¡Siiiii!”. Actualmente está leyendo El sari rojo, del autor español Javier Moro.

Disfruta de la familia, de viajar. Televisión no mira —por ahora—, no le dan los tiempos.

Integra un grupo que trabaja en la búsqueda del autoconocimiento. Mujeres y hombres se reúnen para meditar, formarse, crecer y mejorar como personas.

Sobre sus sueños por cumplir, dice que son muchos, pero no los cuenta. Se mata de risa y promete que, cuando se cumplan, vuelve y los comparte. Tiene sueños, sí, y también nuevos desafíos en mente.

Invita a todos, especialmente a las mujeres, a socializar, a moverse, a hacer caminatas, baile, lo que sea. A aprovechar las actividades que ofrecen los CIB, a aprender a auto cuidarse. “Eso ayuda a desarrollar la resiliencia. Si caemos en un pozo —que es normal, a todos nos pasa—, tenemos que tener la certeza de que es transitorio, que va a pasar, que hay que seguir. Y para eso es importante no aislarse”.