¿Cuándo dejamos de caminar porque sí?

En esta columna de La vida mínima, caminar se aparta del deporte, los pasos contados y la obligación de llegar. La propuesta es mirar una experiencia cada vez más difícil de justificar: salir sin itinerario, dejar que el cuerpo avance y permitir que la atención se detenga en aquello que una ruta prevista suele borrar. La investigación ha encontrado una relación entre caminar y ciertas formas de creatividad, aunque su valor no puede reducirse a producir mejores ideas. Andar sin destino también significa aceptar el desvío, recuperar la curiosidad y habitar durante un rato un tiempo sin rendimiento. Pero esa libertad no está disponible para todos: exige seguridad, tiempo y condiciones físicas y urbanas que muchas personas no tienen. ¿Qué perdemos cuando cada recorrido necesita demostrar su utilidad?

—¿A dónde vas?

—A caminar.

La respuesta casi nunca parece suficiente. Falta un destino, una compra, una visita, algo que explique por qué una persona salió de su casa y comenzó a moverse. “Voy a dar una vuelta” funciona apenas como una pequeña autorización. No aclara demasiado, pero al menos ofrece la apariencia de un plan.

Caminar sin ir a ningún sitio produce una incomodidad extraña. No porque sea peligroso perderse —la mayoría de las veces ni siquiera abandonamos las calles conocidas—, sino porque estamos acostumbrados a que cada movimiento tenga una finalidad. Caminamos hasta el trabajo, el comercio, la parada, la escuela o la casa de alguien. El trayecto existe porque hay un punto de llegada.

Cuando no lo hay, parece que falta una explicación.

En 1927, Virginia Woolf comenzó su ensayo Street Haunting con una excusa mínima: la necesidad de comprar un lápiz. El lápiz no era verdaderamente importante. Era el pretexto que le permitía abandonar la casa y caminar durante algunas horas por las calles de Londres. La escritora observaba vidrieras, luces, rostros y escenas ajenas hasta regresar con el objeto que justificaba la salida. Había comprado un lápiz, sí, pero el verdadero recorrido había sucedido en otro lugar: en todo aquello que pudo mirar e imaginar mientras avanzaba. El ensayo de Woolf convierte ese paseo en una forma de salir, momentáneamente, de una identidad demasiado conocida.

Casi un siglo después, seguimos inventando lápices.

Decimos que vamos a comprar algo, a hacer un mandado o a despejarnos. Necesitamos que la caminata produzca un resultado reconocible, aunque sea una bolsa pequeña o una respuesta vaga sobre nuestro estado de ánimo. Salir porque sí parece una decisión incompleta.

Incluso caminar ha sido organizado alrededor de la utilidad. Puede ser ejercicio, transporte, recomendación médica o una cantidad de pasos que conviene alcanzar. Medimos la distancia, el tiempo, el ritmo y las calorías. Nada de eso carece de valor. El problema aparece cuando esas razones ocupan todo el espacio y caminar deja de ser una experiencia para convertirse únicamente en otra actividad que debe ofrecer resultados.

Caminar sin destino propone algo diferente. No consiste en negar el camino ni en avanzar distraídos. Consiste en suspender, por un momento, la obligación de saber exactamente hacia dónde vamos.

Cuando caminamos para llegar, la ciudad se vuelve una distancia. Las cuadras son algo que debemos atravesar, los semáforos interrumpen y las demás personas pueden convertirse en obstáculos. Miramos el reloj, calculamos el trayecto y elegimos la ruta más corta. El espacio queda reducido a la función de conducirnos hasta otro sitio.

Sin una llegada prevista, la misma calle cambia.

Aparece una casa que nunca habíamos observado, aunque pasamos frente a ella desde hace años. Escuchamos una conversación que no nos pertenece. Advertimos la sombra de un árbol, una vereda levantada, un comercio que cerró o la manera en que alguien espera apoyado contra una pared. No es que esas cosas hayan surgido de pronto. Dejaron de ser fondo.

El destino ordena la mirada. Cuando desaparece, la atención puede repartirse de otra manera.

Algo parecido ocurre con el pensamiento. Sentados frente a un problema, solemos exigirle a la mente que avance en línea recta: identificar una dificultad, analizarla y encontrar una respuesta. Pero no todas las ideas aparecen mediante una búsqueda directa. Algunas surgen cuando una asociación conduce a otra, cuando un recuerdo se cruza con una imagen reciente o cuando una pregunta que parecía central pierde, por unos minutos, su autoridad.

Caminar no resuelve necesariamente aquello que nos preocupa. A veces regresamos con el mismo problema. Sin embargo, el movimiento puede modificar la forma en que lo rodeamos.

En 2014, los investigadores Marily Oppezzo y Daniel Schwartz estudiaron la relación entre caminar y pensamiento creativo mediante cuatro experimentos con 176 participantes. Encontraron que caminar favorecía la generación de ideas diversas durante el movimiento y poco después. El efecto apareció tanto al aire libre como en una cinta dentro de una habitación. Pero el resultado tuvo un límite importante: caminar no mejoró las tareas que exigían concentración para encontrar una única respuesta correcta. El beneficio se observó principalmente en el pensamiento divergente, aquel que abre posibilidades en lugar de buscar una sola solución. La investigación fue publicada en el Journal of Experimental Psychology y resumida por Stanford.

El estudio no demuestra que andar sin destino sea superior a seguir una ruta. Tampoco convierte el paseo en una receta infalible. Lo que aporta es una constatación más modesta y, quizá por eso, más interesante: el cuerpo en movimiento puede acompañar una forma menos rígida de pensar.

Pero existe una paradoja. Si salimos a caminar exclusivamente para volvernos más creativos, transformamos el paseo en otra técnica de productividad. Lo que parecía una pausa termina sometido a una nueva exigencia: regresar con una idea, una decisión o una versión mejorada de nosotros mismos.

Caminar sin destino pierde parte de su sentido cuando también debe rendir cuentas.

Su valor puede estar precisamente en que no garantiza nada. Quizá observemos algo distinto. Quizá una idea encuentre otra forma. O quizá solamente recorramos unas cuadras y volvamos. No todo tiempo necesita convertirse en aprendizaje, rendimiento o transformación personal.

Tampoco conviene romantizar esa libertad. Caminar sin rumbo requiere condiciones que no están igualmente distribuidas. Hace falta disponer de tiempo, contar con calles transitables y sentir que se puede avanzar sin miedo. También intervienen la edad, las condiciones físicas, las tareas de cuidado y el lugar que cada persona ocupa en el espacio público.

No todos pueden perderse con la misma tranquilidad. Para algunos, desviarse es una posibilidad. Para otros, la ruta debe calcularse según la iluminación, el estado de las veredas, el cansancio, la accesibilidad o la seguridad. Hay personas que pueden recorrer una ciudad sin despertar preguntas y otras que sienten que siempre deben explicar qué hacen allí.

Por eso, caminar sin destino no es solamente una elección individual. También habla de las ciudades que construimos y de quiénes tienen verdadero derecho a recorrerlas sin una razón.

Aun con esas limitaciones, existe algo profundamente humano en avanzar sin conocer de antemano cada paso. Durante una caminata sin plan, el error pierde parte de su peso. Doblar en una calle que no pensábamos recorrer no arruina el trayecto, porque no existe un itinerario que cumplir. El desvío deja de ser una falla.

Tal vez por eso algunas ideas aparecen mientras caminamos. El pensamiento encuentra en el recorrido una estructura menos severa. Puede avanzar, retroceder, detenerse y tomar una dirección que antes no parecía necesaria. No tiene que llegar inmediatamente a una conclusión.

Caminar porque sí no significa caminar vacío. Vamos acompañados por recuerdos, preocupaciones, sonidos, olores y fragmentos de vidas ajenas. La diferencia es que, durante un rato, ninguno de ellos está obligado a convertirse en una respuesta.

El paseo termina cuando decidimos volver, no cuando alcanzamos una meta. Quizá regresemos por la misma calle. Quizá traigamos algo que no sabíamos que estábamos buscando. O quizá no traigamos nada.

Caminar sin destino no garantiza claridad, creatividad ni bienestar. Su valor puede ser bastante más sencillo: permite que una parte de la vida transcurra sin tener que justificar inmediatamente para qué sirve.

En una época que exige motivos, resultados y explicaciones, salir a caminar porque sí conserva una forma pequeña de libertad.