Desde Alemania, con el corazón siempre en La Bolsa

María Elena Becker, antes María Elena Barité Pérez, de 60 años, es hija del Pichirica, “una buena persona y padre ejemplar”, y de la China, que a sus flamantes 91 años “es una persona muy linda, está muy bien y sigue viviendo en el barrio que amo, La Bolsa”. Tiene un hermano mellizo, José Luis, y otro, cuatro años menor, Wilson. “Acá, cuando me casé en febrero 1985, tomábamos el apellido del esposo, ahora ya no existe eso, pero soy Barité por donde me mires, lo llevo en la sangre”.

Por Anabela Prieto Zarza

Su familia está integrada por su esposo Sigi; sus hijos Franziska, de 38 años, y Paul, de 36; y su nieto Raffael, de 3 años, hijo de Paul y Monique.

Habla de Franziska con un amor inmenso. “Es una niña muy linda”, dice. Desde que tiene 25 años vive en un centro asistido junto a otras personas como ella, a un kilómetro de su casa. “Se siente muy feliz en su hogar y nosotros felices por ella, porque es feliz”. Paul y su familia vive a unos 40 kilómetros, junto a Monique, en el pueblo de ella.

En Uruguay conserva a su mamá, sus hermanos y sus respectivas familias. Extraña las charlas en la vereda con los vecinos de La Bolsa y las rondas de mate. “Aunque yo soy una uruguaya que no toma mate; el alemán sí toma, a él le gusta”.

Recuerda una infancia y adolescencia muy felices. Cursó la escuela en la Nº 6, El Cañón, y menciona con cariño a todas sus maestras: Lilian, Ana María, Iris, Pochocha, Ester, Olga Gamboa y Sonia. El liceo lo hizo hasta cuarto año en el Rubino, aunque no llegó a terminarlo porque el destino la llevó a Alemania.

Muy joven conoció a Sigi, quien trabajaba en la Parroquia del Carmen junto al padre Erico, con quien mantuvo una amistad de toda la vida. Ella participaba del grupo parroquial con las Hermanas Franciscanas del Colegio Pablo VI. Hasta hoy conserva una entrañable amistad con la hermana María del Carmen, “mi mejor amiga y guía desde hace más de 50 años. La quiero mucho a esa monjita”.

Sonríe al explicar: “Sigi se siente palotino por el padre Erico y yo franciscana por la hermana María del Carmen. Nos une el amor y la cosa funcionó. Estamos juntos desde hace 44 años, 42 de casados”.

Irse fue el mayor desafío de su vida. Tenía apenas 17 años cuando tomó el ómnibus en la agencia Nossar, en Oribe y 18. Nunca olvidó la cantidad de gente conocida que fue a despedirla. Desde Montevideo un sacerdote palotino la llevó al aeropuerto. Partió un martes 13 de agosto de 1984 y llegó a Alemania al día siguiente.

Desde entonces vive en el mismo pueblo de unos 8.000 habitantes, perteneciente a la ciudad Aschaffenburg, una ciudad de 75.000, en Baviera, a unos 40 kilómetros de Fráncfort. Allí reside en la casa donde vivieron sus suegros, su suegra de 93 años aún vive en su piso.

Llegó sin saber una palabra de alemán, pero el amor hace todo posible. Estudió el idioma y también aprendió trabajando. “Por lo menos me hago entender”, bromea porque sabe que lo domina muy bien. A los tres meses ya tenía empleo. Solo hizo una pausa entre 1984 y 1988 para cuidar a sus hijos. Luego ingresó al hospital donde continúa hasta hoy, uno de los más importantes de la región, con 900 camas y unos 3.300 funcionarios.

Trabaja en el área de compras, un cargo de gran responsabilidad. Recorre apenas un kilómetro para llegar, siempre en moto o en auto. “Vivimos arriba y el hospital está abajo; después de ocho horas de trabajo es imposible subir caminando”.

Cumple jornadas de ocho horas, de lunes a viernes. “Amo mi trabajo. Hace 33 años que estoy aquí. A veces sufro estrés porque la responsabilidad es grande, pero si Dios quiere podré jubilarme dentro de dos años”. Completará 35 años de servicio en el hospital y 45 de actividad laboral.

Se define como “trabajadora, responsable, puntual y luchadora”. Está orgullosa del lugar que alcanzó. “Creo que llegué a esta posición por mi trabajo. Siendo extranjera, entre tantos alemanes, me dieron un cargo de mucha responsabilidad. Me valoran por lo que soy y no por lo que tengo”.

Quienes trabajan con ella suelen llamarla Madre Teresa. “Las puertas de mi oficina siempre están abiertas. Vienen a contarme sus penas y también sus alegrías. Me siento orgullosa de que confíen en mí”.

Esta mujer alegre, que dice hablar español pensando en alemán, ama profundamente a su familia, la vida que construyó y la solidaridad. Disfruta reunirse con amigos y compartir con personas que viven los mismos valores.

En el hospital suelen preguntarle qué medicación toma para estar siempre sonriente. Su respuesta nunca cambia: “Mi propia medicación. Soy positiva, optimista, le hago frente a la vida con todo. ¿De qué me sirve decirte que estoy mal si tú no me puedes ayudar? «La vida es una continua lucha y me gusta enfrentarla». Como buena capricorniana lucho por la verdad, no me gusta la injusticia ni la gente que actúa por la espalda. Como jefa de una sección de once personas siempre trato de luchar por ellos y por nuestro equipo”.

Con Sigi comparte la pasión por viajar. “El Camino de Santiago de Compostela lo hicimos durante 15 años seguidos. Sigi era el guía y yo la azafata del ómnibus para grupos de 24 personas”. Todo comenzó después de que él recorriera caminando los 2.900 kilómetros desde la puerta de su casa hasta Santiago. Una agencia de viajes le ofreció trabajar como guía y, al año siguiente, la invitó a acompañarlo.

“La pandemia nos complicó porque no podíamos salir, pero aprovechamos para conocer Alemania, que también es muy linda”.

Le gusta leer, hacer deporte una vez por semana y caminar junto al río Meno. Sueñan recorrerlo completo, desde su nacimiento hasta la desembocadura. “Los sábados son nuestro día de pareja; los domingos vienen Franziska y Paul con su familia. Ese es el día de la familia”.

También es fanática del fútbol. Sigue la Bundesliga los fines de semana. Soy del Bayern Munchen y de Peñarol. A Sigi no le interesa el fútbol, aprovecha el tiempo para otras actividades, ambos respetan los tiempos y gustos del otro.

Respeta las ideas de política, religión y fútbol de los demás: “creo que son ideales personales, respeto el pensar de cada uno, esos temas no los toco, y me gusta ser respetada”.

Está convencida de que los sueños deben hacerse realidad. Cuando se jubile piensa seguir viajando, pero su mayor satisfacción es haber cumplido la promesa que hizo a sus padres al partir: “No me voy a olvidar nunca de ustedes”.

Durante casi cuarenta años regresó cada Navidad a Durazno. Solo faltó en 2020 por la pandemia. “Esa Navidad papá nos dejó. Quizá dijo: María Elena no puede venir, me puedo ir. Se quiso ir en silencio, sin que yo tuviera que vivir su partida. Mientras esté mi mamá voy a seguir cumpliendo mi promesa”.

Su experiencia le enseñó que “las mujeres somos un género muy fuerte. Si se cierra una puerta, se abren dos; siempre que llovió, paró. Por eso siempre pa’lante y pa’trás ni pa’ tomar impulso. Diosito no nos deja solas”.

Su fe ocupa un lugar central. “Soy católica, aunque no siempre cumplo con todo lo que me enseñaron. Mi mejor amiga es una monja, la escucho, pero tomo mis propias decisiones porque tengo mi manera de pensar. Creas o no creas, siempre hay alguien que nos da una mano. Lo llames como lo llames, todos tenemos un Dios que para todos es el mismo. No debemos perder la fe. Hay que valorar lo que se tiene, a la familia y a los amigos. El día que dejemos esta vida terrenal, no nos llevaremos nada, porque la última camisa no tiene bolsillo, ¿ó has visto ya una carroza fúnebre y atrás la mudada?”

Al mirar hacia atrás no duda. “No me arrepiento de ese paso que di tan joven. Soy feliz con la vida y familia que construí en Alemania. Muchos me dicen la alemana, y sí, en muchas cosas lo soy; pero nunca perderé las costumbres uruguayas. Amo mi patria. Alemania es mi país adoptivo, pero a mi Durazno y a La Bolsa los llevo siempre conmigo”.